Literatura
Narrativa
octubre 2025
El lugar de las apariciones cotidianas
Waldy
Si reviso las veces que me topé con una Dosis caería en la cuenta de que seguramente serían mayores las veces, como incontables, en que mi subconsciente las halló en cajas, cartucheras, altillos, cajones de armarios y demás mueblería; libros que bien hacían parte de paisajes cotidianos y/o domésticos.
Pasados unos años me entero de que no es necesario hacer cortes para ensamblar el cuadernillo de este librillo que cabe en el bolsillo de una guayabera. Aparte, recordé verme una tarde lidiando con un bisturí y usando pegante para lograr que una hoja tomara forma de Dosis Mínima.
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Dice uno que una ¨reseña¨, pero eso se oye a que será algo tan serio que no provocará risa, o ganas de leerse; me pasa que aún la pronuncio -la palabra ¨reseña¨- y, por el contrario, me produce una risa tímida. El caso es que de ser leída ténganse como una bonita experiencia, por qué no, sensible. De risas y risotadas.
Considero valioso cómo a través de los oficios compartimos naturalezas humanas, destrezas y significados profundos; oficios que además desarrollan un ritmo y unas maneras propias de ejecución (esto incluso puede aplicarse a las músicas propias). No por nada, y tras largos tránsitos por épocas industriales, la pervivencia de estos conocimientos manuales hace de puente con el pasado. Me impresiona conocer sitios en donde se procura mantener dichas relaciones en el quehacer, según a aquellas formas de pensamiento que aquí yacen arraigadas: particularidades desarrolladas en estos territorios. Me refiero a la ¨hechura¨ (noble palabra de acá) de libros y carteles. Haré un paréntesis.
En los 80 Colombia fue uno de los países que lideraba a nivel global la producción de libros animados –pop up- (libros que en su interior contienen estructuras complejas). A raíz de eso el sector imprentero privado fundó escuelas femeninas para educar en la creación de libros móviles. Algo así escuché de una investigación de Ángela Melo (ella ha estudiado la literatura infantil y juvenil de manera detallada, por lo cual, escucharle siempre será de provecho). En el Taller Malacrianza se elaboró un libro de animales de páramo y sábana, en su interior un mecanismo complejo que a su vez me hizo evocar la investigación de Ángela que bien puede dar cuenta de que el libro en cuanto a formatos puede ser inagotable.
Veo en lo anterior un valioso ¨rejunte¨ entre la encuadernación y la literatura. Hacer accesible el saber artesanal de este oficio, junto a significativas experiencias de lectura, conllevaría a pedagogías cotidianas sobre el libro y sus múltiples expresiones; acertadas en nuestro contexto si se propende a copiar, piratear y distribuir, es decir, de ¨hacerlo unx mismx¨; la recuperación, tanto material como ideológica, cuando la lectura se ve comprometida por la propiedad. Esto para quizás darle un vuelco a la cadena del libro a partir de la manualidad que se realiza a diario porque es aquella la que mantiene y acompaña la cotidianeidad de quien vive al día.
Mencionar que estas experiencias que la Bibliocicleta comparte son fruto de un oficio que tiende al de bibliotecarix, o al del librerx, por el importante motivo de que se establecen lazos con quien se adentrará en una u otra lectura. En lo que a mí me toca, porque ¨bibliocicletologx a tu bibliocicleta¨, el acto de compartir lecturas se asemeja, dialécticamente, al de encontrarse en torno al fuego y poner en dialogo circunstancias de la vida.
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Fue una grata experiencia conocer cómo se construye una Dosis y una Sobre Dosis. La enriquecedora labor de las encuadernaciones que no por sencillas son menos aprovechables. ¿Una invitación a hacer libros, agendas y/o publicaciones que nos pongan en dialogo con nuestras manos? Siempre. Lejano el andamiaje que realiza libros para la acumulación y para el acceso cerrado del saber y el conocimiento, que no es otro que un reflejo evidente de quien puede pagar y quien no. Algo así escribiría Darío acerca de su experiencia en La Vuelta de La (in)Felicidad, feria que de ¨independiente¨ tuvo únicamente el nombre; ya que para depender únicamente de ventas y mediática debe escatimársele al libro unas de sus mayores fuerzas: la de llegarle a un ¨público variado, diverso y popular¨. Agregando a lo que dice Darío, la posibilidad de compartir con quien se sienta interesdx por las historias y los libros con formas vistosas aquellas lecturas que nos evoquen un diario vivir.
De ahí que cajas de fósforos, de cigarrillos, volantes u otros objetos como tapas de botellas sean los contenedores perfectos de textos que bien podrían increpar a quien los lee. El cotidiano del libro nos reúne, llámese fanzine, fotocopia o ¨talcualización¨ (junto a todo lo que podría decirse de esta palabra tan de aquí, el accesible PDF).
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Me agradó reconocer que los chistes de lxs demás son buenísimos, en tanto los míos pésimos. Sí, a mí la risa me parece bella si tras de su manifestación hubo ingredientes para el compartir.
Tejer y cocer un libro pueden ser la fiel metáfora de la araña que teje el destino, pero eso sonaría algo absoluto en el pico de Petirrojo; más bien lo cotidiano que halla la suerte de remendar o unir aquello que conserva entre sus partes una vaga relación. En mi caso particular un interés de enlazar una experiencia tranquila y amistosa a la posibilidad de continuar acercando libros. O como cuando se comparte la risa, ñera o discreta, con una carcajada acentuada en un sentir común. Por ejemplo, así me suena la carranga, con la cual me he dicho que nada puede ser tan grave si existen sonidos con ese carácter andando por ahí.
W.P
Dosis Mínima: Libros de bolsillo publicados en Colombia

