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Literatura
Narrativa
septiembre 2026

Niños evaporados por el mar
Por Francisco Marcos Herrero

Nuevos niños se quedan en las aguas antes de alcanzar la isla. Los lloran quienes los quieren. La madre de uno llora hoy mismo, luego de tocar la arena de la playa. Abraza la arena, apuña las olas. 

Es posible que otras mujeres se acerquen, la consuelen y le digan que todo es un sueño. Que el sueño del niño lo ha transformado en pececillo porque todo cambia, nada es igual, las ilusiones se alteran sin dejar de serlo, y “tu hijo, mujer, lo llevará ahora al lomo un tiburón enseñándole el nuevo mundo al que ha llegado”. Pero antes, los peces agalleros, que comercian con agallas de contrabando, le habrán puesto las mejores. El tiburón lo llevará al maná del plancton y luego a un banco de sardinas. Le habrá enseñado a defenderse del pulpo gigante, en especial de la variante que pronostica si España va a ganar los campeonatos de fútbol. 

“Mira”, le dirán a la madre, “lo alumbra la luna de Mahoma, no te acuites, mujer, te ve con los lunares de sus ojos y es posible que algún día se acerque a un acantilado, cuando tú medites en él, y te ofrezca una perla para que alimentes a su hermano Mohamed o te enjoyes”. “Mira, mujer, no hay vida escrita”, le dirá otra paterana —¿por qué no llamarla así?— “todo está en el libro de amor de los dioses y profetas, y cuanto más incomprensible parece el lugar donde vive un niño que cayó al mar, más hermosa será su vida”. 

“Qué sabemos del mar nosotras si nunca hemos caído en él? ¿Qué sabemos de su fondo de piel viscosa, de las correrías de sus corrientes como niñas felices?”

“¿Y si está muerto mi niño”, les preguntará la madre. 

Y otra de ellas le responderán con el acento que nos enmarca en el infinito: “Amiga nuestra, ojalá se encuentre en el lecho más hermoso. Sabes, mujer, que la grandeza del mar reside en su evaporación y que envía a los niños, si se lo piden, al edén algodonado de las nubes y luego su inocencia logra que el profeta los recoja como lumbre eterna y los guíe al bienestar”.

Pasan los años.

Y he aquí que la madre del niño evaporado por el mar, colocado en las nubes y tirado de los rizos por Mahoma, sufre en la tierra su propia infelicidad, pero desconoce si está provocada por el hijo que no le mesa el cabello o por la acidez del mundo. 

Piensa, al fin un día, levanta la cabeza arriba, que es donde dicen que está el gigantesco nido de la felicidad y se regocija con estas palabras: 

“Ah, hijo mío, con qué amor el mar te recogió, te evaporó y te hizo nube, y el profeta lanzó festones sobre tu cabello rizo y te sientes eternamente feliz. Cuánto me alegro de que no hayas vivido ni la vida de tu hermano, ni la de tu padre, ni la mía”.


Francisco Marcos Herrero (1940, Palacios del Arzobispo, Salamanca) ganó por unanimidad el Premio Vila de Martorell (1990) con su libro de relatos Naturaleza y fue finalista del Premio Planeta en 2000 con la novela 205. Farmacéutico de formación, su obra narrativa se caracteriza por la precisión del lenguaje, la contención estilística y una atención constante a la psicología de los personajes. Comenzó a escribir desde muy joven en diarios y revistas y, durante sus estudios universitarios, dirigió publicaciones culturales y colaboró con artículos, cuentos y trabajos monográficos. En 1992 publicó Échenle un capote al asunto, novela elogiada por Miguel Delibes por su riqueza expresiva. Le siguieron Amores peregrinos (1995) y El viejo y la tierra, con la que obtuvo el Premio Manuel Díaz Luis (1997). Esta novela está en su tercera edición y ha sido también traducida al inglés y publicada en ese idioma. Entre sus obras posteriores destacan Adela y yo, Simiente y Culito de rosa. Reside en Palacios del Arzobispo, localidad salmantina, donde combina la escritura con el ejercicio de la profesión farmacéutica y la participación en jurados literarios. Continúa escribiendo de forma activa y cuenta con varios manuscritos inéditos, entre ellos Niño.

Francisco Marcos Herrero

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