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Literatura
Narrativa
julio 2026

Los hilos invisibles
por Néstor Rubén Giménez Arias

Clara siempre había encontrado en la vibrante cotidianidad del conventillo un eco de su propia existencia. La rutina allí no era una prisión, sino un tejido familiar donde cada hilo representaba una certeza: el sabor dulce del mate cocido que compartía con su vecina genovesa, el aroma de los pescaítos fritos de la andaluza y las pizzas del napolitano. La cadencia de decenas de músicas que se colaban por las ventanas —bulerías, tarantelas, pizmonim, türküler, chacareras y el infaltable tango— invadía el patio común y se mezclaba en una única danza invisible, mientras Clara sentía la inamovible solidez de su tierra bajo los pies.

Su identidad se había forjado en ese crisol de lo tangible, de lo experimentado directamente; un presente sin cuestionamientos sobre el porqué o el para qué. Era, sencillamente, parte de ese entramado étnico y colectivo.

Pero un sueño repetitivo, que la situaba en un inmenso jardín de espejos, había abierto una grieta sutil en su vida. Se veía a sí misma en un lugar donde el suelo era un espejo pulido que reflejaba un cielo estrellado tan cercano que casi podía tocarlo, rodeada de pilares de cristal. Desde allí podía ver escenas de paisajes desconocidos que hablaban de profecías tentadoras y conquistas. Vio ciudades de luz y acero, torres que desafiaban la gravedad y rostros que, tras el cristal de oficinas infinitas, parecían poseer el secreto de una vida sin urgencias. Había risas que flotaban alocadamente, músicas que jamás había escuchado y la sensación de que ahí habitaba un conocimiento antiguo. Las vidas vislumbradas en esos pilares no eran solo distintas: palpitaban con una intensidad que Clara nunca había considerado necesaria. ¿Eran esas otras existencias más «reales» por ser extraordinarias? ¿Acaso su contentamiento anterior era simplemente una feliz ceguera ante un espectro de posibilidades infinitamente más vasto?

La paradoja entre la inmediatez de su mundo y la lejanía etérea de aquel que la inquietaba en el jardín de los espejos comenzó a corroer su sentido de pertenencia. De repente, su ceibo, antes símbolo de arraigo, se erguía como una raíz que la mantenía prisionera en una realidad que se le antojaba cruel. El Riachuelo, que alguna vez la acunó con un murmullo reconfortante —un espejo donde se reflejaba su risa y donde solía chapotear de niña—, ahora era un tajo inmóvil, hediondo; un monstruo que encerraba el lamento de todo lo que ya no era.

Las conversaciones con los vecinos, antes ricas en los colores de sus patrias lejanas, ahora le parecían huecas, repetitivas. Ellos planeaban la próxima reunión donde compartirían los platos hechos con las recetas traídas en sus maletas, entre harapos, mientras se quejaban añorando los ingredientes que ya no se conseguían y se consultaban, a medias lenguas, cómo reemplazarlos. Entretanto, la mente de Clara corría en busca de las ciudades, los cielos y los centros comerciales de mármol que habitaban en el jardín de sus sueños.

Entonces sintió que sus vecinos habían dejado tierras sufrientes, cruzado océanos y tocado puertos cuyos nombres ni sabían, todo en busca de una oportunidad. Sin embargo, vivían una paradoja similar: lo que tenían aquí y lo que habían dejado atrás. Poco a poco, sus patrias se iban desdibujando, confundiéndose en una nostalgia agridulce. Ellos habitaban entre dos mundos: el presente tangible y un pasado borroso. Clara tuvo una sensación horrible que no supo cómo explicar: ya no eran de allá ni de aquí; sobrevivían en un limbo triste que siempre les dejaría un sabor acre en la boca y un ardor en las entrañas.

Esta nueva perspectiva la arrojó a un abismo de preguntas. ¿Cuál era el propósito de sus días ahora que había vislumbrado la posibilidad de otras vidas? ¿Era suficiente el amor de su familia o la belleza sencilla de su entorno empobrecido, cuando allá lejos, tras la bruma del río, las luces de la ciudad moderna titilaban como el jardín de sus sueños? Clara comprendió que su encierro no era solo el conventillo, sino la distancia insalvable entre su presente y la opulencia que brillaba en el barrio exclusivo de Puerto Madero. Se sintió un punto minúsculo, una pieza descartable en un tablero que no alcanzaba a comprender.

La imposibilidad de alcanzar las visiones del jardín se convirtió en la marca de su condena. No importaba cuánto caminara por el centro de la ciudad, ni que espiara los techos perfectos de las casas tras los muros de los barrios cerrados, o se asomara a las puertas automáticas de los shoppings para recibir ese golpe de aire acondicionado que olía a perfume caro; todo eso le resultaba una fortaleza inexpugnable, un mundo diseñado para ser mirado, pero nunca tocado.

La pregunta de qué hacer con el sueño trascendió la fantasía: se convirtió en la sospecha de que su propia vida era el residuo necesario para que aquel otro mundo de espejos pudiera brillar.

Y así, con las imágenes de ese jardín grabadas a fuego, la pregunta final la abordó con fuerza: ¿Qué haría con su sueño? Ya no era un anhelo personal, sino una búsqueda de significado en un universo que se había expandido hasta límites insospechados. ¿Podría encontrar un propósito integrando la visión en su cruda realidad, o estaría condenada a la insatisfacción eterna? La respuesta no estaba en los espejos, sino en la forma en que Clara elegiría vivir, tal como lo hacían aquellos que la rodeaban.

Sin embargo, tanto Clara como sus vecinos ignoraban una verdad escalofriante: sus vidas no eran suyas del todo. Cínicos demiurgos, arquitectos de las corporaciones económicas, manejaban los hilos con maestría de titiriteros. Ese «sueño de prosperidad» no era una meta, sino el anzuelo diseñado para mantenerlos dóciles, deseando lo que jamás se les permitiría tocar. Una cruel ironía: la libertad de elegir qué hacer con un sueño es, en última instancia, el engranaje de un plan mayor donde ellos nunca fueron invitados a ganar, sino a sostener la estructura con su propia frustración.


Néstor Rubén Giménez Arias nació en Argentina, el 22 de octubre de 1956. Actualmente vive en Quilmes, ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata. Escritor de relatos costumbristas y de novelas policiales fantásticas, ha obtenido premios en Argentina, España, Colombia, Bolivia, Perú, Venezuela, Chile, Uruguay, México, Cuba, Guatemala, Puerto Rico, República Checa, Estados Unidos y Brasil.

 

Néstor Giménez Arias

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