Literatura
Narrativa
abril 2026
La herencia de la bruma
por Pablo Belzarena
La visita de Ramón me ha perturbado. Vino a pedirme algo que nunca imaginé: que convenciera a su hijo de no denunciar al arrozal. Pareciera que la bruma del mar se hubiera apoderado de mi mente. Solo me vienen recuerdos de Ramón. Recuerdos que quizás deba borrar de un plumazo.
A los dieciséis años me fui de casa y nunca volví a ver a mi madre.
—¿Al arrozal? —me preguntó ella.
Esa fue la última vez que escuché su voz. Nunca me perdoné no haberla vuelto a ver.
En el arrozal trabajaba del amanecer al atardecer, con el agua y el barro muchas veces hasta casi la cintura. Volvía todo picado por mosquitos y otros bichos; cuando no, alguna víbora nos mordía.
Con el tiempo aprendí a controlar el agua: hacer las taipas para que no se saliera el agua de la parcela de arroz, abrir los canales si había seca, drenar si llovía mucho. Los brazos y las piernas se me volvieron negros de tanto barro. Parecía que el barro se me metía en el cuerpo. No había forma de sacarlo.
El viejo taipero con el que yo trabajaba me daba a veces un pedazo de su pan al mediodía. Murió consumido por el arrozal. Ese día el capataz me dijo que yo reemplazaría al viejo.
Mi mejor amigo siempre fue Ramón. Era un poco mayor que yo. A él lo contrataban para la siembra y la cosecha.
Cuando me nombraron taipero, Ramón vino y me dijo con una fuerte palmada en la espalda:
—Ahora sos vos el que controla el agua, gurí.
Recuerdo un amanecer. El cielo negro sobre el verde del arrozal. La bruma del amanecer no había levantado aún. La tormenta rompió las taipas. No alcanzaba a reparar una cuando se abría otra.
—¡Ayudame, Ramón!
Lo vi correr empapado, con el agua a la cintura, entre la bruma y la tormenta.
—Se sabe, gurí. Ya voy.
También fuimos compañeros en las primeras huelgas del arrozal. Nosotros no sabíamos nada de eso, solo que la vida era muy dura y nos pagaban muy poco.
Durante una de las huelgas llovió mucho y, al no ir a trabajar, las taipas cedieron y el arroz quedó bajo agua en buena parte de las parcelas. Se perdió mucho arroz.
Una mañana temprano, pocos días después de la huelga, cuando me levanté, estaba el capataz en la puerta de mi rancho con tres o cuatro más. Me dijo:
—Junta tus cosas y vete del arrozal. No queremos verte más.
Ahora creo que ese barro nunca se fue del todo. Hoy Ramón me pidió que ese barro siga en otros. Incluso en su hijo.
La noche que me echaron del arrozal vi a Ramón. Él salió a escondidas del arrozal y nos encontramos en un arroyo cercano.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó.
—No sé —le dije.
—Mi familia es de la costa. Tiene un ranchito en un pueblito de pescadores. Ve para allá y habla con Juan. Dile que eres mi amigo y que yo te dejé usar el rancho. Él te va a ayudar.
—¿Y qué voy a hacer yo en la costa? Ni siquiera conozco el mar —le dije.
—Ve y habla con ellos. Te ayudarán.
Y me ayudaron. De a poco pasé de taipero a pescador. También conocí a María, que se vino a vivir conmigo. Nos hicimos un ranchito y, un tiempo después, tuvimos a nuestra primera hija.
Años más tarde, se empezaron a llevar gente. A algunos como Ramón, que andaban metidos en el sindicato, ya los tenían marcados.
Una noche, ya tarde, sentí unos golpes en la puerta de mi casa. María y la niña no se despertaron. Abrí la puerta y ahí estaba Ramón. Lo abracé.
—¿Qué te trae por acá? —le dije.
—Me buscan. Necesito esconderme un tiempo. No tengo dónde ir.
—¿Pero dónde te voy a esconder?
—Algo tenemos que hacer. No me dejes tirado.
—Ahora quedate en casa para que no te vea nadie. Yo me voy a pescar como todos los días; si no, va a llamar la atención.
Cuando volví, no sabía qué hacer. Quería ayudarlo, pero temía tenerlo cerca de mi familia. Esa noche hablé con María.
—Hoy no hay problema —me dijo María—. Que se quede hoy de noche. Sabes que está armado, ¿no? Tienes que pensar en la niña. ¿Qué sucedería si la policía rodea la casa?
—Claro que pienso, María. No sé qué hacer. Necesito ganar tiempo. Dame una noche.
Esa noche no dormí. Lo único que se me ocurrió fue llevarlo a la frontera. No estaba lejos.
A la mañana siguiente hablé con él.
—Ramón, hoy de noche nos vamos.
—¿A dónde? —me preguntó preocupado.
—No te puedo tener aquí. Vamos a la frontera. Después que cruces, estarás más tranquilo.
Me miró en silencio. Respiró hondo, como si se contuviera. Su cuerpo se tensó, pero no dijo nada.
Un rato después me preguntó:
—¿Y cómo vamos a ir?
—Caminando por la playa.
—Es una locura, son más de veinte kilómetros.
—En cuatro o cinco horas tenemos que poder llegar. Hay que salir de noche para que nadie te vea.
Esa noche María nos preparó algo de comida para el camino. Comenzamos a caminar. Íbamos en silencio, sobre todo Ramón. Caminamos varios kilómetros, acompañados por el sonido del mar. En un momento sentimos ruidos de caballos y perros.
—Vamos para las dunas y nos escondemos entre las acacias. Capaz son policías —le dije.
Cuando los caballos estaban cerca, los perros se nos arrimaron y nos olieron. Nosotros nos quedamos totalmente quietos. Los perros se fueron. Pasaron de largo los caballos al galope. Debía de ser gente de algún campo cercano.
Seguimos nuestro camino. A medida que nos acercábamos a la frontera, Ramón iba cada vez más tenso y callado.
Al llegar, solo quedaba cruzar un arroyo y estaba del otro lado.
—Hay que cruzar a nado, Ramón —le dije—. No podemos pasar por el puente más arriba. Ahí hay policías.
Había bruma. No se veía más allá de diez metros.
Él miró el arroyo y luego me miró a mí sin decir nada. Yo fui hacia él y lo abracé. Nos quedamos abrazados en silencio.
El mismo abrazo que ayer, cuando me pidió que traicionara buena parte de nuestra vida.
—Mucha suerte, Ramón —le dije cuando nos separamos del abrazo.
Ramón caminó lentamente hasta el arroyo. No miró hacia atrás.
Se lanzó al agua. Lo perdí entre la bruma.
No volví a saber de él por varios años. Muchas noches me desvelaba pensando que lo habían atrapado.
Con el paso de los años, el país volvió a la democracia. Una mañana temprano vi llegar a Ramón en un coche pequeño. No podía creerlo. Venía con una muchacha y un bebé.
Fue como si esos años no hubieran pasado. Me presentó a su esposa; la había conocido durante el exilio. Al bebé le habían puesto también Ramón. Desde ese día fue Ramoncito para todos nosotros.
Lo llevaba a pescar. Le enseñaba a tirar la red. Nos emocionábamos cuando sacábamos algo. Jugábamos al fútbol en la arena. Con el tiempo nos hicimos tan amigos como con su padre.
Cuando Ramoncito se hizo hombre, entró a trabajar en el arrozal.
—Las cosas están mejor que en tu época —me decía.
Ramoncito se casó y se fue a vivir con Daniela al arrozal. Vivían en un pueblito que se había armado con las casas de los empleados.
Un tiempo después vino a buscarme en un coche para llevarme al arrozal.
Cuando llegamos, no podía creerlo. Había máquinas cosechando y se veía muy poca gente. Recordé otros tiempos, campos llenos de gente como hormigas.
—¿Y los taiperos? —le pregunté.
—Ya no hay taiperos —me dijo—. Las taipas se hacen con máquinas.
Mientras conversábamos, nos sobrevoló una avioneta a poca altura. Yo miré asombrado. De pronto se sintió un olor fuerte. Ramoncito comenzó a toser, tanto que me asusté.
Me llevó hasta su casa para saludar a Daniela. Las viviendas eran algo precarias, pero mejores que en mi época. Ellos confiaban en mejorar e irse a vivir a alguna ciudad cercana. Por ahora no podían.
Daniela me recibió con una enorme panza.
—Era una sorpresa —me dijo Ramoncito—. Queremos que tú y María sean los padrinos.
Nos abrazamos los tres. Daniela me hizo prometerle que aceptaríamos ser los padrinos.
Cuando me fui de allí, a pesar de la alegría por mi futura ahijada, sentí cierto alivio. Ya hacía tiempo que ese no era mi lugar.
Ayer vino a verme Ramón. Lo vi bajar del coche con el paso lento y el rostro contraído. Como siempre, fui hacia él y lo abracé, pero su abrazo no se sintió igual. Nos sentamos mirando el mar los dos, como tantas veces.
Él y su nieta están enfermos. Ambos con problemas respiratorios graves. Me pidió que convenza a su hijo.
—¿Qué quieres que le diga?
—Él no debe denunciar al arrozal. No sabe si sus problemas y los de mi nieta son por el arrozal. Lo han amenazado. No sabe quién, pero es peligroso. Debe irse del arrozal y ponerse en tratamiento. Olvidarse de todo esto.
—Pero te olvidas de que nosotros luchamos por mejorar la vida en el arrozal. Si esa avioneta que vi tiene que ver, puede haber otra gente en peligro.
—No, no me olvido. Pero es mi hijo y mi nieta. Su salud, pero también su seguridad está en peligro. No ganan nada denunciando.
Pasé la noche sin dormir. Esta historia me vino una y mil veces a la cabeza.
Yo lo entiendo a Ramón, me dije. Siente al arrozal como una herencia maldita.
Pero el estómago se me retorcía cada vez que pensaba que tengo que ser yo quien le diga que no denuncie.
Hoy de mañana tomé el teléfono y marqué el número de Ramoncito.
Timbró dos veces.
Colgué.
Pablo Belzarena (Montevideo, 1963) vive en Punta del Diablo, Rocha. Es doctor en Ingeniería Eléctrica por la Universidad de la República (Uruguay), donde fue profesor titular y hoy es profesor libre honorario. Ha publicado libros técnicos y numerosos artículos científicos y de divulgación. En los últimos años se ha dedicado también a la escritura de ficción.
