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Narrativa
agosto 2026

SANGRAR NO CUESTA NADA
por Anto Gamunev

La maestra estaba sentada en una sillita absurdamente pequeña que le destruía la espalda  baja todos los días desde 1998. Frente a ella, el salón de kindergarten parecía un accidente  entre una tienda de manualidades y un hospital psiquiátrico infantil: letras de colores mal  pegadas, dibujos de familias donde los perros siempre eran más grandes que los padres, un  pez beta muerto flotando desde hacía tres días porque nadie quería “traumatizar a les niñes”  diciéndoles que la vida termina. 

Afuera llovía. Adentro olía a pega escolar, jugo Capri Sun y crisis nerviosa funcional. 

La maestra sostenía una taza que decía World’s Best Teacher, aunque llevaba meses  queriendo estrellársela en la cabeza al director Berríos. 

Miró a les niñes. 

Veintitrés versiones pequeñas del futuro. Veintitrés seres humanos que todavía no sabían lo  que era enviar un “te extraño” y quedarse mirando el teléfono como un idiota durante cuatro  horas o quién sabe si más. 

Bendito. 

—Bueno, mis amores —dijo mientras cruzaba las piernas—. Hoy vamos a hacer una  dinámica divertida. 

Les niñes gritaron emocionados porque todavía no entendían que casi todas las dinámicas  adultas terminan en trauma o en recursos humanos. (Un saludito Victoria, you suck.) 

—Según su corta experiencia, quiero que me digan qué ustedes creen que es lo más  tenebroso del mundo. 

Las manos comenzaron a levantarse como posesión demoníaca colectiva. —¡Los payasos! —gritó Mateo. 

La maestra asintió lentamente. 

Claro. Los payasos. Hombres desempleados maquillados sonriendo demasiado fuerte  mientras esconden tristeza industrial debajo de una peluca sintética.

—Muy bien, Mateo. 

—¡Los monstruos debajo de la cama! —dijo Sofía. 

—Excelente opción. 

Aunque la maestra pensó que los monstruos debajo de la cama eran honestamente menos  peligrosos que ciertos hombres incels con podcast y pero no entremos en política  conservadora hipócrita. 

—¡La oscuridad! 

—¡Los tiburones! 

—¡Las agujas! 

—¡Los impuestos! —gritó accidentalmente un niño que claramente escuchaba demasiadas  conversaciones en casa. 

La maestra lo miró fijamente. 

—Tú vas a necesitar terapia cara algún día. 

Un varón levantó la mano lentamente. 

—A mí me da miedo cuando mi mamá llora en el carro y piensa que yo no la escucho. El salón quedó callado. 

La maestra sintió algo romperse suavemente dentro del pecho, como una taza vieja  despegándose de una repisa. 

—Sí… —susurró—. Eso también da miedo. 

Otra niña no levantó la mano. Solo se quedó mirando el piso. 

La maestra reconoció esa mirada. La conocía demasiado bien. Era la mirada de la gente que  aprende temprano que hablar no siempre salva. Para algunas personas, el hablar cuesta y  cuesta caro. 

Carraspeó. 

Sonrió, aunque de forma enmascarada. 

Siguió adelante porque así funcionan los adultos rotos: convierten la hemorragia en  planificación académica.

—Pues yo creo que todos están equivocados. 

Les niñes la miraron confundidos. 

La lluvia golpeó las ventanas. 

Alguien se tiró un peo silencioso pero criminal.  

La maestra respiró hondo, aunque luego se arrepintió de esta decisión. —Lo más tenebroso del mundo… es enamorarse. 

Les niñes soltaron pequeñas risitas incómodas. 

—No, en serio. Escúchenme bien. Los monstruos no son tan peligrosos porque por lo menos  enseñan los dientes antes de morderte. El amor no. El amor entra suavecito. Con vocecita  linda. Con “¿llegaste bien?” Con playlists. Con stickers estúpidos de corazoncitos. Con  alguien mirándote como si fueras una bendición caída del cielo cuando en realidad eres una  futura anécdota para su próximo psicólogo. 

La clase estaba completamente muda ahora. 

Hasta el pez muerto parecía escuchar. 

—Enamorarse es abrirle la puerta de tu casa emocional a alguien y luego actuar sorprendido  cuando empieza a mover los muebles. Cambian tus rutinas. Tus canciones favoritas. Tus  horarios de sueño. Tu forma de hablar. Y un día despiertas diciendo “nosotros” como si  fueras posesión demoníaca compartida. 

Caminó lentamente alrededor del círculo previamente formado, donde les niñes estaban  sentados con las piernas cruzadas. 

—Darlo todo por otra persona es aterrador. Porque un día alguien aprende exactamente  cómo amarte… y al otro aprende exactamente dónde apuñalarte para que sangre más  bonito. Se levanta, se van y no vuelves a saber de ellos. ¿Dónde dejas esa vida vivida? ¿Esos  catorce años? ¿Qué fue real si al final alguien puede reducir catorce años a veinte mensajes  de texto enumerando desacuerdos que tú creías superados? Porque la gente normal  discute. ¿No? 

Un niño levantó la mano. 

—Miss… ¿qué es apuñalar? 

Ella sonrió.

—Algo que van a entender cuando descarguen aplicaciones de citas. 

Luego señaló el dibujo de un arcoíris pegado en la pared. 

—Miren eso. Ustedes creen que el terror son fantasmas. Pero no. El verdadero horror es  escribir “buenas noches ❤️” mientras el otro ya se está cansando de ti hace semanas. 

Silencio. 

—El verdadero horror es notar cómo alguien empieza a responder distinto y fingir que no lo  notas porque tu corazón todavía quiere negociar con el cadáver de la relación. 

La lluvia aumentó. 

Un trueno hizo temblar las ventanas. 

La maestra siguió hablando como si estuviera exorcizando algo. 

—¿Y saben qué es lo peor? Que uno vuelve a hacerlo. Una y otra vez. Como un hámster  emocional metiéndose voluntariamente en una licuadora KitchenAid. 

Sacó una tiza blanca. Escribió en la pizarra:  

AMOR = CASA EMBRUJADA CON BUENA ILUMINACIÓN 

—Porque al principio todo parece hermoso. Flores. Besos. “Nunca me había sentido así con  nadie.” Y después pasan los meses y descubres que la casa estaba llena de fantasmas  desde el principio. Pero ya dejaste ropa allí. Ya conociste a la mamá. Ya compartieron  contraseña de Netflix. Le enseñaste a amar a tu actriz favorita: Christina Ricci. Ya es  demasiado tarde. 

Un niño comenzó a llorar. 

—Miss… yo no quiero enamorarme nunca. 

La maestra lo miró con una ternura devastadora. 

—Eso dicen todes, corazón. 

Entonces sonrió. Como sonríe la gente que sobrevivió algo que todavía no sabe nombrar. Y por un instante el salón pareció extraño. Surreal. Como si las paredes respiraran.

Los dibujos infantiles comenzaron a despegarse lentamente del corcho por la humedad. El  pez muerto finalmente se hundió. Y afuera, bajo la lluvia, la maestra juró ver pasar una  versión más joven de ella misma cargando flores para alguien que jamás las mereció. 

Pero no dijo nada. 

Porque algunas historias de horror nunca terminan. 

Solo aprenden a maquillarse de nostalgia.


Anto Gamunev es un artista multidisciplinario puertorriqueño, cineasta, escritor, diseñador gráfico y profesor de comunicaciones. Su trabajo explora la memoria, la identidad y las experiencias LGBTQ+, integrando literatura, cine y artes visuales. Es fundador y director creativo de El Jardín de Melita, una plataforma dedicada a la publicación, educación y gestión cultural independiente. Como miembro del Colectivo Voces Realengas, recibió Mención de Honor en la categoría de Antología del Certamen Literario de PEN de Puerto Rico Internacional por Escrito en Sangre.

Anto Gamunev

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