Literatura
Narrativa
abril 2026
Afuera es noche
por Joaquín Gallardo
Destapa la olla, una vez más, y aproxima la mano. Está caliente aún, sí. Luego se acerca a la ventana y corre un poco la cortina. Es pleno invierno y nadie circula tan tarde por las calles del pueblo. Confirma que el auto negro ya no está estacionado enfrente; desde la mañana que no aparece. Tres días estuvo y Sonia sabe que no es de ningún vecino. Es de los militares, está segura. Tampoco es que le desagraden, su amiga Graciela está casada con el coronel Martínez, a quienes vio hace dos semanas, para el cumpleaños de su hija mayor. Fue ahí que habló con él, que le comentó lo de Oscar, sus preocupaciones y lo cambiada que la ve a la nena desde que sale con él. Recuerda la respuesta del coronel: no te preocupes, yo me encargo. Y ella suspiró. Sonia cierra la cortina.
―Ya va a aparecer… ―dice.
―¿Quién? Haceme un favor y alcanzame un pancito ―pide su madre. Sonia lleva la bolsa y la mira: encogida, jorobada, sorbiendo su sopa. ―No sé cómo podés tener hambre en este momento. Desde anoche que no viene Marita. Y no llamó…
―Estará con Oscar, querida.
Sonia estruja el repasador y responde:
―Eso me preocupa. Ese chico va a los barrios, tiene ideas raras. Por eso hablé.
―¿Con quién hablaste?
―Estaba preocupada por Marita, salir con un tipo así. Andá a saber dónde la llevaba, dónde la metió. Y eso se lo expliqué muy clarito: ella no tiene nada que ver, es una chica buena, le queda poco para recibirse. La mala influencia es él.
La madre levanta el cuenco para sorber lo poco que queda de sopa y, luego de un temblequeo de brazos, se le cae y estalla contra el piso. Sonia pega un grito.
―¡Me vas a matar! ―dice.
Agarra un trapo, una escoba y limpia. Su madre se pone de pie con mucho esfuerzo, agarra el bastón y se aleja. Sonia mira otra vez por la ventana, ve pasar a un Falcon y otro de la policía con la sirena encendida y se le erizan los vellos de los brazos. No quiere creer que… Pero sí, es él, ahí está Oscar con la boina y los brazos en alto. Sonia sale corriendo de la casa y se para en la vereda. Nota que los vecinos apagaron las luces. Del Falcon salen tres uniformados y lo rodean, armados. Sonia se agarra de la reja, siente escalofríos. Uno de ellos le dice algo al hombre, que ella no alcanza a oír. Entonces Sonia ve que no, no es Oscar. Es Aníbal, el vecino de la esquina. Uno de los militares le pega un culatazo en el abdomen y él cae al piso, doblado de dolor. Entre los tres lo cargan y Aníbal se resiste, grita, suplica. Sonia se tapa los oídos. Lo suben al auto y se van.
Entonces Sonia exhala y se seca las manos en el delantal. Le tiemblan las piernas. Se agarra de la reja para sostenerse, hasta que se tranquiliza. Después se seca la frente y entra a la casa. La ve a su madre, parada en el pasillo. ―¿Qué hacías afuera? Hace frío.
Sonia vuelve a la cocina. Destapa la olla, ya no sale vapor. Su madre enciende la radio y gira el dial hasta que se detiene en una estación y escucha: En jurisdicción de la localidad de Neuquén, fueron encontrados treinta cadáveres que habían sido dinamitados. El Ministerio de Interior, mediante un comunicado, expresó…
Sonia apaga la radio. Se acerca a la ventana. Espera.
Joaquín Gallardo nació en la ciudad de Neuquén en 1994 y, desde 2012, reside en Buenos Aires. Es psicoanalista, graduado en la Universidad de Buenos Aires. Colabora en medios digitales con artículos sobre psicoanálisis y literatura. Sus cuentos fueron publicados en antologías en Argentina y Colombia, y en Fanfiction volumen I (Ojo de loca, 2025). Es autor de la novela El caníbal de la fiesta (Azul Francia, 2026). Actualmente estudia la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes.

