Literatura
Narrativa
julio 2026
Tributo y Zamuro
por Adrian Sandoval
T. se apareció una tarde al patio de la casa de D. como solía hacerlo cuando eran amigos. Vio por la ventana y ahí estaba. Algo así como un fantasma incómodo. No es que a D. ya no le cayese bien T., o lo odiase o algo. Pasaba que ya en el resto del colegio, del pueblo, se le sabía era un tipo un poco raro. Quien sepa de esto sabe esos mundos son demasiado pequeños para estar corriendo el riesgo de asociarse con el niño raro.
Hacía un sol bestial de Agosto en Aponoima. El cuerpo larguirucho y desgarbado de su ex-amigo (eso no es su culpa, todos los muchachos de catorce son desgarbados) proyectaba una sombra angular. D. se acordó un experimento que hicimos en el kínder de poner un palo en el piso para que la sombra diese la hora. Serían las tres, y todavía tenía puesta la chemise del único bachillerato que quedaba.
La cuestión es que T. se acercó a pasos largos a la puerta y D. ya estaba entre nervioso y preocupado que alguien lo fuese a ver, ya buscando excusas para sacárselo de encima. Porque T. se había quedado un poco lento, lerdo, como un niñote grande. Todos los demás muchachos del pueblo ya estábamos más pendientes de comprarnos una moto, conseguirse una niña, hacerse unas lucas. T. todavía estaba en esas de pasear por los montes, cazando sapos, pescar con pabilo y nadarse al río.
D. abrió la puerta con pocas ganas y ahí lo tenía a T. encorvado hacia la boca. Tenía una bolsa con sangre en una mano y una cara de loco más inusual que nunca. En la otra mano, la que le puso en la cara a D. tenía una moneda de oro. Le dijo a D. como si hubiese visto un milagro: «Ven que tengo que mostrarte un animal».
Algo que yo siempre tengo que decirle a la gente sobre crecer en mi pueblo, que es Aponoima y está unos setenta y cinco kilómetros de dónde solía estar Bogotá, es que no se imaginen eso que se están imaginando.
La gente tiene la costumbre de escuchar “pueblo” y se piensan caminos de tierra y piedra y casitas a lo telenovela de Grandes Gavilanes y granjas, sobre todo granjas. La gente se piensa caballos, toros, vacas, cabras y campos abiertos hasta dónde no da el ojo. Lo único así es el centro, la plaza bolívar con la misa y el cabildo, como en cualquier pueblo. De resto, en mi vida vi yo un caballo.
Aponoima es bastante urbano, uno dice pueblo, pero era más bien como una ciudad chirriquitita. Está al tope de una montaña y solía vivirse de los turistas que iban por la ruta, a veces que paraban para ir a nadar a los diques o quedarse en las posadas. Pero de eso ya no quedaba nada. Aponoima estaba pobre y en la nada, como muchos. De animales piénsese que habría puro perro flaco, gatos groseros, ratas de campo. Runchos, alacranes y culebras sabaneras.
Y por esa Aponoima que era un peladero iba D. detrás de T., apenas prestándole atención a un cuento que no le entendía mucho, examinando y re-examinando la moneda de oro, como con ganas de morderla.
T. llevó a D. a uno de los montes dónde solíamos jugar de niños y ahí siguió contándole lo del animal, lo del pajarote, pero bajó la voz, como si estuviesen interrumpiendo una misa.
D., se dice, escuchó primero unos gorgojeos bestiales, gravísimos, mientras se acercaban al lugar dónde el árbol se había estrellado. Ahí en la sombra de la copa tumbada, descansando o mejor dicho esperando, estaba el pajarote más grande que en su vida nadie vio.
Negrísimo como la noche, con unos ojos que brillaban de marrón, bien avispados, porque se le fijaron a D. y a T. sin un pelito de miedo, más bien expectativa.
T. le dijo a D. «¿Viste que eso es un pajarote, un gallinazo?» y D. le respondió que eso gallinazo no era nada, en todo caso un Zamuro hijo de una pantera o algo.
T. le mostró la bolsa manchada y le dijo: «Y mira el truco que hace».
T. sacó de la bolsa un pedazo de carne roja, un lujazo en ese entonces en el pueblo, y le tiró al bicho el filete ensangrentado. El Zamuro no reaccionó, al principio, estaba ahí estudiando, o hasta leyendo las expresiones de los muchachos. Luego hizo un gesto con su cabeza calva como de gracias y empezó a comer. Devoraba con una velocidad glutinosa que le entró miedo a D.
Justo le iba a decir algo a su amigo cuando T. lo chistó, el Zamuro ya terminaba de tragar, le dijo que se aguante que ahí venía lo bueno. El Zamuro se sacudió, como si intentase sacarse bichos o chinches. D. se dio cuenta que tenía el ala zurda, la siniestra para que lo piensen, rota. De la axila de esa misma ala, el bicho metió pico y tiró una moneda de oro, igualita a la que tenía T., a los pies de los bachilleres.
D. se le quedó viendo a la moneda entre las patas y, como no, se le prendió el bombillo.
Sépanlo, si hay algo que hay que saber de muchacho de pueblo, sea en Aponoima o el tibet, es que si bien quieren todo eso que ya dijimos lo que más queremos es irnos.
Pasaron dos cosas.
Una: T. y D. se cacharon una buseta a Manizales, que era la única ciudad-ciudad que quedaba por la cordillera. Ahí, en vez de jubilarse como hacíamos todos los demás, se fueron corriendo al primer compra-joyas que vieron de confianza, que les confirmó que las monedas eran de real. No sólo así, honesto el hombre, le dijo que eran de una serie de monedas históricas, perdidas, que si le traían un juego completo de veinte o treinta se podían hacer una platica bien.
Dos: T. y D. empezaron a intentar dar de comer al bicho, a ver que más le salía. La cuestión es que bien rápido la bestia se les aburrió de sobras de guiso y carne ya picada, para el desagrado de D. que se desbancó la mesada en un chambarete.
«A lo mejor ya le hace falta algo más vivo» fue la visión de T., que a D. le parecía en su rareza estaba más en sintonía con el Zamuro.
Vimos a D. y T. que se pasaron tres, cuatro semanas de ese agosto en el monte, cazando sapos otra vez, pero a veces liebres y hasta guacamayas a pedrazo limpio. Los vimos corriendo detrás de gatos sueltos, perros de nadie e incluso, por aquí y por allá faltaron cabras y gallinas de la gente de los bordes de Aponoima.
Mientras más viva y sangrante la merienda del Zamuro, más se sacudía, más bajaba la cabeza, más rápido y letal comía. Más monedas soltaba.
T. veía el espectáculo ensimismado, como rezando por lo bajito. D. se hacía el fuerte con las matemáticas de que iba a hacer con tantos reales. Esos días nos hablaba mucho de una camioneta que se iba a comprar, una Ford yo-no-se-que, como si la viese ahí cuando cerraba los ojos.
D. convenció a T. de que lo dejase guardar las monedas. Ya tenían varias, como quince, pero necesitaban más. El ala, malas noticias, empezaba a sanársele al bicho este, y quien sabe que iba a pasar con eso. Se acababa la estadía del último turista de Aponoima.
Necesitaban darle algo bien gordo y grande al Zamuro, y la idea se le ocurrió a D. con la desesperación fría del que tiene que llegar con apuro.
Le dijo a T., una mañana colados del colegio, en susurros, que por qué no le ponían a su hermanita. La hermanita de T. que había nacido muy ciega e incluso más tonta que él y que sus abuelos le tenían que dar toda y tanta atención, tan difícil que era tenerla. D. se hizo que la idea lo iba asustar, pero T. aceptó con la calma que había aceptado todo lo demás.
La llevaron al monte el atardecer siguiente, con quien sabe que pretexto. T. le había dicho a D. que llevase la caja para que pusiesen todas las monedas guardadas de una vez. A D. eso no se le hizo raro. Temblaban los tres cuando se acercaron al descanso del Zamuro. Cuando D. abrió la boca como para decir algo, lo interrumpió el troncazo que le arremetió T. en la parte de atrás de la cabeza, con una piedra seguro.
El bueno de D. cayó justo frente al zamuro, y lo vio hacer el ritual de bajar la cabeza y estudiar y prepararse para comer. D. alcanzó a gritar cuando vio que el bicho abrió las dos alas, grande como un avión. La hermanita de T. lo único que entendía era un borrón enorme que se fue volando hacia el cielo naranja, y un montón de chillidos.
Todos sabemos que este cuento es así porque los alaridos se escucharon por todo el pueblo. La gente buscando y buscando desesperada, como loca, de donde venía ese pánico tan ruidoso, y a nadie se le ocurrió ver hacia arriba ni cuando empezaron a caer zapatos y medias y una chemise ensangrentada.
T. se fue poco después a probar suerte en Táchira, y como que le fue bien porque cada tanto le manda tremenda remesa a su hermana y abuelos. En Aponoima, en cambio, todo está más o menos igual, pero ahora cada vez que alguien ve a un gallinazo o un zamuro se persigna.
A.A Noya (Adrian Sandoval Noy) es un autor centrado principalmente en la narrativa breve y las publicaciones periódicas. Desde 2012 ha colaborado en diversas revistas literarias y blogs como Arepa, Diván de La Rata, Marabunta, Alborismos, Extrañas Noches, ARDE y Sintopía. Su trayectoria incluye reconocimientos como el primer premio en Macagua en concurso (2012) y en el Concurso Literario Marina Capriz (2019), además de menciones y selecciones de sus relatos en el certamen Crónicas del metro por la vida y la paz de Monte Ávila Editores (2014), el concurso literario de la Universidad Notarial Argentina (2015), la editorial ROI (2017) y las convocatorias de la Fundación APAIB, Editorial Lectio y la librería Libro en Blanco. En 2024 publicó la nouvelle El Perro Muere – y otras rentas muertas bajo los sellos editoriales Libros Tercer Ojo y Pucherito Libros en Buenos Aires, Argentina.


