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Literatura
Narrativa
junio 2026

Tierras Heladas
por Marlene Ramos

Mi vecina, una mujer de rizos dorados y rostro redondo, había llegado a Cuenca apenas unos meses atrás. Su risa turbulenta se escuchaba en las noches en que mis desgarros ocurrían.

Sus postres tentadores y azucarados abrieron las puertas de mi casa.

Mi mamá procuraba esconderme de ella. Sus visitas fugaces no le permitían inspeccionar con tranquilidad las atrocidades de mi hogar, hasta que una tarde me encontró tentada y hambrienta. El olor a fresas del pastel se hizo presente, su aroma dulce y envolvente guiaron mis pasos directo a la cocina.

La vecina, al mirarme, quedó horrorizada; pero sus ojos comprendieron la atrocidad y al instante se conmovió ante la visión de una muñeca abandonada.

Sin embargo, su rito con mis padres no paró; su risa seguía en sintonía con la de mi madre, aunque el tono había cambiado a un matiz más tortuoso.

Mi presencia había alterado a mis padres, quienes, nerviosos, intercambiaban miradas; pero la vecina los tranquilizó, lo que me hizo pensar que quizá era un monstruo más.

Su risa volvió al estruendo habitual, lo que calmó los nervios del momento. Había logrado ganarse la confianza de mis padres.

Esa misma noche volvió con bocadillos y algo más: había traído obsequios para mis padres.

Cuchicheaban detalles que no podía entender.

Tomó un momento para que ella apareciera al filo de mi puerta. Determinada, se permitió avanzar hacia mí a una distancia inusual.

En aquella ocasión nadie me tocaba, estaba inusualmente sola en mi recámara. Lo que le permitió a mi vecina acortar la distancia entre las dos.

—¿Rosalba, querida? ¿Podemos hablar? —preguntó con ternura en los labios.

—Mi nombre es Roxana —dije, temerosa.

La vecina se acercó más a mí, esta vez con pasos cautelosos, como si temiera romperme.

Pero su cercanía me alteró; el nerviosismo atacó mi cuerpo. No estaba acostumbrada a la presencia de mujeres, ni comprendía sus intenciones ocultas.

—Roxy, he dado un poco de licor a tus padres para que puedas escapar —me susurró.

—Hay hombres buenos, mi niña, personas buenas… pero no en este lugar —dijo con la voz quebrada.

—No he dejado de pensar en ti desde que te vi, Roxana —susurró levemente—. Entiendo que no confíes en mí, pero, querida, si me permites, quiero ayudarte.

Sus ojos, llenos de verdad, me hicieron cómplice de mi propia historia. Ella fue quien me hizo despertar, quien me obligó a ver mi realidad.

—Ve a Timión —susurró con una vieja tarjeta en la mano—. Ahí encontrarás a mi viejo amigo llamado Chuy; él te podrá ayudar. Solo di que vas de mi parte.

Recuerdo que aquellas palabras me hicieron dudar. ¿Qué haría yo fuera de mi hogar? ¿Qué haría tan al norte?

Pero la vecina no me dejó esperar. Ejerciendo una presión distinta en mis manos, me llevó a la penumbra de mi cuarto para ayudarme a empacar.

—He pedido un taxi. Ya está esperando por ti, mi niña —dijo entre sollozos—. Te llevará a la estación y tomarás el primer camión a Timión.

—Yo me encargo de tus padres.

Con una destreza distinta, me empujó con extrema suavidad, pero asegurando poner presión en mí para no dudar.

Su mirada me hizo entender que lo que pasaba en casa no era normal, y saqué la fuerza para mover mis piernas —hechas de huesos— y salir de la cueva que fue mi hogar.

Mi vecina, de quien nunca supe su nombre, no podré olvidar jamás sus ojos cristalinos al despedirse de mí.

No podré olvidar cuando me dio la bendición y un beso sin dolor.

El tembloroso momento en que mi piel sintió el anochecer sin ruinas ha sido uno de los más bellos de mi vida.

Mi vecina de rizos dorados había tersado mi camino hacia una vida mejor.

Siempre estará en mi memoria el momento en que, previo a subir al taxi, ella corrió para darme un pequeño monedero, lleno de monedas aún más pequeñas.

—No es mucho, Roxana —dijo con tremor—, pero te ayudará a trazar una vida mejor.

Sin dudarlo, volvió a besarme el rostro, y su fragancia azucarada quedó en mi memoria para siempre.

Aquel momento transido, en que un pequeño gesto evocó un cambio inmenso, me enseñó que la esperanza sobrevive incluso en la gente moribunda.

Las monedas que me entregó eran apenas una burla frente al dinero que alguna vez logré ganar para mi madre, pero sin duda, fueron las más valiosas de mi vida.

Supe entonces que ese sería el inicio de mi libertad.

Esa decisión me puso en marcha hacia el norte, hacia Timión, aunque todavía no pudiera imaginar lo que me esperaba.

El taxista no pudo ocultar su turbación al verme subir.

Mis labios soltaban sonidos de quietud dolida, pero, pese al temblor y al cuerpo torcido que me sostenía, había comprado la idea de que Timión sería el mejor capítulo por vivir.

Desde la ventana grisácea podía ver con claridad la pequeña morada donde viví por veintiún años.

Recordé los días y las sombras, los monstruos que habitaban ahí.

Era un lugar que, visto desde adentro, parecía enorme, pero que al mirarlo desde la distancia se volvía diminuto, casi una herida cerrada.

Por primera vez, sentí pena por quienes se quedaban.

—Por favor, lléveme a Timión —rugí con voz valiente.

—Señorita —respondió el taxista, confundido—, nosotros solo iremos a la estación de camiones.

—Precisamente señor —le dije—. Usted es el primer paso hacia mi prometida vida.

Él asintió en silencio.

Y con una mirada distinta, vi por última vez la puesta de sol al filo de mi ventana.

La madrugada llegó nuevamente a Cuenca, y los rayos acariciaban el borde del vidrio, formando un destello tenue.

Aquel resplandor no fue solo la promesa de una vida mejor, sino también testigo.

El sol, mi eterno testigo, vio cómo el dolor, por años, se vestía de caricias impuestas y toques macabros.

Ahora presenciaba mi momento de lucidez, cuando la luz, por primera vez, me hizo entender que en la calidez del dolor también se esconde el rencor, y que la luz puede ocultar tanto como el amor maternal vuelto traición.

Llegué a Timión una noche de abril.

Pese a la primavera, el frío azotaba con fuerza en la oscuridad de mi llegada.

La única maleta carecía de abrigo suficiente para protegerme del viento, pero sí venía cargada de abusos y miedos.

La travesía de doce horas había sido ardua: poco dinero y muchas esperanzas.

Timión me recibió con golpes y expectativas.

El frío despertó las heridas que seguían abiertas.

Sin embargo, en medio de todo, encontraba a una Roxana decidida a darle a mi vida la tregua que merecía.

La noche primera me cogió en un modesto hotel que la vecina me había separado. Una semana en una pequeña habitación que contaba con una discreta calefacción. Fueron noches enteras en que mi llanto acompañó el frío de Timión.

Por las mañanas, el frío era mucho peor. Forzada a salir a las calles, no encontraba consuelo en la poca ropa que llevaba en la piel. Mi insistencia por encontrar a Chuy era tanta como mis ganas de sobrevivir. Pero el teléfono jamás logró dar señal de vida.

Era como si la tregua no terminara de llegar.

Caminando por las calles vi un pequeño anuncio en una ferretería: “Se busca asistente que venda, trabaje y no se queje”, leí.

El hambre me hizo pedir informes y aceptar aquel mísero trabajo por necesidad.

Decidí dejar la esperanza de Chuy atrás y aceptar el trabajo en la ferretería llamada Clavos y Más.

La ferretería, guiada por un tirano absoluto, me obligó a servir en bodegas que escondían en sus almacenes trasgos capaces de dejarme trémula cada día.

El sueldo escaso me condenaba a una dieta de tacos de a peso y cenas baratas de comida chatarra, recordándome cada día que hasta el hambre perdía su apetito cuando la miseria atormentaba día tras día.

Si la tecnología pudiera jubilarse, aquel viejo computador que me entregaron ya estaría retirado. Me lo habían dado cargado apenas con un puñado de clientes, como si su memoria pudiese revivir a la ferretería. Si hubiese sido papel, habría bastado con desempolvar aquella turbación dormida en los archivos.

Tomás Tobar, leí en los registros. Un nombre que, desde su lectura, me hizo estremecer.

Un ritmo tan terrorífico perseguía al cliente número 76, con sobrenombre “Toto”, quien había dejado de comprar por catorce años.

Catorce años, pensé. Hace catorce años que yo empecé a conocer a los hombres; catorce años desde que Tomás Tobar dejó de comprar en Clavos y Más.

Aquello parecía no solo una advertencia, sino un presagio.

Algo en él me atraía. Busqué su dirección: su taller estaba en la calle Independencia número 16. Y, como si aquello no fuera suficiente, su teléfono celular terminaba en 16.

El destino me advertía: las coincidencias con espinas nunca profesan alegrías. Pero mis impulsos —y las metas de ventas— me hicieron marcar. Era, sin duda, una profecía envuelta en una turbación densa, casi insoportable.

Mi teléfono celular, viejo, pero obstinadamente vivo, mostraba mayor vigor que el computador. Sus teclas se presentaban orgullosas, como antigüedades en una época donde el mundo digital reinaba hasta en la sopa. Eran de una fortaleza inquebrantable, donde incluso en ellas se podía sentir el presagio.

Las teclas del 1 y del 6 se resistían más que el resto del aparato, como si supieran que su número invocaría una tragedia. Mi tragedia.

—Buenas tardes, ha hablado a Torres y Tablas. ¿Con quién tengo el gusto? —resonó una voz al tercer timbre.

—Habla con Roxana, de Clavos y Más —respondí con voz quebrada.

Un silencio se interpuso de forma tenebrosa.

Las ventas me ponían los pelos de punta, pero desde niña había aprendido el arte de fingir. Sin embargo, algo en su voz hacía que mi corazón palpitara con fuerza.

—Vaya, vaya —dijo, casi en tono burlesco—. Ustedes me deben una factura de ya bastantes años. ¿Ha llamado para pagarla?

—¿Yo? Disculpé… ¿qué factura? —dije en un tono más condescendiente del esperado.

Una carcajada estrepitosa se escuchó al otro lado del equipo viejo.

—Escuche, Roxy… ¿puedo llamarla así? —Probó mi nombre en sus labios: “Roxy, Rossi, Rosa, Ross… Vaya, Roxana. Algo me dice que usted y yo seremos…”

Silencio.

El aparato se había vencido. Como acto de tregua, el teléfono había dado su último suspiro, tratando quizá de darme una última oportunidad de salvarme.

Aquella llamada tumbó mi templanza.

El primer cliente molesto —pensé — y con dedos más agiles le marqué al dueño del lugar:

—Gil —dije en un leve suspiro—, he hablado con el dueño de Torres y Tablas, pero me ha dicho que le debemos una factura.

—¿Factura? Roxana, no te pago para que digas pendejadas. Si el cliente no ha reclamado su factura, es que no le interesa. Por favor, ten más tesón con esos maricas. Los clientes son unos maricas, y hay que tratarlos como tal: tocarlos con el tallo de un tulipán y torcerles el pescuezo al final.

Segunda llamada cortada en el día.

Sabía que mi jefe era un tirano, pero ahora sabía que también era un truhanesco.

Sin meditarlo demasiado, tomé el camión 43 en dirección a la colonia Independencia, para llegar a Torres y Tablas. Un trayecto de apenas quince minutos para encontrarme en la siguiente bodega.

El letrero, aunque viejo, se mantenía bien conservado. Las letras “T” conservaban un tenue matiz amarillo, mientras que el resto lucía un anaranjado oxidado. En la entrada, una secretaria de cabello del mismo tono —un anaranjado envejecido, casi metálico— atendía tras el mostrador.


Marlene Ramos es una escritora mexicana interesada en explorar las huellas de la violencia y la injusticia en vidas marcadas por el silencio. Sus textos exploran atmósferas oscuras y emocionales desde una mirada literaria. Actualmente trabaja en una novela corta ambientada en la ciudad ficticia de Timión, donde su protagonista se encuentra atrapada en entornos hostiles, donde el amor se disfraza en sombras y donde incluso los actos más pequeños pueden mostrar que existe humanidad en lugares habitados por monstruos.

Marlene Ramos

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https://www.youtube.com/watch?v=aWH36pPO4-g

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Muestra fotogràfica Afi Woman y Paula Navarro

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