Literatura
Narrativa
Julio 2026
LOCA-MENTE
por Camila Martín Morales
La mujer es hermosa. Tiene cuarenta y cinco años y se ha reinventado muchas veces; nunca ha dado su brazo a torcer ante las dificultades que de vez en cuando aparecen en el camino. Está en su estudio dibujando, pues hace un tiempo se dedica a crear hermosos retratos. No ha tenido una buena noche; se le nota en los ojos, ojerosos y un poco caídos a causa del mal dormir. No obstante, ha madrugado como todos los días. Lleva el cabello amarrado – algo que no suele hacer – y se fuma un cigarrillo sentada frente a su atril, contemplando el boceto y pensando si debería dejarlo en blanco y negro o pintarlo al óleo. Es una mañana fresca, sacudida por el sonido de su banda favorita, Kings Of Convenience, y el cielo parece que abrirá cerca del mediodía, haciendo el otoño más acogedor.
Suena una bocina y eso la saca de su estado meditabundo.
En otro lugar, bastante lejos de ahí, existe otra mujer de treinta y nueve años; no tan guapa, pero con los ojos grandes y profundos como una pintura de Margaret Keane. Está harta de todo, no quiere nada y no desea saber más de su familia. Está algo desesperada y mira su navaja con extraños pensamientos que nunca antes tuvo, pues desaparecer parece la única salvación de su vida al hacer pedazos sus venas.
A su derecha puede ver la cordillera de la Costa. Está sentada en el sillón que compró para su casa nueva, titubeando sobre si escribir o hacer algo más. Han sido días cojonudos que quisiera dejar atrás. Se acerca el invierno; se siente en el viento que sopla en la loma donde ha construido su pequeño refugio. Es que tiene la puerta abierta para que sus gatitas transiten libremente lo que resta de la tarde, dado que las últimas dos noches no ha dormido en casa, y ha procurado dejarlas adentro, con agua y comida. Las cuida bastante.
La tarde de ayer fue de locos, pero no quiere relatarla porque el ruido mental de la situación la pone en estado de alerta, provocándole pequeños ataques de pánico. Lo sucedido el fin de semana ya no la acongoja, la emputece porque está de brazos atados.
Se he dado cuenta de que hace tiempo no ríe fuerte, con aplausos y gritos. Tiene ganas de eso. Echa de menos llevar a cabo alguna pillería que la haga llorar de risa, y no de tristeza ni de una rabia antigua que ya no vale la pena sentir.
Se queda pegada observando a sus pequeñas <<hijitas peludas>> y escucha como el ventarrón se va haciendo notar; cada noche es más fría que la anterior.
Cuando está por meterse a la ducha, la mujer de cuarenta y cinco años recibe una videollamada de su mejor amigo, Sebastián, con quien no habla hace meses. Contesta.
–Mi niña –le dice bromeando –, ¿cómo estás? Voy en un tren desde Tirano, una ciudad fronteriza entre Italia y Suiza, para conocer los Alpes de aquel país e ir a una excursión a St. Moritz. Es un viaje exprés, igual que mi tren, el Bernina. Todo el paisaje está nevado; es espectacular. Amo la nieve, tú sabes, porque me trae recuerdos de mis fines de semana en familia cuando era un niño.
Él mira su reloj y, cuando pasa el carrito, lo primero que hace es pedir una botella de agua con gas y un vaso con hielo. También ordena un latte mediano.
–Hace poco he conocido a un español treinta años mayor, muy divertido, que no sabe que soy psicólogo, quien me ha contado diversas historias de su vida. El hombre en cuestión, en innumerables ocasiones, me ha repetido lo siguiente: <<Parte de mi vida me la he pasado manipulando a los médicos. Cuando iba al psiquiatra, todo para mí era un juego, una prueba. Yo iba por la baja, sabes… Tratamiento: él “trata”, y yo “miento”>>, me decía. Pero bueno, ahora cuéntame de ti.
–Yo he estado bien, aunque hace aproximadamente un mes no me he sentido contenta; siento un vacío. No quiero hablar de mí. ¿Cómo está Guillermo?
– Luego de St. Moritz parto a Lucerna para vernos. Ya han pasado cinco meses desde que se mudó a Suiza. A él no le agrada en absoluto mi nuevo vínculo con este sujeto del que te he contado, pues considera que he conocido a un kamikaze.
– ¡Ay, qué exagerado, como siempre! –Ambos se ríen burlonamente.
–Quiero llegar al hotel, que es uno que encontré por Booking a muy buen precio, darme un baño de tina caliente y salir a tomar fotos; después dar un paseo en coche de caballos y terminar el día en Dorf.
–Qué envidia tus vacaciones. Dale mis saludos a Guillermo. ¿Qué quieres que te cuente?… Estoy conociendo a una chica de Tinder, sí, de T-I-N-D-E-R… tiene treinta y nueve años y la verdad es que me encanta, pero vive lejos. ¿La invito o voy?
–Invítala, así, si no te gusta, la echas y te ahorras el viaje. Tienes que ser más calculadora. –Mmm…
–Atrévete, hazlo, ¿hace cuánto no follas?, dime la verdad. Siempre estás pintando. Si no te gusta, buena onda y chao.
–Tienes razón. Me acordé de cuando me dijiste: <<El que tiene miedo a morir que no nazca>> –. Explotan de risa.
–Ya, mi amor, quería saber de ti, pero estoy por llegar. Beso enorme.
–Besitos, “perrísima”. Te amo.
–Dale con todo.
La mujer de treinta y nueve años se ha ido de fiesta y ha despertado sin ropa junto a un hombre y una mujer; guapos, por lo menos. Arruga la cara y ya lo sabe. Es su tercer ménage à trois, del que no recuerda nada. Está en una habitación de hotel que debe ser del tamaño de su casa, con dos personas que no reconoce. Busca su ropa y bebe champaña tibia de las botellas que hay repartidas. Pero, antes de irse, decide darse un baño y se mete en el jacuzzi, sin miedo ni vergüenza, pues lo peor, o tal vez lo mejor, ya ha pasado. Se ríe sola y, literalmente la espuma parece llegar al techo; se ríe, se ríe y se ríe. Nada le importa. Piensa que no se va a ir hasta que la echen de ahí. El agua caliente, el hidromasaje, la espuma, los guapos en la cama, un hotel cinco estrellas, el espumante frío que ha pedido al room service, la han hecho navegar, no naufragar. Ha puesto música en su iPhone y se arrepiente de no haber sido una estrella de rock acostumbrada a este estilo de vida.
Recibe un mensaje corto que dice: <<¿Estás?>>. Lo mira y, con una mueca susurra: <<A la mierda>>. Es la mujer de cuarenta y cinco. Se sumerge en el agua y aguanta lo que más puede. Tiene los dedos arrugados; entonces, de sopetón, termina la botella, coge una toalla, y ahora sí se viste y sale del lugar.
–Hola, qué tal, fue un gusto, que estén bien– le dice a la pareja que toma desayuno en cama mirando la televisión.
Ya en casa, en el campo, responde el mensaje antes de quedarse dormida. Lo que menos busca es amor, y demostrar interés podría malinterpretarse.
Sebastián despierta resacoso y toma desayuno en el hotel para ir rápidamente a perderse esquiando en el polvo blanco. Luego va a tirarse en parapente tándem para contemplar el valle Engadin, antes de viajar a Lucerna, y terminar el día con una caminata que lo llevará a conocer el casco antiguo. El vuelo en parapente no dura más de veinte minutos, pero entre el traslado, la preparación y el aterrizaje demora casi una hora. Almuerza junto a Franz, su instructor, y siente que este le coquetea un poco, aunque no está muy seguro; tal vez sea efecto del vino lo que le hace sentir confundido. No se deja llevar y actúa normal, despidiéndose cortésmente.
Al día siguiente, ya en Lucerna y junto a Guillermo, salen a visitar el Löwendenkmal –el Monumento al León–, que conmemora a los soldados suizos que murieron en París en 1792 durante el asalto a las Tullerías, el cual puso fin a la monarquía de Luis XVI, y pasan parte de la tarde caminando por el Kapellbrücke, el puente de madera más antiguo de Europa. Cuando llegan a casa, quedan de subir al despertar el Museggmauer, el famoso muro Musegg, una fortificación del siglo XIV que, con sus nueve torres operativas, ofrece magníficas vistas de la ciudad y el lago. Prometen improvisar el resto del día, algo muy fuera de lo común en su relación, ya que Guillermo es demasiado estructurado –extremadamente estructurado– pues es economista, experto en análisis de datos y finanzas públicas. Tiene cuarenta y ocho años; él y Sebastián se conocieron en el gimnasio hace una década, cuando este salía con Fede, un argentino que enseñaba Literatura en una prestigiosa universidad y que “le puso el gorro” con una estudiante de Enfermería a la que dejó embarazada.
Ese día, Sebastián llegó con muy mala cara y Guillermo se le acercó para preguntarle qué le sucedía; entonces le contó lo acontecido. Para animarlo, lo invitó, al salir de spinning, a comer “las mejores hamburguesas de la ciudad”:
–Vamos, haremos igual que las mujeres: ahogarás tu pena con un “atracón” y una buena cerveza; nada de qué arrepentirse.
Cuando llegan al muro, suben con tranquilidad porque hay más gente de la que esperaban, y lo cierto es que merece la pena caminar por aquellas escaleras de piedra. No pueden acceder a la Zytturm –la Torre Del Tiempo– a observar el reloj de torre más antiguo de la Suiza central, que es toda una reliquia de la Edad Media, porque sólo se puede visitar en verano. Al terminar, asisten a una degustación de chocolate, que incluye un paseo por el lago y un tour de la ciudad, el cual deciden pasar por alto, pues están cansados.
La mujer de cuarenta y cinco se sube a su auto y, decidida, toma la carretera rumbo al sur. Va a llegar de sorpresa a la ciudad de la mujer de treinta y nueve, de quien no ha sabido nada. ¿Tanto le atrae? No lo cree, pero quiere hacer algo arriesgado, algo que la haga sentir viva. Es una artista; necesita inspiración. Es impulsiva y no resiste sentirse rechazada. Son tres horas de viaje, que le toman un poco más de dos. Tiene su dirección porque hace un par de semanas le envió un cuadro de regalo. No es un viaje cualquiera, ya que, como es algo obsesiva, se le ha ocurrido que, si le gusta en persona, la invitará a pasar la Navidad en Madrid, puesto que sólo falta una semana. Al llegar, nerviosa e ilusionada, le abre la puerta una jovencita que apenas viste una camiseta de los Rolling Stones, la cual deja entrever su bella figura y su parecido con Natalie Portman. La mujer, iracunda y desconcertada, grita:
– ¡¿Quién eres tú?!
– ¿Perdón?
– ¡¿Quién eres tú?!
– ¿Quién eres tú?
Empuja a la chica, quien resbala y cae al suelo; la mujer de cuarenta y cinco coge del arrimo de la entrada una Victorinox y comienza a apuñalarla. Al escuchar los gritos de auxilio, la mujer de treinta y nueve llega corriendo a la sala y la increpa:
– ¿Y tú, qué haces aquí?
– Veo que no pierdes el tiempo.
Se inicia una fuerte y corta discusión que termina en un violento forcejeo entre ambas. La mujer de treinta y nueve recibe un corte en la cara y otros más en las manos; no obstante intenta socorrer a su amiga, pero entonces es atacada con un electroshock y queda inconsciente.
Camila Martín Morales nació en Chillán, Chile, en julio de 1989. Desde pequeña destacó entre sus pares por su imaginación, y siempre le llamaron la atención las artes plásticas, la música y la literatura. En la casa de sus abuelos paternos había una biblioteca y solía encerrarse a leer durante las tardes, y a veces pasaba noches enteras devorando novelas. En su adolescencia comenzó a coleccionar cuadernos donde escribía oscuros relatos y canciones sobre su vida. Como ha mencionado en más de una ocasión, siempre se ha sentido distinta a los demás, lo que podría deberse a su Trastorno Bipolar II y otros diagnósticos. En 2025 recibió una Beca de Creación Literaria, otorgada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile, para escribir su primer libro, llamado Pa’ Reflexionar: Relatos De Una Bi-Polar. Actualmente, la obra se encuentra en proceso de postulación a la Línea de Fomento a la Industria, en la modalidad de Apoyo a Ediciones. A lo largo de su vida ha residido en distintos lugares de Chile, así como en Buenos Aires y el Principado de Andorra.
