Literatura
Poesía
julio 2026
Textos de Ainhoa Escarti
Suena un tambor
Suena un tambor primigenio
que quiso ser oboe
y se quedó
en golpe firme.
Envidio a quien fui
con la furia de mis antepasados.
No me reconozco en esta alma yerma,
vacía de todo lo que me daba candor,
autenticidad,
en este día a día
que va difuminándose en el tiempo.
Vuelve a sonar el tambor.
Anuncia mi entierro definitivo.
Asumo con llanto
que es el funeral por quien fui.
Postigo mínimo
Entró por el postigo.
Mi amor pequeño
no tiene brazos fuertes
para entrar por una puerta grande,
pesada,
antigua.
Pero pese a todo,
pasó el umbral.
Entro más allá,
donde me espera no sé qué cosa
que moverá la tierra
bajo mis pies.
En la cueva
Aquel parque era la excursión del año que todos los niños esperaban. Pedro, en cambio, solamente era capaz de pensar en los patos. Sabía que allí podría encontrarlos y deseaba ver animales más allá de los libros y los vídeos. La mochila estaba repleta de pan, zanahorias y otras cosas que pensaba que les gustaría comer. Pero ¿qué comen los patos?
Debió preguntárselo a su padre. No, a su hermano Miguel. Craso error: ya era tarde. Sentado en el autobús escolar, no paraba de darle vueltas a la posibilidad de que alguno de esos alimentos pudiera matar a los patos. Se sintió tentado a preguntárselo a la profesora. Cierta sombra delictiva que dudaba si se posaba sobre sus intenciones lo detuvo.
Bajaron todos los niños del autobús y él corrió a esconderse en la falsa cueva. Desde allí podía observar a los patos, ver qué les daban de comer y así acertar sin cometer un paticidio. Ninguno de sus compañeros tenía interés por esas aves ni por ningún otro animal. Corrían de un lado a otro como una jauría enfurecida y sobreestimulada.
Cuando la profesora los llamó para la comida de media mañana, Pedro se negó a ir. En la cueva lo retenía cierta cabezonería de la que aún no conocía el origen. Comió su bocadillo de sardinas; una vez más, sus madres no habían tenido tiempo. Se pinchó la lengua con una espina, y un gemido no tan sordo se convirtió en protagonista.
Alguien lo escuchó y se acercó.
—¿Te has hecho daño?
Con un movimiento inseguro de cabeza, Pedro lo negó.
—¿Qué haces aquí?
Sus hombros sembraron la duda. Cuando su visitante optó por marcharse, Pedro se atrevió a algo que llevaba toda la mañana revolviéndole el seso.
—¿Sabes qué come un pato?
—Mi abuela les daba migas de pan, pero era bastante analfabeta.
Pedro se levantó, sacó el pan de la mochila y, por fin, iba a acercarse a los patos.
—¿Tú también eres analfabeto?
La sequedad de la pregunta lo convirtió en estatua de sal.
—¿No lees en el cartel que está prohibido alimentarlos?
Pedro se quedó quieto, sentado frente a los patos mientras admiraba sus plumas. Algo dentro de él lo impulsaba a darles de comer. Miró a ambos lados; ante su soledad, rompió el pan con los dedos y tiró un trozo. Incumplir empezó a ser su nueva vida.
Ainhoa Escarti es una escritora y articulista nacida en Cádiz. Con una formación académica polifacética, ha cursado estudios de Historia, Filosofía, Sociología y Antropología, lo que aporta una mirada profunda y diversa a su producción narrativa. Su trayectoria destaca por un éxito notable en el ámbito digital, donde ha superado los dos millones de descargas de sus obras. Como autora versátil, ha cultivado géneros que van desde el terror y el microrrelato hasta la narrativa contemporánea. Entre sus publicaciones más destacadas se encuentran títulos como La muchacha de la ventana
y la recopilación de textos Todas las cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba. Además de su labor creativa, mantiene una presencia constante en medios de comunicación como columnista de opinión y colaboradora en diversas revistas culturales de España y Latinoamérica.
