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Literatura
Narrativa
abril 2026

El mundo fantástico de Conchita Jiménez
por Gerson Siqueira

Conchita Jiménez tenía solo doce años y siempre regresaba de la escuela montada en su vieja mula de patas temblorosas, llamada “Juanita”. Ese día, envuelto en nubes que rodeaban las laderas de la Sierra Nevada de Colombia como un anillo, tenía una razón más que especial para acelerar el paso:

“ Adelante, preciosa, mamá va a hacer arepas hoy”, Dijo, acariciando suavemente el cuello de su querida animal.

¿Pero qué son las arepas? Sencillamente pan de maíz asado con diversos rellenos, una de las especialidades de la trabajadora Carmen y un plato típico del pueblo. Entre tantas delicias, sin duda eran las favoritas de la dulce niña de largas trenzas.

Tras cinco minutos cabalgando, ya estaba en la humilde casita de Minca, un pueblo rural al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta. Tras el sonoro beso de su madre en la frente, venía la pregunta de siempre:
¿Qué tal te fue en clase hoy, hija?

“ Bien, mamá. Como siempre”.

¿Ya metiste a Juanita en el corral? —preguntó también la madre.

“Sí”.

Aquel martes, con su clima templado, las dos se sentaron a comer la deliciosa comida de Minca a solas, pues el padre aún no había llegado de la plantación de café.

Conchita, un cariñoso diminutivo de Concepción, era el nombre que le había puesto su padre en homenaje a la Virgen María, a quien toda la familia profesaba una ferviente devoción. Había sobrevivido a un parto difícil, según Carmen y su marido, un verdadero milagro de la santa.

Era de complexión delgada, con piernas largas y rodillas prominentes. Sus trenzas negras caían sobre sus hombros como pequeños ríos de petróleo. Su piel tenía un tono bronceado, probablemente un rasgo de la herencia genética (indígena) de su abuelo, Felizberto Giménez.

“Soy tan hermosa como mi abuelo” Les decía a sus compañeros de la institución educativa, quienes se reían de su ostentación.

Juárez, el padre de Conchita —un humilde trabajador de la finca ubicada a unos 3 km del pueblo— era muy diferente de su esposa, una apasionada de las largas sesiones de café. Tímido por excelencia, prefería la comodidad de su hogar en sus días libres, saliendo solo para ir a misa. Según Carmen, era un excelente padre y esposo, pero un verdadero “lobo solitario”.

*******

Conchita descubrió un mundo fantástico tras visitar con sus padres una comunidad indígena Kogi en lo alto de las montañas. Allí aún vivían parientes de su abuelo, quienes siempre recibían a la familia Jiménez con platillos típicos y mucha alegría. Después de comer un gran tazón de sopa de yuca, le pidió permiso a su madre para seguir caminando.

“No te alejes mucho, Chica. Parece que va a llover más tarde”.

“Sí, mamá”.

En el sinuoso camino de piedra, a 100 metros de altura, de repente miró al cielo, que poco a poco se llenaba de nubes plomizas, y vio un halcón sobrevolando la copa de las palmeras de cera. Era majestuoso, con sus largas alas, pero lo que realmente la cautivó fue el ave intentando posarse en la rama de un arbusto enano. Se acercó y concluyó que se trataba de un colibrí con el pecho ligeramente marrón y alas bicolores. Una vez posado en la rama, comenzó a revolotear de un lado a otro con sus ojitos fijos en la niña.

“Buenos días, pajarito” Saludó Conchita cordialmente.

Estaba absorta en sus pensamientos, contemplando el mundo, hasta que las primeras gotas de lluvia la despertaron. Tenía que regresar rápido porque Carmen seguramente ya estaba preocupada. Ni siquiera se había dado la vuelta cuando oyó una voz metálica.

“Buenos días, linda”.

¿Estaba soñando? Después de todo, en ese lugar solo estaban ella, el pájaro y las maravillas de la naturaleza.

“Soy yo, Conchita. El pájaro embajador. Vete ya. Hablaremos luego”.

Decidió acelerar el paso porque había oído los primeros llantos de su madre. A mitad de camino se quedó en silencio y solo logró responder minutos después.

¿Dónde estabas, Conchita?

“Allá en la meseta. Hablando con un pájaro”.

¿Un pájaro?

“Sí”.

Carmen miró al cielo y negó con la cabeza. ¿De dónde sacaba esa chica tanta imaginación?

Decidió no hablar del asunto con nadie, ni siquiera con sus amigas del colegio. «Me van a llamar loca», pensó. Para evitar que sus padres la pillaran hablando sola, decidió, de acuerdo con el embajador, reunirse con él en momentos en que ninguno de los dos estuviera en casa.

Tras un mes de pruebas con el colibrí, Conchita por fin descubrió a qué mundo pertenecía. Se llamaba Arariel, una mezcla de pájaro y ángel leonino. Estaba compuesto por ángeles que se transformaban en diversas aves y residían en un plano celestial.

¿Por qué me necesitas, embajador? ¿ No puedes llevar tú mismo los mensajes?

«Sí, tenemos el poder y el aura para ello. Pero necesitamos portadores que nos ayuden en esta difícil tarea».

Y así comenzó la misión de Conchita con sus largas trenzas. Habló tanto de Dios y de la paz durante su paseo por las plantaciones de café que muchos empezaron a considerarla una santa.

Carmen y Juárez siempre pensaron que era una exageración, pero le agradecían a la Inmaculada Virgen por ello.
“Hágase tu voluntad” Solía decir la devota madre, arrodillada en las misas del padre Romero.

********

Conchita fue transportada en un sueño a la ciudad celestial de Arariel en una noche de lluvia ligera que cayó repentinamente sobre el pueblo de Minca. Ella y sus padres decidieron acostarse temprano después de disfrutar de una generosa porción de patacões, un platillo hecho con plátanos fritos y machacados con queso. Sobre la rústica almohada rellena de plumas de pato, finalmente viajó al mundo del pajaro inca de cola blanca.

En Arariel, también vistió las largas túnicas blancas que usaban los seres con ojos que brillaban como antorchas de fuego. Él la guió desde el inicio del viaje a través de una puerta enmarcada por un magnífico arcoíris hasta la ciudad iluminada. El pájaro la acompañó todo el tiempo, esta vez en su forma original: un hombre con inmensas alas doradas cuyo resplandor nunca se desvaneció. Medía al menos dos metros de altura y llevaba una tiara sobre los ojos que le daba una apariencia majestuosa.

“ Este es el Arariel que te prometí, Conchita” Dijo, tocando suavemente el hombro de la niña.

Sonrió todo el tiempo, encantada por la belleza de la ciudad. Ríos de aguas cristalinas, árboles majestuosos y animales que ahora comían juntos sin rivalidad alguna. Había tantos ángeles que era imposible contarlos, una verdadera legión.
¿Hay algún líder aquí? Preguntó la visitante con toda su inocencia.

“Algún día lo verás, pero no ahora” Respondio su anfitrion, sonriendo.

Aún estaba absorta en las maravillas de Arariel cuando una mano la sacudió con fuerza. Era Carmen, que la despertaba para ir a la escuela.

“Despierta, hija. Llegarás tarde al Instituto”.

Conchita se levantó, se puso el vestido y las botas de agua, y fue a desayunar como de costumbre. Minutos después, desapareció por el camino montada en Juanita, con su fiel protector posado sobre su hombro derecho.


Gerson Siqueira es un periodista brasileño con más de 43 años de experiencia. Ha trabajado en cuatro estados del país desempeñando funciones como reportero, redactor, editor y jefe de prensa. Cuenta con certificaciones en marketing digital, inteligencia artificial, periodismo de investigación y psicoanálisis. Además, es miembro de la FENAJ (Federación Nacional de Periodistas). Actualmente reside em São Paulo, Brasil. Ha participado en diversas actividades culturales y literarias a lo largo de su trayectoria. Es un influencer activo en varias plataformas de redes sociales, como Facebook, Instagram y Substack. Acaba de publicar su primera novela regional, un gran éxito que tuvo dos lanzamientos este año.

Gerson Siqueira

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