Literatura
Narrativa
octubre 2025
Exorcismo a la locura
por Mariana Fernández
Ahora no es más que una sombra. Un fantasma de sí misma, un demonio ataviado con sandalias de vestir y una vieja bata de lanilla azul, los cabellos desorientados, la cara oscura y extraviada, bailando locamente un bolero bajo esta lluvia intensa que no deja de llover hace tres días.
Es difícil, casi inútil, pero intento ver en esa imagen absurda a una mujer que alguna vez amó, estudió, formó una familia y ayudó en las tareas escolares. A una mujer que sabía escuchar y dar los mejores consejos, que sabía enjugar las primeras lágrimas vertidas por un desengaño. Que pisaba un puré con cariño, que contaba cuentos de hadas y hacía el amor.
Podría decirse casi con certeza que ella vive sola, profundamente sola. El marido la abandonó hace años, llevándose consigo algo más que el perro, el futuro y la ilusión. Su hija del medio hace tiempo dejó de pisar la casa donde creció y fue querida. La hija mayor la visita todos los fines de semana, conversa con ella, la aconseja, pretende que sus niñas no vean la clara decrepitud que esta señora, su abuela, es hoy. El hijo con quien convive le grita, a veces con razón y muchas sin ella. La maltrata en forma sistemática, le pega, la patea cada vez que ella intenta alguna insensatez, es decir, a diario, y si es en público mejor. La convierte en sirvienta de la mujer que algún día le robará lo que ya no le pertenece: la casa, los muebles, el dinero, el amor. El hijo con quien convive busca huir de esa realidad, busca creer que ostenta una hombría que no tendrá jamás, ni cuando sea un viejo encorvado de paso cansino, recostado sobre un bastón. Por eso, ella vive sola, en la más absoluta y sórdida soledad. Mendigando un cacho de cariño donde sea, pero con las actuaciones inadecuadas, que generan más rechazo que aflicción, más huida que piedad.
La señora es una sombra: en su mundo todo es fantasma y todo es conflicto, todo se resume a una conversación eterna, enroscada y vacía con seres que sólo habitan en su imaginación. Hoy, sin ir más lejos, me he negado al insistente golpeteo de sus nudillos en mi puerta más o menos unas cinco veces. Así lo he hecho otras tantas, deseando que por fin llegue esa dorada época en que las pastillas hagan su efecto y la dejen sumida en un estado de semi sopor. Me entristezco ahora, porque descubro que esta señora me hace miserable en todo mi esplendor.
Ahora mismo la escucho hablar al teléfono, recostada sobre la pared que da a mi casa, bajo esta lluvia indecente, y pienso que el agua sucia no le cala ni las venas, porque no las siente. Porque tal vez ya no las tiene.
Ahora no es más que una sombra, un fantasma de sí misma, que no puede mirarse al espejo y preguntarse ¿quién es esta mujer?, porque ya ni se recuerda.
La Hija de Magog
Mariana Fernández es Licenciada en Periodismo y Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina.

