Literatura
Narrativa
julio 2026
Dos cuentos de Daniel Rojo Salinas
Cumpleaños feliz
Gabriel está en un rincón, pendiente de una ampolleta que cuelga y se mueve cuando tironean las serpentinas amarradas por todo el techo, apura el vaso de bebida y se fija en su hermana, que en ese momento mete al bolsillo del delantal los juguetes esparcidos por el patio, las manchas de merengue cubren un diseño infantil de Winnie the Pooh, el favorito de ambos. Cuando se topan, ella le pregunta si quiere otro completo, Gabriel le responde que no, entonces ella le pide que vigile a los niños, que corren por la calle jugando a la escondida, al pillar, o algún juego que siente demasiado lejano para reconocer. Atraviesa la casa sabiendo que perdió otra oportunidad y trata, sin éxito, de esquivar los comentarios triviales de sus primos y tíos que ensucian los muebles con completos mal comidos. Escucha los quejidos de sus tías, que hablan de lo pobre de la piñata, de lo mal decorado y desordenado de la casa, de lo mal vestido de Alfonsito. Finge no ofenderse cuando notan su presencia, y también piensa en que debió hacer un mejor trabajo pagando la decoración del cumpleaños.
En la calle dos niñas que no reconoce se esconden detrás de una palmera y cantan con los ojos cerrados. Él se apoya en el muro de la reja para vigilar, pero la banca que construyó su padre le cubre la visión. «Viejo de mierda» piensa, y se levanta con las ganas de reventar a combos ese tablón de madera, pero al fin encuentra a Alfonsito, el más menudo de los niños, que está escondido detrás de su primo, un cabezón que siempre corre sorbiéndose la nariz. Todos revolotean por la calle vacía, aprovechando las últimas tardes largas de verano. Hay algunos niños con caras tristes, que deben ser los perdedores, Alfonsito tiene las rodillas peladas, la frente sudada y la cara sonriente, y le duele a Gabriel cuánto se parece a su abuelo. Saca un pañuelo del bolsillo e intenta secar al niño, también le manotea los pantalones para ver si la tierra impregnada sale, pero por supuesto que no sale. Piensa que antes de irse debe dejar dinero para que le compren unos pantalones, y también piensa en que debe buscar a algún hombre que impida que su padre se acerque de nuevo a esa casa.
«La torta» grita su hermana desde adentro, pero todos la ignoran, Gabriel la ve y piensa que es una niña, y que su voz de niña no puede convencer a los demás. Quiere gritar a todos para que entren, para que canten cumpleaños, pero tiene un nudo en la garganta que lo impide. Quiere darle una patada a la banca y retroceder el tiempo, darse cuenta de lo que pasaba frente a sus ojos.
Algunos padres gritan a algunos niños, y terminan entrando todos con caras largas. Dos tías aprovechan el cambio de público y salen a la calle a fumar. Se sientan en la banca y miran a Gabriel, que sostiene el pañuelo con la mano apretada, le preguntan cómo va la pega, y él responde que salió algo bueno, ellas sonríen, lo felicitan, y le preguntan cómo van las cosas con Andrea, él miente, dice que bien, pensando que cuando ellas la vean paseándose con otro, él ya estará a cinco mil kilómetros.
Entra a la casa y el coro de cumpleaños feliz resuena desde el patio. Alonsito está en brazos de su madre, y él piensa en que tiene que intentar destapar el horno de la cocina, y meterle mano al calefont, para que no pasen frío en invierno. Recoge un soldado de plástico del piso y se lo mete al bolsillo. Con los aplausos y las velas apagadas, él se da vuelta y camina a su pieza, no se queda para los regalos porque siente vergüenza del suyo, y cree que la reacción de Alfonsito va a romperle el corazón. Piensa en escribir una carta, y mentir diciendo que tiene una oportunidad increíble de trabajo, pero la verdad es mucho más difícil y también está a la vista. Tal vez escribe la carta y su hermana llora, pensando en que de nuevo está sola, y tal vez deja que vuelva su padre. O tal vez el deseo de cumpleaños de Alfonsito se hace realidad.
La increíble vida de Ariel Roco
En las faldas del cerro Caqui, Ariel se detuvo a observar la ciudad a sus pies, el viento arrastró un calor denso, olía a hierbas y a campo. A septiembre. A volantines perdidos. Se hundió con la melancolía de los que saben que el tiempo se acaba, de los que asumen el triste destino de la rutina. Su hermano le preguntó si está bien, Ariel sonrió y continuó la caminata sin responder, sabiendo que no habría paseos así de nuevo. Su hermano le pidió que no se aleje demasiado, que el sendero no es tan claro. Él asintió, y recuerda la última vez que estuvo perdido en un cerro, cuando lo rescató Alfredito, un hombre de campo al que solían visitar de pequeños. Ariel pensó en él, en los peces dorados que alimentaba en el estanque de su casa en Las Cabritas, en los masticables que les pasaba a escondidas, en los partidos de fútbol que fingía le importaban para mantenerlos entretenidos, y en el día en que él era un niño perdido en el cerro, buscando una familia que no aparecía. Recuerda los brazos velludos de Alfredito, la fuerza con la que alzó su pequeño cuerpo, su amabilidad incondicional.
Su hermano caminaba detrás, y a veces lo llamaba para que mire algún pájaro, o un zorro. Ariel no pensó en los animales, ni en el valle, ni en el trabajo que aceptó y odiaba. Le pregunta por Alfredito, a quien no ve hace años. Falleció, murió de cáncer, alguien responde, alguien era dueño de esas palabras que flotan en el primaveral viento del Caqui, y unos pájaros cantaron mientras Ariel se preguntó si acaso es justo que haya fallecido, y que su familia no sepa que a él le salvó la vida.
Daniel Rojo Salinas, escritor y abogado calerano de treinta años, ganador de los concursos “Testimonios de lo oculto” (2023) y “La Calera 179 palabras” (el último en sus tres ediciones 2023, 2024 y 2025). Ha participado en diversas antologías de cuentos como “Estación futuro” (2025) y “Puerto seco” (2024). Ha colaborado también en la revista cultural “LACAL”(2025).

