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julio 2026

Ningún estudiante nace violento*
Lopez de Antueno Abigail 

Durante años, la escuela ha sido uno de los espacios donde la sociedad deposita sus mayores esperanzas, pero también muchos de sus temores. Cuando aparecen situaciones de violencia, conflictos recurrentes o conductas que desafían las normas de convivencia, suele surgir una pregunta casi automática: ¿Qué les pasa a los jóvenes? Sin embargo, quizás deberíamos preguntarnos algo diferente: ¿Qué les ha pasado a esos jóvenes antes de llegar a la escuela?

Este artículo surge de la investigación de mi autoría “Intervenciones pedagógicas para el fortalecimiento de la convivencia en contextos de alta vulnerabilidad: un estudio sobre el rol del preceptor de las AFTE”, publicada por la Universidad Católica de Córdoba. A partir de ese trabajo, y de la experiencia cotidiana acompañando trayectorias educativas de adolescentes que han atravesado múltiples situaciones de exclusión, comprendí que muchas de las explicaciones habituales sobre la violencia escolar resultan insuficientes.

Con frecuencia escuchamos hablar de “alumnos violentos”, “chicos problemáticos” o “jóvenes sin límites”. Son expresiones que circulan con naturalidad en conversaciones familiares, medios de comunicación e incluso instituciones educativas. Sin embargo, detrás de esas etiquetas suelen quedar ocultas historias complejas, marcadas por experiencias de desigualdad, vulneración de derechos, interrupciones escolares, conflictos familiares, pérdidas, discriminación o profundas sensaciones de desamparo.

Ningún estudiante nace violento.

La violencia no aparece de manera espontánea ni constituye una característica esencial de una persona. Se aprende, se reproduce, se naturaliza y, muchas veces, se convierte en una forma de expresar aquello que no encuentra otras vías para ser dicho. Cuando observamos únicamente la conducta visible, corremos el riesgo de ignorar los procesos que la hicieron posible.

Esto no significa justificar situaciones de agresión ni minimizar el daño que pueden provocar. La violencia genera sufrimiento y debe ser abordada con seriedad. Pero comprender no es justificar. Comprender implica reconocer que detrás de cada conflicto existen dimensiones sociales, culturales y afectivas que merecen ser consideradas si realmente queremos construir soluciones duraderas.

En los espacios educativos destinados a jóvenes con trayectorias discontinuas, esta realidad se vuelve especialmente evidente. Muchos estudiantes llegan después de haber acumulado experiencias de fracaso escolar, de sentirse excluidos o de haber escuchado reiteradamente que no podían aprender. Algunos han transitado instituciones que les cerraron puertas antes de abrir posibilidades. Otros han incorporado la idea de que la escuela no fue pensada para ellos.

Cuando una persona pasa años recibiendo mensajes que la ubican en el lugar del problema, resulta difícil construir una imagen positiva de sí misma. En esos contextos, la desconfianza, el enojo o el rechazo hacia las normas pueden convertirse en mecanismos de defensa frente a experiencias reiteradas de frustración.

Por eso, una de las conclusiones más importantes de mi investigación fue advertir que la convivencia escolar no depende exclusivamente de reglamentos, sanciones o sistemas de control. Aunque estos elementos tienen su función, por sí solos no alcanzan para transformar las relaciones que se desarrollan dentro de una comunidad educativa.

La convivencia se construye todos los días a través de los vínculos.

Se construye cuando un adulto escucha antes de juzgar. Cuando una dificultad se convierte en una oportunidad para dialogar y no únicamente para castigar. Cuando una institución logra sostener la presencia de quienes más dificultades tienen para permanecer en ella. Cuando alguien transmite, incluso en medio del conflicto, la certeza de que cada estudiante sigue siendo valioso.

A menudo se presenta a la escuela como una institución en crisis. Y es cierto que enfrenta desafíos enormes. Debe convivir con desigualdades crecientes, transformaciones tecnológicas aceleradas y múltiples demandas sociales. Sin embargo, también sigue siendo uno de los pocos espacios donde es posible construir experiencias colectivas de reconocimiento, pertenencia y cuidado.

Tal vez por eso resulta tan importante revisar ciertas miradas simplificadoras sobre las juventudes. Cuando definimos a un estudiante únicamente por sus conductas más problemáticas, dejamos de ver a la persona completa. Dejamos de preguntarnos por sus capacidades, sus deseos, sus miedos y sus posibilidades de transformación.

Las etiquetas suelen ofrecer respuestas rápidas, pero generan consecuencias profundas. Un joven señalado permanentemente como conflictivo termina encontrando cada vez menos oportunidades para construir una identidad diferente. La estigmatización no resuelve los conflictos; con frecuencia los profundiza.

Frente a esta realidad, la tarea educativa adquiere una dimensión que trasciende la enseñanza de contenidos. Educar también implica generar condiciones para que los estudiantes desarrollen formas más saludables de vincularse consigo mismos y con los demás. Implica ofrecer experiencias donde el respeto, la escucha y la participación no sean conceptos abstractos, sino prácticas cotidianas.

Lo contrario de la violencia no es solamente la ausencia de agresión. Lo contrario de la violencia es la construcción de vínculos capaces de reconocer la dignidad del otro, incluso cuando existen diferencias, tensiones o conflictos. Es la posibilidad de ser escuchado sin ser reducido a una etiqueta. Es encontrar un espacio donde alguien crea en nuestras capacidades antes de que nosotros mismos podamos hacerlo.

Quizás allí se encuentre una de las enseñanzas más valiosas que dejó esta investigación. Los conflictos forman parte de la vida escolar y probablemente seguirán existiendo. Pero la manera en que los abordamos puede marcar una diferencia significativa. Cuando las instituciones educativas dejan de preguntarse únicamente cómo controlar la violencia y comienzan a preguntarse cómo construir convivencia, aparecen nuevas posibilidades.

Porque detrás de cada estudiante hay una historia que merece ser comprendida.

Y porque, aunque a veces lo olvidemos, ningún estudiante nace violento.

*Las reflexiones desarrolladas en este artículo surgen de la investigación “Intervenciones pedagógicas para el fortalecimiento de la convivencia en contextos de alta vulnerabilidad: un estudio sobre el rol del preceptor de las AFTE”, de mi autoría, publicada por la Universidad Católica de Córdoba. Las ideas aquí presentadas nacen del encuentro cotidiano con jóvenes que transitan trayectorias educativas complejas y de la convicción de que la convivencia, lejos de ser un aspecto secundario de la vida escolar, constituye una condición indispensable para aprender, permanecer y proyectar futuros posibles.


Abigail Loreley Lopez de Antueno, Profesora de Biología, docente y preceptora en el nivel secundario. Es autora de la investigación “Intervenciones pedagógicas para el fortalecimiento de la convivencia en contextos de alta vulnerabilidad: un estudio sobre el rol del preceptor de las AFTE”, publicada por la Universidad Católica de Córdoba. Su trabajo se centra en la convivencia escolar, la inclusión educativa y el acompañamiento de trayectorias educativas.

 

Abigail Lopez de Antueno

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