Literatura
Poesía
abril 2026
La higiene del olvido:
notas sobre la imposibilidad del contacto
de Rodolfo Bachler
El místico determinismo
Hubiese sido un buen músico,
un mal millonario,
un frustrado delincuente,
un perfecto presidiario.
Pero se metieron mis antepasados.
Se enredaron los planetas,
la misteriosa epigénesis,
la mística-mente extendida.
Es el determinismo de las mariposas.
Todo lo que no soy yo.
Hubiese sido un buen músico.
Tocaría la guitarra de forma descomunal,
como Angus Young,
como Eddie Van Halen.
Pero los acordes no entonaron en mi biografía.
Las cartas jugaron por su cuenta
y fundé mi vida en otro lado.
Y ahora que comienzo a diluirme,
ahora que abandono el símbolo
y de a poco me hago gen,
entonces me pregunto:
¿Hubiese sido un buen músico?
No lo sé.
¡Pero quién soy yo para tomar decisiones!
I Don’t Believe in Christmas
Parafraseando al gran John Lennon,
puedo decirles que yo no creo en el año nuevo.
Gracias a Dios y al viejo Pascuero
tampoco creo en la Navidad
ni en los Reyes Magos.
Me muero todos los días
sin que se enteren los calendarios.
No creo en mi cumpleaños.
No creo en el Mindfulness
ni en las constelaciones.
Atrás quedaron los conceptos:
la familia, la amistad, la verdad.
Creer es rellenar los huecos del presente
con fechas, con imágenes caducas.
No sé cuándo murió mi padre.
No necesito recordarlo.
Tengo su sueño en mi cabeza.
No sé cuándo nacieron mis hijos.
¿Qué hora era, llovía, hacía sol?
Es irrelevante: tengo sus ojos clavados en los míos.
No sé cuándo me casé.
Estoy todos los días en luna de miel.
No creo en el matrimonio,
no creo en bodas de plata.
Sólo creo en Josela,
en Josela y en mí.
Elogio de la tristeza: la lluvia sobre el mar
Poema
Estoy a punto de llorar
Todos los mares del mundo
dejadme estar y llorar
Porque amanece,
porque estoy vivo,
porque crecen mis hijos
y se van
dejándome solo
con mis lágrimas secas
Todos los mares del mundo
Por los delfines asesinados
en las estúpidas costas
de Dinamarca
Por las pequeñas mujeres
de Yemen
que tan prontamente van al altar
sin haber jugado nunca
a mamá y papá
Por todo aquello
podría llorar y llorar
Y sin embargo sonrío
con esta torpe mueca de estatua
fosilizado, muerto de pena,
impostando un falso control
de insulsa inteligencia
de obtuso optimismo
Podríamos llorar
todos los mares del mundo
pero me temo
que no lloverá lo que debiera
y seguiremos viviendo como si nada
habitando estas mecánicas rutinas
Buen día señora
buen día señor
Hace un tiempo tan malo
hasta luego señora
hasta luego señor
Todos los mares del mundo
podría llorar y llorar
Ese frío desarraigo
Solo en este lugar de paredes blancas la higiene de la habitación me recuerda la nieve de mi ciudad. El tipo extraño se fue hace un momento, dejándome unas hojas en blanco, un lápiz y la tarea de contar mi historia. Lo primero que recuerdo son las últimas palabras de Francisca al salir de casa: “después de todo, te amé, y creo que por eso he vivido”. Fue un mensaje lanzado al aire, para cualquiera, ya no necesariamente para mí. Siempre esa frase perfecta, ese aroma poético que me dejaba prendado. Sabía bien cómo cautivarme, cómo amarrarme, aunque los hechos dictaran otra realidad. Salí a la calle y pensé en lo relativo de la temperatura. Al perderla, me di cuenta del invierno, de la ciudad entera congelada. Escuché las cadenas de un vehículo rompiendo la escarcha. El temblor me recorrió entero. Alrededor mío, solo techos con nieve y estalactitas colgando de los bordes. Decidí no perder más. No voy a comenzar de nuevo, fueron palabras que retumbaron en mi interior. Avancé con los músculos apretados, tratando de guardar calor. Tal vez hubiese otra vida mejor, más segura, menos inestable. El viento helado me atravesó la frente. De las casas salía humo, delatando el encierro de las personas. Pensé en la posibilidad de la nada, de que todo terminara ahí. Entonces no habría nada que perder. Cualquier cosa era mejor que la sensación de lagunas congeladas, los doce grados bajo cero en la ciudad, saber que la gente está enojada, triste, por no ver el sol.
Tomé mi decisión. La idea de la sangre corriendo por el piso y de una serie de investigaciones buscando culpables no iba conmigo. Moriría congelado. Si en esta ciudad nos pasábamos la vida haciendo fuego para combatir el hielo, encerrados entre paredes, angustiados, mirando películas de playa y mujeres desnudas, debía ser ese mismo frío el que me transportara a una nueva existencia. Planifiqué todo muy bien y durante un mes me dediqué a estudiar los pronósticos del clima en la televisión. Después de un tiempo supe exactamente cuál sería el día. Vaticiné por lo menos quince grados bajo cero. Más que suficiente. Escogí un lugar cerca del lago, donde solía ir de paseo, junto a la cascada que todos los
inviernos se congelaba. Lo mismo debía ocurrir con mi sangre: como aquella cascada, en un momento detendría su fluir. Llevé algunos alimentos; debía asegurarme de no morir de hambre. Me abandoné a mi suerte.
No sé en qué momento ocurrió todo. No comprendo bien. Miro a mi alrededor y veo una sala blanca, llena de loza y cristales asépticos. Un tipo de traje extraño y mirada seria acaba de dejarme solo con un lápiz y papel. Me pidió que le explicara por escrito lo ocurrido. Me dijo que fui encontrado hace mucho tiempo. Después decidieron incluirme junto a un montón de sujetos que habían pedido ser congelados al morir. Yo era el único al que habían logrado despertar, y necesitaban saber mi historia. Aún tengo frío. Detrás de una puerta de vidrio alcanzo a ver un calendario que dice 2087. Recuerdo tu última frase y, al sentir la higiene del lugar, me parece que amarte no era tan malo.
Rodolfo Bachler https://rodolfobachler.com/

