Literatura
Narrativa
septiembre 2026
Sin prisa
cuento de Laura Ibáñez Castejón
El pájaro se encontraba en la vereda. Una bolita de plumas informe. Roto, de tonos ocres, se confundía con la basura de la calle. Nadie le tomaba el pulso ni comprobaba si todavía respiraba. No habría ambulancias para él. Solo un pájaro. Un despojo fofo listo para ser recogido en el siguiente turno de basuras.
Claudia salía de su cita médica. Con el aire de los momentos importantes, estaba atenta a cada detalle. Intentaba asirse a este mundo para que los pensamientos no la arrastraran. Enfiló la calle que la conducía a su refugio. “Solo veinte pasos para soltar las lágrimas”. Miró al suelo. Buscaba firmeza para aquella existencia que, de repente, se le antojaba de blanco y negro. Intuyó un aliento en la mancha parda. Se arrodilló. Acercó una mano tímida, de esas que no quieren hacer daño. Siempre había tenido miedo de que su mera existencia empeoraba las cosas. Un poco ruda en su complexión física, se tenía por torpe y sin gracia. Claudia no había llegado a entender que ese mismo cuerpo que a veces odiaba era el lugar que provocaba el milagro, ese por el que las cosas pasan, lo bueno y lo malo.
Deslizó los dedos por debajo de las patas. Lo acercó a la altura de su nariz. Descubrió una pequeña rendija por la que se asomaba el rastro de una conciencia que siente. Claudia estaba a tiempo.
Se levantó en la calle desierta. No eran muchos los que se atrevían a salir a las 6 de la tarde con aquel calor de agosto. Mejor así, sin testigos indiscretos que pudieran amargarle el gesto. En un mundo hostil, la ternura no está bien pagada. Utilizó el cuerpo de refugio. Dio los últimos pasos. Alcanzó la puerta del edificio. Tardó unos instantes en encontrar las llaves. Tuvo que parar el temblor de las manos. Subió al primer piso. Ya estaba en casa.
Las últimas semanas no había podido estirar el tiempo para limpiar ni hacer las compras. Traducciones de última hora la habían fijado ante la pantalla del ordenador por jornadas extenuantes de más de doce horas. Las tazas sucias de café, como abandonadas por unos alpinistas despistados, eran los rastros palpables de aquella ardua expedición. El mínimo roce a una de aquellas paredes color pastel podría acabar con su ilusión de ser adulta. Nada tan inestable para quien se sentía una impostora de su propia vida.
Rebuscó en el armario del dormitorio. Conservaba una caja de zapatos vieja. La rellenó con algodones. Aquellas medidas no eran las mejores en términos de primeros auxilios avícolas. Sin embargo, era lo único que conocía de sus experiencias de niña, cuando allá, en la Sierra de Cazorla, su abuelo encontraba polluelos caídos del nido. Criaturas débiles víctimas de la caprichosa selección natural. Fruto del amor de primavera, abandonadas a su propia pericia en verano, nunca las veía más que unos pocos minutos. El abuelo, con sus cálidas y agrietadas manos, se encargaba. No había nada de qué preocuparse. Entonces, la vida era bien sencilla.
Acomodó al pajarito entre los algodones. Claudia se sonrió al pensar que, si aquella bolita plumosa sobrevivía, se haría cierta aquella frase de criado entre algodones. Un pensamiento intruso como un ligero respiro que escondía el miedo que sentía por el pájaro. Y por sí misma.
Claudia era de las que temían las noticias que cambian la vida. Esas que se sienten como una ruptura de lo que se tiene por cotidiano. La muerte de los padres. Un accidente de tráfico que malogre lo dado por naturaleza en el nacimiento. Una enfermedad incurable. “Ya nada será como antes, desde luego”, se decía Claudia mientras rebuscaba en un armario de la cocina en busca de un recipiente que sirviera a modo de bebedero. Lo rellenó con agua. Lo acomodó en una esquina de la caja de zapatos. El pájaro no mostraba interés. No contaba con fuerzas suficientes. Claudia mojó su propio dedo y lo acercó al pico. El malherido reaccionó a la humedad consoladora. Respiraba entrecortado. Apenas abría los ojos. No necesitaba ser ninguna experta para comprender que no había muchos motivos para la esperanza.
No encontraba heridas en el cuerpo. Claudia supuso que el dolor sería interno. Oscuro y silencioso. Abriendo simas por dentro. Se apartó del pájaro. No quería hacerle más duros aquellos instantes con una presencia sentida como extraña. Lo dejó descansar.
Claudia remojó unos pedazos de pan. Deshizo la masa en pequeñas migajas. Las acomodó en la caja, al alcance del pajarito. Él no se movió. No le importó. Claudia limpió una jeringa, de esas que se utilizan para tomar medicamentos. Había visto que, a veces, alimentaban con ellas a las aves malogradas. Si tenía que hacerlo, no le sería fácil. Temía hacerle más daño. Atragantarlo. Odiaba que alguien sufriera por ella.
Decidió descansar de los cuidados. Por el momento. Se acurrucó en el sofá. Cogió la novela que tenía a medias. Intentó distraerse. Perderse en una aventura absurda de una heroína que se creía demasiado lista y atrevida, pero que, en realidad, no entendía nada. Claudia se preguntó por qué leía aquella historia si la hacía sentir estúpida. No importaba mucho. Sabía que pronto se quedaría dormida.
Despertó cuando todo estaba oscuro. Se levantó y prendió la luz. Revisó la caja con el pájaro adentro. Posó suavemente el dedo sobre el suave plumaje. Notó la ligera hinchazón que provocaba el aire al entrar en ese pequeño cuerpo. Consideró que tenía que tratar de alimentarlo. Remojó y desmigajó otro pequeño pedazo de pan. Desechó el que estaba en la caja. Absorbió un poco de aquella papilla con la jeringa. Agarró sin fuerza al pajarito. Apenas levantaba la cabeza. Los ojos la miraban en súplica muda. No podría haber hecho nada para defenderse. Claudia podría darle el poder de la vida y también el de la muerte. Abrió lentamente el pico del ave con la jeringa. Él hizo un amago de resistencia. No quería que lo tocara. Que lo forzara. Claudia se sabía su única oportunidad. Empujó el líquido hacia la garganta del pájaro y este tragó. Ella no quiso volverlo a forzar. Dejándolo en la caja, el malherido pareció brotar por un momento. Un poco de energía lo sostuvo. Su ojo recuperó la redondez acostumbrada. Claudia pudo respirar aliviada. “Vive, vive, pequeño. Por ti y por mí”, se decía con desesperación. Si podía salvar a aquel pájaro, todo estaría bien. Si no era capaz… Decidió terminar con el día. Por el momento, ya no podría hacer nada más.
Se obligó a estar en el sofá. Al final, cayó dormida con uno de esos sueños lodosos, que atrapan y se quedan enganchados a la espalda durante todo el día. Se levantó cansada. Corrió al salón. De nuevo, acercó el dedo receloso. Sabía que las noches eran los peores instantes del día para los enfermos. Lo posó sobre el cuerpo. Esta vez la bolita plumosa ya no respiraba. Claudia lo miró. Sus patas se habían quedado agarradas al algodón espumoso. Se quiso aferrar, pero lo jalaron más fuerte. En algún momento de la noche había muerto y ella ni siquiera se había dado cuenta. “Incapaz. Inútil”. Claudia solo sabía insultarse.
Tapó la caja. Como en un amago teatral y ridículo le hizo unos agujeros a la tapa. Cogió las llaves de la cerradura. Se puso la caja bajo el brazo. Salió del apartamento. Conocía un pequeño terreno solitario a 20 minutos de su casa. Los árboles serían un buen refugio para el pájaro. Para que lo mecieran y le dieran sombra. El metro no la hizo esperar. Durante el trayecto, posó la caja sobre las piernas. Por suerte, no había gente esa mañana de sábado. Si alguien la hubiera tocado, ella, el pájaro, todo se habría descompuesto. Bajó con sus energías gastadas. Anduvo hasta el terreno. “¿Cuál podría ser el mejor lugar para enterrarlo?”. Claudia fallaba en los momentos importantes. Se decidió por una zona alejada. Había árboles y algunas flores. Cavó un agujero poco profundo. Era lo que le permitieron las manos paralizadas por la tristeza. Posó el cuerpo envuelto en los algodones. No quería que lo vieran. Que pudieran jugar o comer ese pequeño cuerpo. “Bastante ha tenido ya”, se compadecía Claudia. Cuando terminó de echar la tierra sobre la tumba improvisada, recogió una flor caída para ponerla sobre el montículo de tierra fresca. Claudia no tuvo un dios a quien orar. Se sentó unos instantes antes de emprender la vuelta. Supo lo que le esperaba a ella. No tenía prisas por encontrarse con la vida.
Laura Ibáñez Castejón (España, 1989). Se inspira en pequeños retazos de realidad que le permiten creer que lo inesperado puede irrumpir en lo más mundano. Se nutre de un mosaico literario de referencias variadas que van desde lo realista y periodístico —como Truman Capote, Enrique Vila-Matas o Patricia Highsmith— hasta lo fantástico y desbordado de autores como Terry Pratchett. Prefiere narraciones condensadas que dejen entrever pequeñas verdades cotidianas.

