Literatura
Narrativa
agosto 2026
Sauce quemado
por Nahuel Canteros
El camión de las garrafas no había pasado y con Chelo queríamos tomar mate cocido. Hay que hacer fuego, dijo él. Creo que era sábado, o domingo, no me acuerdo. Estábamos aburridos como caballo atado y con más hambre que perro flaco. Nos pusimos a buscar ramas secas. Leña teníamos para un incendio. Cuando juntamos lo suficiente, Chelo fue a buscar la yerba y la olla.
Me acuerdo de que hacía mucho calor. La sombra del sauce me pareció el mejor lugar para hacer el fuego. Puse primero un par de hojas de diario hechas un bollo, las ramas más chicas alrededor, en forma de volcán, y cuatro leños de quebracho blanco de contención. Madera resinosa el quebracho blanco, una vez que prende, hasta al agua le cuesta apagarlo. Encendí el papel con un fósforo y antes de que Chelo volviera, el fuego ya alcanzaba la altura de mi ombligo. Cuando llegó, me pegó un coscorrón en la cabeza, cómo vas a prender el fuego abajo de un árbol, me dijo. Me ordenó que lo apague y que lo vuelva a encender en otro lado. Él se fue a buscar la parrilla.
Qué cosa hipnotizante ver crecer el fuego, verlo bailar en su camino zigzagueante, sentir el olor de la madera quemada; las bocanadas de humo. Empecé a tirar leña a lo bestia. Chelo volvió con la parrilla y cuando vio las llamas la dejó caer al suelo. Yo lo miré y le señalé el fuego para que admire lo que era capaz de hacer. Dijiste que me ibas a sacar bueno, Chelo, le dije. Él me contestó que estaba loco y se fue corriendo para adentro de la casa. Volvió a los pocos minutos con un balde de agua. Entonces lo medí. Fue un segundo. Me di cuenta de que mi mano era una mano, no un instrumento de Chelo. Y lo hice. Le pegué un arrebato en la cara que lo hizo caer al piso con balde y todo.
Del sauce que alguna vez plantó el Tano con mi abuelo, quedó solamente un pedacito de tronco petiso y negro. Chelo, a la distancia, me gritaba que deje de tirar leña, que estaba loco. Al final es un cagón, se la da de macho pero bien que empezó a correr cuando las hojas lloronas del árbol empezaron a arder. Yo me quedé ahí nomás, mirando cómo se iban prendiendo y lentamente empezaba a incendiarse. El fuego empezó a subir por las hojas hasta que la copa fue una llamarada naranja y amarilla. No escuchaba mi voz, solamente el crepitar. Me ardían los ojos, pero no podía dejar de mirar mi creación: ese árbol que el viento incendiaba cada vez más rápido. Por mi cabeza pasaron recuerdos: el día que Chelo y sus amigos me dejaron atado en un árbol, la vez que Chelo me bajó los pantalones en la puerta del colegio. El viento es sabio, pensé.
Después las sirenas aturdieron mis tímpanos, sentía que sonaban dentro de mi cabeza. Para ese entonces yo estaba acostado en el piso, boca arriba, viendo volar la ceniza. Miraba la lucha del fuego por continuar encendido, su resistencia a los chorros de agua que tiraban los bomberos. Me sentía relajado, completamente relajado. Nunca me había sentido así.
Hasta ahí me acuerdo, Oficial, después ya me desperté acá: lleno de cables, vendas y con este respirador en la nariz.
Nahuel Canteros nació en 1993, en Santos Lugares, Bs.As, Argentina. Es escritor y Licenciado en Políticas Sociales (UNTREF). Autor de Germinando porotos adentro de un frasco (2025) y La llanura de los inocentes (2025).

