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Creación crítica
julio 2026

Bajo la misma tierra
por Katia Riveros

La primera vez que conversamos estábamos sentadas compartiendo un agua de coco, intentando aliviar el calor espeso de aquella tarde. La conversación comenzó de manera sencilla, como empiezan muchas entre personas que se acaban de conocer. Mientras hablábamos, empecé a notar que la gente se acercaba a saludarla. Algunas intercambiaban unas pocas palabras; otras la abrazaban con un afecto que no pasaba inadvertido.

—¿Quién eres? —le pregunté.

Por respuesta recibí una sonrisa.

No comenzó hablando de ella. Comenzó hablando de Ouro Preto.

En ese tiempo yo vivía en aquella ciudad. Había llegado a Brasil para realizar una estancia de investigación y, entre las muchas actividades de esos meses, un profesor me invitó a participar en el Congreso de Pesquisadores Pretos. Fue allí donde nos conocimos. Lo que parecía una conversación casual entre dos personas de distintos territorios continuó en otros encuentros, en nuevas conversaciones y, poco a poco, en una amistad que daba sus primeros pasos. Intercambiamos nuestros teléfonos y acordamos volver a encontrarnos.

Una tarde de lluvia intensa llegué hasta su casa. La janela azul permanecía abierta; el aroma del café y la brisa fresca acompañaban la conversación.

De fondo sonaba Sorriso Negro. Mientras la música llenaba la habitación, Márcia seguía el ritmo con un movimiento suave de su cuerpo y, casi sin darse cuenta, comenzó a explicarme el sentido profundo de aquella canción. Habló de la alegría de un pueblo duramente golpeado, de la historia de su madre, de las raíces de su familia y de Ouro Preto. Hablaba de su ciudad como quien habla de una parte de sí misma, con afecto, orgullo y la convicción de que aquello que se ama también se defiende.

Hubo palabras en portugués que tuve que preguntar y otras que decidimos no traducir. No hizo falta. Algo en la mirada, en el tono de la voz, en la curiosidad compartida y en el deseo genuino de comprendernos iba construyendo un lenguaje común que no dependía únicamente del idioma.

Entre café y las caricias de la gatita que se paseaba por mis piernas conocí la historia de la lucha por cambiar el lema de la bandera de Ouro Preto. Márcia me habló de aquellas palabras en latín, Proetiosvm Tamen Nigrvm (“Precioso, aunque negro”), una expresión que durante años fue cuestionada por el movimiento negro de la ciudad debido a la carga discriminatoria que contenía. También me habló del largo proceso que condujo a su reemplazo por Proetiosvm Avrvm Nigrvm (“Precioso oro negro”), cambio oficializado en 2005, más de un siglo después de la abolición oficial de la esclavitud en Brasil.

Mientras la escuchaba comprendí que aquella discusión no se reducía a una inscripción en una bandera. Hablaba de la posibilidad de que una comunidad revisara críticamente sus propios símbolos y decidiera cómo quería nombrarse. Márcia fue una de las mujeres que lideró, junto a muchas otras personas, ese proceso de transformación.

Ahora comprendo que lo más valioso de aquellos encuentros no era la cantidad de historias que Márcia conocía sobre Ouro Preto. Era la forma en que las contaba y el privilegio de escuchar a una mujer cuya vida estaba profundamente entrelazada con la historia de su ciudad.

En sus relatos, la historia y las personas aparecían inseparables.

Cuando hablaba de una iglesia aparecían quienes la habían construido. Cuando hablaba de una plaza recordaba a quienes la habían defendido. Cuando hablaba de una decisión política siempre aparecían las mujeres y los hombres que habían sostenido esas luchas durante años.

La quema de la bandera tampoco la narraba como una victoria personal ni como un episodio heroico. Hablaba de un proceso largo, construido entre muchas personas, donde hubo desacuerdos, diálogo, persistencia y la convicción de que una ciudad puede revisar sus símbolos cuando comprende que ya no representan a quienes la habitan, o cuando descubre que, en realidad, nunca llegaron a representarlos.

En tiempos en que solemos atribuir las transformaciones a un solo nombre, Márcia volvía una y otra vez al “nosotros”. Su relato no buscaba ocupar el centro. Iba devolviendo protagonismo a quienes caminaron junto a ella, a las organizaciones, a las conversaciones y a la fuerza paciente de una comunidad que decidió transformar una parte de su historia sin renunciar al diálogo.

Creo que esa fue una de las lecciones más profundas que me dejó Ouro Preto. No la aprendí en un museo, ni en un archivo, ni durante una conferencia. La aprendí escuchando a una mujer cuya identidad estaba profundamente entrelazada con la historia de su ciudad.

Comprendí también que hay personas que se convierten en memoria viva de un territorio. No porque conozcan cada fecha o cada documento, sino porque mantienen un diálogo permanente entre la historia y el presente.

Cada vez que recuerdo a Márcia vuelve a mí esa manera serena y firme de sostener las convicciones. Pienso en el valor de las mujeres que, lejos de buscar reconocimiento para sí mismas, dedican años a una causa colectiva para que una comunidad pueda reconocerse de otra manera. Pienso también en su preocupación por las nuevas generaciones, en la necesidad de transmitir estas historias para que el origen de ciertos cambios no quede reducido al olvido y para que la lucha, la perseverancia y la coherencia de quienes los hicieron posibles continúen formando parte de la memoria compartida.

Quizás por eso, cuando vuelvo a pensar en Atacama, regreso también a las personas que sostienen la memoria de un territorio y a la responsabilidad que tenemos de escuchar sus voces antes de que el tiempo las convierta apenas en una nota al pie de la historia.

Caminando por Ouro Preto llegué hasta la antigua estación. Allí estaba la María Fumaça. Bastó verla para que apareciera en mi memoria la locomotora Copiapó. Me sorprendió la naturalidad de esa asociación. No buscaba establecer comparaciones entre Ouro Preto y Atacama; simplemente comenzaron a entrelazarse imágenes, conversaciones y recuerdos que aquellas tardes junto a Márcia habían ido despertando silenciosamente.

Mientras recorría la ciudad, con sus cerros cubiertos de un verde exuberante, regresaban una y otra vez escenas de mi propia tierra desértica. Cada lugar posee su historia, sus heridas y sus maneras de comprender el pasado. Sin embargo, ambos crecieron al ritmo de la minería y ambos conservan en su paisaje las huellas de quienes hicieron posible esa riqueza.

Crecí en una región minera. Para quienes nacimos en Atacama, la minería no pertenece solamente a los libros de historia ni a las cifras de exportación. Está en las antiguas estaciones de tren, en los campamentos, en las calles, en los relatos familiares y en la memoria de los pueblos.

Cuando regresé a Chile volví también a documentos que conocía desde hacía años. Lo que había cambiado no eran los archivos, sino las preguntas con las que volvía a leerlos. Empezaron a cobrar un nuevo sentido nombres, testamentos, compraventas y huellas de personas esclavizadas que formaban parte de la historia de Atacama. Comprendí entonces cuánto de esa memoria había permanecido al margen de los relatos con los que aprendimos Cada vez que vuelvo a pensar en Ouro Preto, la primera imagen que regresa no es una iglesia, una mina ni una calle empedrada.

Es Márcia.

Vuelve su voz, la cadencia con la que pronunciaba cada historia, la música de Sorriso Negro, el aroma del café y la ventana abierta mientras la lluvia caía sobre la ciudad.

Con el tiempo comprendí que algunas personas terminan convirtiéndose en una forma de habitar el lugar que aman. Gracias a ellas una ciudad deja de ser únicamente un conjunto de edificios, monumentos o fechas; adquiere rostros, nombres, luchas y memorias.

Quizás por eso, cuando hoy camino por Atacama, regreso también, de algún modo, a aquellas conversaciones en Ouro Preto. No para comparar dos ciudades ni dos historias, sino para recordar que los territorios se comprenden mejor cuando aprendemos a escuchar a quienes los han vivido y cuidado durante años.

Es Márcia.

Y, de algún modo, también Atacama.


Katia Riveros (Chile) es educadora, investigadora y escritora. Magíster en Educación y doctoranda en Educación y Eco-transformación, ha desarrollado su trabajo en torno a la memoria, el patrimonio, la educación y la inclusión desde una perspectiva latinoamericana. Ha realizado estancias de investigación en Brasil y participado en proyectos académicos y culturales en distintos países de la región. Actualmente es vicepresidenta de la Corporación Más Ciencia Más Sueños y coordina el Proyecto Roma para América Latina y el Caribe, miembro de la academia feminista. Su escritura transita entre el ensayo, la investigación y la divulgación cultural, poniendo en diálogo los territorios, las personas y las memorias que los habitan.

 

Katia Riveros

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