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Literatura
Poesía
julio 2026

Poemas de Fernando E. Chávez Finol

EL PEZ DE LA OTRA LUNA

En luna llena todo lo sembrado crece,
lo bueno y lo malo, lo real y lo irreal.
Una pecera de plata la habitación es
donde Margarita duerme como duermen los justos
—en su sueño, Mateo toca la guitarra y no desafina—.
Las alarmas, el teléfono boca abajo las olvida.
Sobre la cama, a la altura exacta de los ojos de aquella,
un pez dorado gira en el centro del aire.
Una materia más leve que la noche cortan sus aletas,
y un breve alfabeto de destellos deja cada movimiento,
que se apaga y vuelve a encenderse.
Una luna solidificada guardan las escamas,
pequeñas lápidas de astro,
hecho de la misma paciencia
que las constelaciones.
Desde el umbral (aquella) Carolina lo mira.
Su mente, divaga,
las pobres palabras del día ensaya:
estrés, falta de sueño, la presión de las semanas,
los objetos y pájaros que, según las noticias, vuelven.
El pez su círculo sigue,
y en sus ojos negros y diminutos
una duración tan plena hay que parece absurda,
anterior a cualquier amenaza.
La mano se tiende.
La que cruza la frontera del tacto ahora es ella.

Fría como el vidrio, como la luna, la aleta es,
y los dedos la atraviesan sin herirla:
más tenue que la que recuerda es la materia que sueña.
Carolina retrocede. Con una luz que es toda luna y toda aleta
brilla todavía la yema de sus dedos.
Va a la cocina, abre la cajita de metal
—detrás de los abrelatas—,
y la suavidad de los bordes le devuelve el humo del cigarro armado.
Sentada en el balcón, mira cómo la luna en retirada
va apagando lentamente el aire.
Sabe que el círculo se cerrará cuando amanezca,
que igual que una marea lo imposible se repliega.
Detrás de ella el pez da otra vuelta, una más,
y en ese leve rumor de aletas donde el mundo se inclina
cabe todo lo sembrado —lo bueno, lo malo,
el reflejo y la materia—.
Carolina apaga el cigarrillo.
—Está bien —susurra—, está bien —,
y la misma voz antigua es su voz
que acepta el reflejo cuando el reflejo nos completa.

CAROLINA AMANECE

La luna estaba en cuarto menguante,
una uña de luz sobre la madrugada,
cuando Alba Luz apareció en la ventana
y dejó sobre la madera una semilla de girasol,
pequeña ofrenda de la noche,
oscura como un presagio.
Enrique estaba descalzo en la cocina,
el torso desnudo, las costillas marcadas por la luna,
las canas nuevas brillando como sal recién nacida.
Dejó el cuchillo, dejó la cebolla,
recogió la semilla con la palma abierta
y supo que algo germinaba.
Caminó hacia el cuarto donde yo dormía.
Me abrazó por detrás,
y su calor fue la primera palabra de su cuerpo.
La primera vez fue un relámpago,
un animal urgente que nos habitó sin pedir permiso.
Se quedó inmóvil, sin retirarse,
y empezó de nuevo,
lento como quien aprende a leer a oscuras.
Cada movimiento suyo decía
lo que su boca no podía pronunciar.
Antes de terminar, me miró.
Y yo sentí que por primera vez él no estaba de visita en su propia piel,
que estaba dentro,
anclado al fin en esta tierra mía.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No lo sé —dijo.
Pero no se movió.
Su corazón me golpeaba la palma
como un tambor pequeño,
y yo sonreí en la oscuridad.
Lo abracé.
Nos quedamos así,
semilla contra semilla,
hasta que el sol entró por la ventana
y nos encontró sembrados el uno en el otro.

No es amor la certeza iluminada

No es amor la certeza iluminada,
ni el fuego que se agota si no hay leña;
es la diosa feroz que no enseña
a huir del miedo, sino a bailar con él.
Es este altar que puse en tu mirada
y el cigarrillo que se apaga lento
mientras aprendo que lo que yo siento
no es vacío, ni paz equivocada.
Amor es aguardar sin que me nombres,
saber que habitas sin poblar la casa,
mirar los girasoles que sembramos.
Es un “no sé si alcanza” que nos salva,
es verte en cada vida que tuvimos
y elegir esta, aunque duela el alma.


Fernando E. Chávez Finol nació en Maracaibo en 1975. Es arquitecto por la Universidad del Zulia (1999), con estudios en la Architectural Association de Londres y en Barcelona, donde realizó el Metropolis Master in Architecture and Urban Culture. Trabajó como proyectista en la industria petrolera venezolana y retomó su doctorado en la Universidad del Bío-Bío, en Chile, cuya tesis finalizó en 2025. Ha publicado los libros Intuición, baby! (relatos, 2010), ¡Tormentos! (poesía, 2010), TRES MESES DE TWITTER (2016), El escritor no tiene quien lo corone (2017), Diario de la Tragedia de Vargas: el libro que no fue (2019), y varios poemarios en Amazon como Las esferas son bellas (2019), Poemas de mitad de semana (2019) y ¿alguien te dice cuándo regresar? Sí, Orión (2021). Ha vivido en Estados Unidos, España, Chile y diversas ciudades de Venezuela. En 2021, estando en Chile, falleció su padre; en 2024, ya de regreso en Venezuela, murió su madre. Estas pérdidas atraviesan su mirada y su palabra. Le gusta lo que hace.

Fernando E. Chávez Finol

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