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Literatura
Narrativa
julio 2026

Koshari con da’a
por Gustavo José María Calanni

Uno 

Le costó encontrar la puerta del local. Sheena se lo advirtió; lo más probable es que nunca lo encuentres, dijo. Pero Sheena no contó con que estaba hablando con el tipo más testarudo del planeta. Fue y vino cientos de veces, cruzó la calle, observó todo desde un lugar distante, se acercó, volvió a cruzar, se sentó en el bar de la esquina, preguntó cada uno de los que se le cruzaron por delante ofreciendo dádivas a unos y amenazando a otros; a los vendedores de inciensos, a los turistas, al mendigo, hasta interrogó a un grupo de religiosas que pasaban exhibiendo grandes cruces plateadas en sus pechos haciéndose pasar por el secretario privado de Su Santidad… pero nada. Volvió a atravesar la calle atestada de pequeñas motos asesinas, se sentó otra vez en el mismo bar. El mozo era otro y el lugar ahora se encontraba en la mitad de la cuadra. Subió por una escalera hasta un tercer piso en el cual parecía funcionar un fumadero de opio, lo observó todo desde otra perspectiva, pero la puerta seguía sin aparecer. Devolvió el narguile al niño, quien sonrió lacónico cuando le arrojó unos pocos billetes sobre el colchón mugriento en el que dormitaba. Bajó y, como si recién comenzase la búsqueda, se concentró en cada detalle manteniendo una mente abierta. 

Sonríe amplio, ahora tiene una pista. Acaba de percibir que a un par de cuadras se acerca hacia él una mujer voluptuosa que huele a Shumukh, el exótico perfume creado por “The Spirit of Dubai by Nabeel”. Utiliza el tiempo que le otorga la distancia para deshacerse del vendedor ambulante de koshari y toma su lugar. «Al Koshari, al Koshari con da’a… Con da’a, con da’a, al mejor Koshari con da’a, calentiiiito el Koshari…», vitorea en el dialecto local, parafraseando al hombre que yace muerto en el interior del escueto carrito mientras observa a la mujer pasar. Esta, quizás habituada a burdos jugadores locales, no nota el ardid y sin mayor cuidado abre la dichosa puerta, que se encuentra frente a sus narices. Al ingresar, la mujer comienza a dar vuelta el cartel que reza “مفتوح “para indicar ”مغلق“, pero él se lo impide rozando su mano con suavidad. 

—Estamos cerrando—, le indica con una pretendida cortesía pero llevando su otra mano a la cartera en búsqueda de un arma letal.

Nunca supo describir a la mujer más allá del perfume y su voluptuosidad al contar la historia a sus nietos y bisnietos. Ellos preguntan, insistentes, por el color de ojos, el tipo de cabello, la estatura… pero nada. Solo dos cosas recuerda. Y el extravagante perfume. 

La convence con lo usual, comienza por una frase cortés de turista extraviado, un guiño, un ruego, una amenaza, uno, dos fajos de dólares… hasta acabar acuchillándola. Lamenta el desperdicio. 

Coloca el cartel ”مغلق “esperando no ser molestado, aunque sabe que no será el día más normal. 

El lugar huele a libros antiguos y ácaros que se mezclan con el aromático almizcle blanco proveniente de los puestos callejeros que ingresó al recinto cuando abrió la puerta. Necesita un baño, pero no hay tiempo para eso. Debe cumplir la misión que le encomendaron. Habitúa su vista a la escasa luz del lugar, que exhibe un aire denso y viscoso. El sitio se encuentra abarrotado de objetos extraños, distingue una mashrabiya arrumbada que ha tenido mejores épocas, un arpa gigante que roza sin querer para desatar una nube de polvo que le molesta menos que el sonido, en extremo desafinado. Presa de sus obsesiones comienza a manipular las cuerdas del voluminoso instrumento. Voilá, casi grita, cuando el si bemol semidisminuido que ejecuta con sus nueve dedos —perdió uno en la guerra de Kentucky, cercenado por un asqueroso latinoamericano— desencadena la apertura de una puerta oculta tras una falsa biblioteca. Pero la euforia dura poco, ya que, tras cientos de murciélagos, sale por la abertura un tipo con una Negev NG7 colgando de su cuello y con la mano derecha lista para gatillar. Se oculta tras un astrolabio de bronce verdoso por el óxido acumulado y sopesa la situación. Nota que el tipo tiene 9 dedos, falta su meñique derecho. ¿Se habrá topado con el mismo sudaca? Maldito ICE, siempre advirtió que eran una manga de maricones blandos a quien quisiese escucharlo. 

Toma un molinillo de café otomano y lo arroja al otro extremo de la habitación. El árabe apunta el arma hacia ese lugar y comienza a dirigirse con el mayor de los sigilos, pero el agal que sujeta su kufiya se engancha en una gran brújula de quibla con reloj solar y todo el conjunto cae produciendo un gran estrépito. La mala fortuna hace que se produzca una reacción en cadena de grandes objetos que caen uno tras otro hacia él, haciendo que un gran cofre de cobre aleado con incrustaciones de plata, último eslabón de la seguidilla de

elementos en caer, pegue contra el arpa arrancándole un sonido afónico. Do mayor con sexta bemol, piensa, ¿cómo se pudo desafinar tan rápido?, y, haciendo caso omiso de la balacera que proviene del maldito beduino ajusta las nueve cuerdas que se desafinaron con el impacto. Nueve, como nuestros dedos, piensa, a la vez que arroja un abridor de cartas con empuñadura de abedul y plata lapa, clavándolo exacto entre ceja y ceja del local, que como por arte de magia, deja de disparar. 

Se dirige a la puerta secreta para encontrarse con una escalera en caracol que baja hacia las antiguas catacumbas de la ciudad. Baja con sigilo en completa oscuridad y, al saltar desde el último peldaño de la escalera, sus pies chapotean en un líquido hediondo. Estoy en las cloacas, así han de tratar a sus muertos, piensa. 

Escucha un ronroneo sobre su cabeza. Intrigado por el origen del murmullo arrullador ve una segunda escalera —recta, en este caso—, que sube hasta lo que parece ser una boca de inspección a unos veinte metros por sobre su cabeza. Odia distraer la misión, pero es menester descifrar qué produce el sonido acompasado compatible por instantes con un fa disminuido séptima que se toma la libertad de sonar como… ¡Como un re bemol semidisminuido con novena, por momentos! Intrigado por cuál puede ser la fuente de un sonido tan variante y soporífero, sube la escalera con decisión. Tras forcejear largamente con la tapa y lograr empujarla hacia arriba, descubre con horror que el origen del sonido es el tránsito vehicular, al ver caer una, dos, tres, siete motitos dentro de la caverna. Debí sospecharlo, piensa, a la vez que cierra la tapa y se prepara para combatir con los recién llegados. 

Por suerte aquí nadie usa cascos, piensa, al notar que dos murieron a causa de la caída. Recuerda los buenos tiempos en Kentucky, donde el orden y la paz reinaban para aquellos nacidos y criados en el lugar, interrumpida en ocasiones por los malditos ilegales. ¿No pudieron dedicarse simplemente a limpiar nuestros baños y ya? No, los malditos pretendían derechos, piensa, mientras acierta brillantes estrellas ninja en las sienes de cuatro de los caídos. Qué extraño, creí haber arrojado cinco, piensa al mirar el panorama desde lo alto. Observa algo que le reaviva el dolor del miembro fantasma: el quinto motociclista está parado frente a él con la estrella ninja en su mano. Lo reconoce y se desvanece cayendo desde lo alto, salpicando todo al caer en el agua hedionda, que amortigua un poco el impacto.

Dos 

Despierta a oscuras en un calabozo helado. Pasaron siete horas trece minutos y cuarenta y dos segundos, piensa, a juzgar por el estado de su ropa que, si bien se encuentra seca, huele como mil demonios. Maldita sea, piensa. Me van a torturar. Finalmente va a aplicar las técnicas aprendidas a lo largo de los interminables entrenamientos; va a estar a la altura de las circunstancias. No en vano pasó días en la jungla alimentándose de larvas y bebiendo agua podrida, cuando no su propio orín, fue entrenado para vencer todas las torturas conocidas: el submarino, las… no. No tiene que pensar. Sabe que no tiene que pensar, es parte del asunto, poner la mente en blanco ya mismo es parte de la solución a todos sus problemas, prescindir de todo tipo de conexión emocional con lo que viene. Asumir que perdió, que es un soldado ya muerto por la causa. Tolerancia cero. No como los malditos aficionados con los que tuvo que lidiar en el pasado donde él ponía las reglas y hacía que se quebrasen en menos de siete horas. Un maldito mex le llevó solo cuatro horas y cuarto. Está bien que era el hombre equivocado, pero eso no importa, la guerra es la guerra. Ya van a ver con quién se enfrentan. Y van a entender lo que es lidiar con sangre que no se deja doblegar. 

Se enciende una luz que lo ciega durante varios segundos. La luz es muy brillante. No usan luces de led, lo que deben gastar. Pero no tiene que distraerse, quizás utilizan focos incandescentes solo para sacarlo de sus cabales. Cuando se adapta al nivel de luminosidad, se abre una reja e ingresa al recinto Sheena. 

— Sheena, por dios, mujer, me has venido a rescatar, ¿cómo me encontraste? Pero Sheena toma un lápiz labial de su cartera y comienza a repasar sus gruesos labios. 

— Sheena, maldita sea, ¿como es po…? 

Se abre la reja otra vez e ingresan la mujer voluptuosa y el árabe tomados de la mano. Mató a ambos, ¿qué es lo que ocurre? Además, ¿Por qué ya no percibe el perfume? Cae en cuenta que su ropa apesta, esa es la causa. Maldice para sus adentros; lo más probable es que haya perdido el olfato para siempre. De todos modos, no lograrán obtener una sola palabra de su boca. Sabe más, mucho más de lo que desearía saber en la situación en la que se encuentra;

tres frases pueden surgir de su boca que pueden cambiar el destino de su prestigiosa nación, pero nunca, nunca lograrán doblegarlo. Malditos migras, nunca deberían haber nacido, aún cuando cocinan tan bien. 

La reja vuelve a rechinar e ingresan el mendigo, el niño fumador de opio, el vendedor de Koshari, y, finalmente, el sudaca. Vuelve a dolerle el dedo que ya no está. Mira al árabe y cuenta sus dedos: diez. Fue manipulado en forma brutal. Muy a su pesar debe admitir que esta vez se enfrentó a enemigos de su alta talla. 

Cierra los ojos para no ver lo que se viene. 

Permanece así, callado, algo nervioso, tal vez, por primera vez en su vida, le late el meñique que no está. 

Y en el más completo de los silencios interrumpido sólo por una pequeña gota que cae con una periodicidad de nueve coma seis segundos, todos sus temores y demonios internos estallan. 

El maldito sudaka acaba de tocar en una pequeña cítara de bolsillo un la mayor. Un simple la mayor, con la tónica desafinada. Desafina solo un cuarto de tono. 

Un cuarto de tono basta. Solloza… y empieza a cantar.


Gustavo José María Calanni (Argentina) Ingeniero electrónico de profesión, dedica su tiempo libre a su familia y a tres actividades artísticas: la música, la escritura y actuación.  Es intérprete de guitarras criolla, eléctrica, acústica, bajo, charango y percusión para los géneros de Jazz, Folklore, Rock y Pop. Autor de cuentos cortos, microrrelatos, novelas y obras de teatro. Su producción abarca géneros variados. Forma parte del grupo Icono Teatral de Olivos.

 

Gustavo José María Calanni

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https://www.youtube.com/watch?v=aWH36pPO4-g

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