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Literatura
Reseña literaria
abril 2026

Lecturas fragmentarias a partir del poemario
de Marcelo Arce Garín
por Antonio Silva1
reedición por editorial Oso de Agua

El poemario Exhumada trabaja en diferentes niveles, a los que me gustaría ingresar desde un acercamiento a tientas, perecible y nada definitivo.

Exhumada es el primer libro del poeta Marcelo Arce. Una producción fraguada en una trayectoria cultural sedimentada en los márgenes de los circuitos culturales metropolitanos. 

Arce no proviene de los espacios tallerísticos tradicionales y tampoco es parte de la maquinaria universitaria de la literatura.

A mi juicio, esto señala un punto interesante. Marcelo Arce es un autor formado en una doble periferia. Una subjetividad vital y convulsa, y una palabra (poética) desafiante, sin miedos, sin pudores.

No habla desde el “gran estilo”, ni desde la norma efectista de la palabra. Su voz es ríspida, deliberadamente transgresiva. Cumple un desacato al relato unívoco.

Al ser parte de los márgenes territoriales de Santiago, se establece en él una mirada disolvente de parcelaciones y distinciones inamovibles. Bastardías discursivas fuera de toda pauta, confesiones, sentimentalismos, canciones de locura, realismo maniático.

Arce pone en movimiento un juego desarticulador para una idea fija de cuerpo. Él propone un cuerpo presente y remoto, estallado y fantasmal, sin fecha de vencimiento y espectral en su carnalidad.

Su texto es un largo poema que puede leerse como una letanía circular —apenas y a veces— interrumpida por señales débiles de un afuera.

Exhumada es, ante todo, una voz que juega a corporeizarse en uno o varios cuerpos, todos parte de un mismo inventario: el cuerpo de la derrota.

Su calidad de ex-céntrico (fuera de circuitos centrales), me hace sentido a partir de que su poética deja traslucir un imaginario del desvencijamiento, una ciudad profundamente dicotómica, tensada por las diferencias sociales, nada natural, siempre crispada, en disputa de territorios, señalada. Su ojo obtura la estrategia de sobrevivencia de los seres marginales que por la ciudad pululan, son los compañeros de viaje que acompañan a Arce de madrugada en su retorno alcoholizado a su San Bernardo. Ciudad dormitorio que se debate entre una modernidad fallida y añejas nostalgias de una ruralidad desaparecida.

Su texto también es un diálogo tenso con ese eterno retorno a casa, a la tierra, al lugar de origen, al domicilio. Ese imposible de romper sino es por una muerte simbólica.

Hace algunos años pude ver un video-poema en el que Arce trabajaba un texto desde la cueca como concepto. La imagen en primer plano de un polvoriento zapateo a los pies de la virgen del Cerro Chena, me sirve hoy de clave para acercarme a una producción que tiene ya largos años de elaboración. Ese video-poema estaba dedicado a Jenny Barra, detenida desaparecida de la comuna, probablemente fusilada en este cerro.

De algún cercano modo, Exhumada es la continuación de esa pregunta: ¿dónde está Jenny Barra?, un nombre cuya tragedia ensombrece ese símbolo natural, telón de fondo de la comuna de San Bernardo. Arce recupera esa voz de la mujer desaparecida para reponerla como pregunta lacerante que interrumpe la imagen modernizada de la desmemoria.

El texto también es una recuperación de lo que el psicólogo Alfredo Moffat ha denominado “los desaparecidos sociales”, esos cuerpos sin nombre, sin identidad, desplazados, sin oficio, sin futuro y sin destino. Cuerpos escindidos de todo programa productivo y solo en calidad de NN, en los actuales regímenes biopolíticos de la vida.

Exhumada es un retorno al oscuro pasaje de la población desde una heroicidad marchita. Una precariedad doblemente precaria al haber sido abandonada por la política. Ya no están los grandes relatos que aglutinaban el descontento para afiliarlos al servicio de la utopía. Las voces y cuerpos del texto, retornan para latir su nula promesa que ofrecer. Es el canturreo informe de esos que, como señala Lêdo Ivo, “No saben viajar ni vestirse. Tampoco saben vivir: no tienen noción del bienestar, aunque algunos poseen hasta televisión. La verdad es que los pobres no saben ni morir”.

Pero Exhumada no se reduce, en ningún caso, a ser un retrato de la postmiseria de una ciudad anquilosada. Es también un reclamo por la voz, un reclamo por la vocalización de un yo plural, compañero de lo minoritario, iridizado por la cicatriz. Una polifonía subalterna que deambula fantasmalizada en rostros anónimos de una ciudad que sueña con ser postal. Exhumada es el rostro anverso de esa mascarada de la impunidad y sus pactos de silencio. La voz perdida y marchita retorna en Exhumada como una crispación incómoda y perturbadora que viene a reclamar lo suyo, el cuerpo y la calle, el nombre y la lengua.

Cuerpo y lenguaje

La operación que articula Arce, es posicionar una voz desde una idea de ocupación corpográfica. Un desplazamiento donde el paisaje se lee como reflejo de un signo deflaccionado. Una colección de estampitas de la ruina, mirada en rotativa sin contemplaciones, sin coleccionismos ni musealidades piadosas. El cuerpo compadece aquí en un retorno en vilo, exiguamente posible por la desarticulación de los órdenes y las palabras que, apenas ya, dan cuenta de su espesor.

El texto remite a pistas para leer en una coordenada escénica, escrituras que performativizaron su voz para alentar la interpretación e impugnar la autoridad, operación política para activar una subversión de las identidades como categorías monolíticas.

La travestización de la voz en Exhumada, es un modo para la recuperación filosófica de los cuerpos, más allá de cualquier categorización excluyente. Exhumada re-edita una política de larga data en nuestra literatura, desde la poesía de Pedro Antonio González y la narrativa de Gómez Morel, Nicomedes Guzmán, Luis Cornejo o Méndez Carrasco, hasta estrategias de travestización de la lengua para narrar la ruina como La Tirana de Diego Maquieira o La Manoseada de Sergio Parra. En este sentido, el texto de Marcelo Arce está en deuda con una táctica que traiga nuevos aires a esta pericia, para evitar que se naturalice la grieta en una “estética de la pobreza”.

Las permanentes citas a la cultura popular, nos sirven para contextualizar los parajes. Esos sonidos sombríos y destellantes, componen el pentagrama enlutado de la euforia de la América morena, bailanga, copeteada y sexual, para la sociedad sin fiesta que poseemos.

Particularmente la música suena en Exhumada, los cantos de desdicha y desamor son el combustible con que el pobrerío prende su nostalgia. Aquellas citas son las señales de un interior exteriorizado como guión, en donde se habita sin culpas ni reproches en el imperio de los sentimientos.

Como letanía, Exhumada es también un guión para el desangramiento por amor. Para una poética mendicante que busca un cuerpo, un territorio, una masmédula para preguntar por la palabra, el nombre propio, y recuperar la voz para así activar una filosofía capaz de carnalizar los fantasmas o traer a la mesa las voces rotas. 


Antonio Silva (1970 – 2012) Antonio Silva nació en San Bernardo en 1970, poeta chileno, publicó tres libros de poesía: Andrógino (1996); Analfabeta (2000) y Matria (2008).

 

  1.  Texto leído el día 01 de octubre de 2009, en Balmaceda Arte Joven.

Antonio Silva Marcelo Arce Garín

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