Literatura
Narrativa
mayo 2026
¿Homicidio o asesinato?
por Elías Aguirre
Yo soy Max. He trabajado con Jack durante más de 10 años en este ámbito de la investigación policial, donde la sangre y la muerte es nuestro pan de cada día. En realidad, somos como una suerte de levantamuertos, porque “levantamos” los partes de las circunstancias en que fallecieron esas personas. Bueno, literalmente, quienes los levantan son otros compañeros, cuando ya los echan en las bolsas negras y se los llevan a la morgue, después de que nosotros hemos terminado el primer paso de las pesquisas, que consiste en recoger indicios en la escena del crimen y poder determinar con alguna certeza las causas de esos decesos, muchos de los cuales son producto de la violencia.
El último caso al que fuimos llamados tuvo como escenario una cantina, en uno de esos bares de mala muerte ubicados provisionalmente en las afueras de la ciudad de Managua en el contexto de las fiestas patronales. Cuando llegamos, unos mirones, ya embriagados, estaban discutiendo si aquello había sido un homicidio o un asesinato.
-¿Y es que no es la misma cosa?-, preguntó Jack.
-No-. Le respondí.
-Pero cómo no va a ser lo mismo si en ambos casos hay un muerto de por medio-. -La diferencia está en las circunstancias en que ocurrió la muerte-, traté de explicarle. -Para mí es la misma cosa-, insistió.
Inmediatamente intuí que Jack ya no se acordaba de aquella clase que vimos durante la licenciatura, cuando estudiamos criminología, yo recuerdo que allí nos explicaron esas diferencias, aunque con mucha ligereza, ya que nuestra especialidad no es el Derecho. Otra de las razones por las cuales Jack no maneja bien estos términos es, pienso yo, por lo mecánico que se ha vuelto nuestro trabajo. Ahora ya no es como antes, que los investigadores ponían mucho énfasis a su intuición y le daban un giro más artístico a los indicios para hacer los reportes. Ahora todo es automático, maquinal. Se levantan los croquis en las escenas del crimen como quien hace pan, metiendo y sacando del horno los bollos con precisión matemática para que no
se quemen. Así mismo nosotros, que esta fue una muerte instantánea por esto y esto, que aquel tiene dos días de muerto por eso y esto, todo es mecánico. Y como lo he dicho antes, cuando el crimen está recién cometido, Jack incluso trabaja con los ojos cerrados.
Cuando entramos al estanco, el cuerpo de un hombre como de cuarenta años yacía en el suelo con un puñal enterrado hasta la cacha en medio del pecho, pero nos dimos cuenta de ello hasta que le quitamos una sábana que alguien le había puesto encima. Jack sacó la cámara fotográfica para registrar las evidencias. De repente, abriéndose paso por el tumulto de gente, se acercaron los dos borrachos que estaban discutiendo afuera del local.
-Para mí que eso fue un asesinato-, dijo uno.
-Yo creo que es un homicidio-, replicó el otro.
La verdad es que nosotros no llegamos a la escena del crimen pensando si aquello ha sido un asesinato o un homicidio, esos son términos legales y de eso se encargan las autoridades competentes cuando procesan a quien haya cometido la acción. Nosotros simplemente investigamos el hecho como tal, recolectamos muestras de fluido como sangre, restos orgánicos como cabellos o uñas, tomamos fotografías, revisamos las heridas y damos un reporte preliminar sobre las causas de la muerte.
Según las evidencias, aquella muerte no fue tan instantánea. El pobre hombre tuvo que haber agonizado unos cuantos minutos, porque no es cierto que las heridas en el corazón te quiten la vida allí nomás. Como este es un músculo que está bombeando sangre de forma permanente, al verse lesionado o destruido por un objeto cortopunzante deja de funcionar, es decir que ya no está llegando la sangre al cerebro, entonces la víctima pierde el conocimiento y como no hay oxígeno, muere por asfixia.
Jack le dio la vuelta al cuerpo para examinar la parte posterior y notó un bulto a la altura de los glúteos. -Este trae premio, dijo Jack-. Suele ocurrir que al momento de la muerte algunas personas se defecan, se echan pedos o se orinan, porque ante la pérdida de la función cerebral no hay control de los esfínteres, entonces los fluidos, ya sean líquidos, sólidos o gaseosos, suelen escapar de manera inexorable.
-Tené cuidado de no embarrar la popó-, le dije a Jack.
-El bolo fecal, se dice-, me corrigió.
-Al final es la misma mierda-, le respondí.
A Jack le llamó la atención que había una herida contusa en la parte trasera del cráneo, lo que no sabemos fue si lo golpearon antes de clavarle el puñal o se fracturó la cabeza al caer al suelo producto de la puñalada.
Patrick, el jefe, comenzó a llamar por el radio comunicador, pero no podíamos darle un parte oficial todavía porque no habíamos determinado la causa de la muerte, ya que teníamos dos lesiones graves en este cuerpo, una por la puñalada en el corazón y la otra por la contusión en la cabeza.
Al instante recibí un mensaje de whatsapp del jefe, alertando que los periodistas venían en camino. Pero la verdad es que aquí no hay nada relevante y da lo mismo decir que este individuo se murió ya sea por el golpe en la cabeza o por la puñalada en el corazón. Lo que pasa es que los periodistas joden mucho, son insistentes, quieren darse cuenta hasta de los detalles más insignificantes. Por una cuestión de jerarquía, yo no puedo dar declaraciones ante los medios de comunicación, eso lo hace Patrick, pero hasta que nosotros le hemos dado un adelanto sobre el crimen, que por lo general evidencian las causas de la muerte de la víctima. Algo que me da mucha risa es que, para todo, los periodistas dicen que “su estado es reservado”, al referirse a la situación de los heridos, sin saber lo que eso significa. En términos técnicos, la víctima está grave o está muerta.
Un par de testigos afirmaron que el hombre que yacía en el piso con el puñal atravesado en el pecho tuvo una fuerte discusión con otro sujeto minutos antes del fatal suceso.
-Entonces no puede ser un asesinato-, dijo Jack, entendiendo la situación.
Uno de los informantes dijo que el agresor llegó reclamándole a la víctima la venta ilegal de unas tierras, con todo y su ganado. Aquel dijo que no era ninguna venta ilegal, que su padre le había dejado aquellos territorios en herencia, pero que el agresor insistía en que los solares eran suyos.
-A pues eran hermanos, eso ya se convierte en parricidio, dijo Jack, tratando de recordar las lecciones del profesor en la UNAN-Managua.
-No es parricidio-, dije inmediatamente, asaltando la palabra de mi compañero, tratando de explicarle que la denominación de ese delito es solamente cuando se priva de la vida a una persona con ascendencia o descendencia directa, ya sea un padre a un hijo o un hijo a un padre y que, en caso de la privación de un hermano por otro hermano, suele llamársele fratricidio.
-Sí- dijo Jack, -pero resulta que nadie anda utilizando esos términos legales en situaciones como esta, incluso, los periodistas, simplemente se limitan a informar que en tal o cual suceso ocurrió un asesinato-, agregó.
Convencido de que no me iba a poner a discutir con mi compañero por nimiedades, interrogué al otro testigo, que coincidió con las declaraciones del primero, quien, sin embargo, agregó que la víctima era la que tenía en su poder el arma blanca, porque pudo observar que cuando estaba sentado a la mesa, antes de que el agresor llegara, la empuñadura se le repintaba por debajo de la camisa, a la altura de la cintura.
-Le dieron con su misma cutacha-, dijo Jack entre risas. Miré de reojo a mi compañero y le fruncí el ceño para advertirle que dejara de hacer chistes durante la jornada laboral.
En un arranque de seriedad, viéndose amonestado por mis palabras, Jack sacó inmediatamente los instrumentos para recolectar las huellas digitales, azuzado por la idea de que, si la víctima era la dueña del puñal, sus marcas dactilares deberían estar impresas en ella.
-Parece que este hombre se mató solo-, dijo Jack, luego de hacer las pruebas pertinentes con el equipo in situ. Le advertí que dejara de estar bromeando, pero me explicó que en la empuñadura del arma no había más que las huellas dactilares de la víctima.
El primero de los testigos dijo que, efectivamente, la víctima debería ser el victimario, porque al calor de la discusión con quien le estaba reclamando la venta de las tierras, sacó de forma intempestiva el puñal del cinto y lo blandió de tal forma con la intención de cortarle la garganta, pero aquel, en un movimiento audaz, evadió el corte, y, como en una toma cinematográfica de “La Mátrix”, mientras el filo del cuchillo pasaba en frente suyo, dio la media vuelta, cogió su
brazo, lo tomó de espaldas contra su pecho y enterró el puñal en medio del esternón, sin tocar el arma.
Luego de darle vueltas al asunto, Jack y yo concluimos que ahora estamos ante la figura legal de la “legítima defensa”, es decir que no hay delito, porque la muerte ocurrió en defensa propia y el autor debería ser eximido; sin embargo, esto deberá demostrarse ante los tribunales.
Elías Aguirre tiene una licenciatura en Filología y comunicación y una maestría en Filología hispánica. Ha publicado cuentos de corte policiaco en la revista Álastor Literario y en la revista Lengua y Literatura del departamento de Español de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Actualmente trabaja como profesor de Literatura hispanoamericana en Universidad American College y American Nicaraguan School en Managua, Nicaragua.

