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junio 2025

Pigmalión a solas
(Furtiva, 2014) Por Emiliano Fekete

Ahora que tengo las manos libres de toda moral, libres del miedo a ser descubiertas, libres de los años que llevo encima, de los horarios, del poco espacio, de la falta de intimidad, de la desgana, en este baño sin llave en la puerta, se afloja mi cuerpo, otro poco se endurece, se me abren las alas con un tacto suave, con idas y vueltas lentas, una gota de sudor baja por mi columna, y quiero cerrar los ojos por la luz demasiado intensa, por la realidad demasiado fría, porque voy a la pesca de algo que se me enrede en las pestañas, el recuerdo incierto de unos labios, una insinuación trunca, una voz que sea cualquiera y no se parezca a ninguna, la codicia de una mirada. 

Mi lengua desbarrancándose en sus honduras, la delicia de su carne sorbiéndome, golpeando mi entrepierna, su perfume de hembra embebido en alcohol, el vello de su nuca erizándose bajo mi aliento, sus manos acelerando mi péndulo, mis ojos girando hacia arriba, deslizando mis dedos hacia su botón solar, friccionando su estrella acurrucada en el origen del mundo, siguiendo esta marcha en ascenso incapaz de detenerme, cada vez más cerca del colapso, con un caos salino en los labios, un castañetear de dientes y… 

Tirar de la brida, alargar la espera que evite el desierto ante mis pupilas; bajar la intensidad del meneo para imaginar, por qué no, que la esperaba desde siempre; descubrir que mediaba entre nosotros un sortilegio, algo parecido a la devoción, a la idolatría; una historia tan especial como la de Pigmalión, atacado de su fiebre amatoria. Que sin habernos frecuentado antes seguimos juntos después de acabar. Que habitamos algo más que un breve paréntesis.

Que se llamaba, por caso, Galatea. Que era haitiana, arquitecta sin talento, vendedora de presagios, escapista amateur. Que nos conocimos por casualidad en un hotelito de Pòtoprens, o que la abordé sin engaños ni pudores en un bar decadente en Gonayiv. Que ella me atrajo más de lo que le atraje, que me quiso más de lo que yo la quise. Que era negra como el Hades bajo un eclipse, o parda como la roca Tarpeya, e igual de peligrosa que una gorgona. Que tenía el cuerpo de Antianira y, en secreto, como buena amazona, los mismos deseos de castrarme. 

Que decidimos ser nosotros, por eso partimos a un lugar donde fuésemos solo ella y solo yo. Que no fue un castillo de arena el que construimos, sino un cuarto de alquiler en un pueblo de playa: colchón en el suelo, esquifes destartalados, pescadores de silencios, ventana hacia el mar, a veces tormentas, a veces solo nubarrones.

Que en las mañanas la despertaba con flores si me acordaba de robarlas, café humeante y tostadas que la consolaran, y ella, para complacerme, me daba el sabor escondido de su carne. Que desnudos sobre las mantas, los domingos por la tarde, fumábamos y saltábamos de Stooges a Depestre, de Gelman a Évora, como quien viaja de Ortúzar a Saavedra en la línea 71. 

Que los martes aprovechábamos las ofertas en verduras, los jueves en pescados, y caricias por cada día que no hubiese enojo, zozobra, melancolía, temor. Que compartíamos el mismo tedio por Casablanca y Yourcenar. Que preferíamos una chancleta humilde, fresca, o los pies descalzos, a la represión de las botas. Que nos mirábamos, y solo de vez en cuando nos decíamos lo que había que decir, sin decirlo.

Que no siempre eran rosas, a veces margaritas, a veces cardos. Que me hastiaba tanto la sombra de su padre como a ella la de mi madre, y a nuestros padres el vacío endémico de nuestros bolsillos. Que nos reíamos de todo y, al final, ya no hubo de qué reírse.

Que sin saber razones ni entender señales, se fue abriendo una llanura arrasada entre su lado y el mío, inabarcable con la mirada, hasta que ya no pude distinguir lo que era ella al margen opuesto de este sueño: si un espectro, si una ilusión, si un bloque de mármol sin tallar… 

Entonces se arquea mi espalda, se desborda mi lengua, y ya no puedo detener mi derrame, aunque retorne a la angustia, a la soledad, aunque vuelva a abrir los ojos y me encuentre con la realidad infecunda. Algo se abre camino, gotea mi glande, siento un mareo, y un resto de mí se desgrana con el recuerdo de una mujer que nunca tuve, un simulacro amatorio, que se fuga hacia el canasto de la basura, en bollitos empapados de papel tisú.


Emiliano Fekete (Buenos Aires, Argentina, 1974) es narrador y editor literario. Fue finalista del Concurso de Cuentos Paula (2010) y obtuvo una mención honorífica en el Premio Platero del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas (2011). Es autor de Pigmalión a solas (2014), una antología de relatos ambientados en Argentina y Haití. Ha trabajado como editor y corrector de estilo en diversos proyectos literarios y académicos entre Argentina y Chile, y ha colaborado con editoriales como Fondo de Cultura Económica, Zig-Zag, Catalonia y Uqbar.

 

 

 

Emiliano Fekete

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