Literatura
Narrativa
julio 2026
Desde una jaula me mirabas
por Paolo Sentinelli
En una puerta de la muralla que circunda Roma, hace unos siglos se exponían las cabezas de algunos condenados. Se cuenta lo que le pasó a un hombre devoto al entrar por ahí una tarde de verano.
Cuando Rodrigo de Borja (el papa bueno) abrió la ventana, el sol ya había quemado todas las calles de la ciudad, todavía resbalaba en ciertas chapas lejanas y la lágrima que le bajaba con un roce insólito en la mejilla izquierda se volvía un diamante. El horizonte estaba jaspeado, azotado por tiras de nubes oblicuas. La tarde se había casi aglutinado. Cuando el sol desapareció, uno de los corazones de Rodrigo se sobresaltó y no pudo más quedar parado frente al atardecer; fue a apoyarse en el pupitre y encendió una vela.
Me recuerdo a caballo en la vía Tiburtina, iba a visitar un castillo. Como en un sueño gliterado, el río centelleaba a mi derecha, la carretera subía a la sombra de árboles muy altos y me sentía alegre en aquel caleidoscopio, sin pensamientos, salvo aquel, un poco impreciso, de una muchacha que vivía en el castillo. Me imaginaba buscándola en algún desván haciéndole discursos moralizantes, toda la noche. Su pelo largo y negro, lejos de las antorchas, habría sido invisible.
En este momento el recuerdo de la tarde luciente se llena de nostalgia al aparecer de ciertas torres consumidas, las del castillo que con sus murallas, desde lo alto de las rocas, se desmoronaba desordenadamente. La cara de Rodrigo, en la cual arreciaban protuberancias botulínicas y maquillajes, se hizo aún más triste y otra lágrima cayó, llevándose un poco de sombra de ojos.
El castillo apareció después de una curva de encinas y arriba, oblonga, la ventana de mi habitación, en resalto. Aquella tarde habríamos cenado y hablado de asuntos de estado y cuestiones familiares, que son la misma cosa, y le habría ofrecido el sacramento de la penitencia a mi amigo. La última vez él había pecado de soberbia, ahora tal vez de lujuria y yo lo habría escuchado realmente interesado. Cuando llegué, me abrieron un portal gastado. La muchacha me ayudó a bajar del caballo ceremoniosamente. Se lo llevó, pero antes le dije algo al oído.
Y sí que Rodrigo se sentía muy triste al recuerdo. Habrían sido los ojos de malaquita o el pelo indio o la misteriosa boca que en la memoria quedaba cerrada hasta la noche, cuando se abrió en una confesión controvertida entre los brazos del cardenal. Obviamente no le había creído, cómo podía, él que no dudaba de la bondad humana. Y la otra confesión, la del conde, enamorado de ella, y la muerte de la condesa, emergían como imágenes perdidas hace demasiado tiempo en el fondo de las ojeras.
En la tarde el conde y yo nos encontramos en el comedor; nos pareció estar esperando, en nuestro inconsciente, la llegada de la condesa, mujer taciturna, ahora más que nunca. La sombra de una botella, en la pared más larga, nos recordaba sus rasgos. En el salón, parecido a un refectorio de monasterio, pero decorado aquí y allá con tapices amarillentos, había una gran mesa descentrada, puesta sin ostentación, y ahí estábamos sentados a la luz semoviente de antorchas y candelabros. Las ventanas ojivales, totalmente pasadas de moda, nos dejaban divisar las estrellas efervescentes en no sé cuáles constelaciones; a veces una estrella caía, pero inútilmente. Y si el conde hubiera pecado de lujuria después de la muerte de la condesa, o incluso antes, no se lo habría reprochado.
Fue en este momento cuando el hombre, temblando, se sentó, mientras su boca ancha y horizontal se dilataba y afilaba en el devenir de los recuerdos, lejanos y cercanos. Las imágenes del día se volvían opacas, una vez asignado a ellas un significado, y terminaban haciendo gotear la nariz, adulterada y tuberculosa, del viejo. Recorría el camino de la tarde, a orillas de la antigua muralla; esta vez con la mente. El alboroto de los charlatanes le entraba en los oídos, con sus lóbulos alargados por una gravedad desmesurada, hasta rozar los hombros. Otros ruidos desde la calle, confusión, desasosiego (aquí la vela empezó a vacilar con más violencia). Todavía la duda de haberse equivocado, que no era ella, o que no la amaba – sonidos de eterófonos y laudes desde el pasillo – una lágrima más en la cara, viscosa.
Ahora estoy seguro, el conde… Y ella ha sido inculpada, para herirme, yo que la deseaba, que le hablaba, que le mostraba las virtudes teologales, tres. Veo con claridad algunas maquinaciones, una comida en la intimidad de la noche, el sueño. Percibo algo más, indescifrable, una inquietud, una obsesión, una fuga por la escalera de caracol, en la torre. Vislumbro un beso. Es cierto que todo se ha trenzado así, la malla inexorable del tiempo, de color azul y negro, se ha apretado sobre ella, una jaula se ha abierto, la ha acogido para que la mirara todo el mundo, y la admirasen. Pero solo una parte. La otra se ha tirado a un vertedero, entre gariteros acéfalos, bandoleros desnudos y traficantes de droga. Sé por cierto que la condesa no se alteró, que el cianuro no la sacudió, que su mirada flemática se apagó con discreción. No sé más.
Pero esto lo decía para sí o, mejor, le relampagueaban imágenes desenfocadas, para retocar, recorría cien veces la carretera de la tarde, vagaba en los salones oscuros del castillo, buscaba un pañuelo bordado. Rezaba; con las manos juntas y sudadas. En una puerta de la muralla colgaban jaulas, cada jaula tenía una cabeza, cada cabeza había admirado una madrugada levantarse de las montañas cercanas, de los altos acantilados, de las laderas recubiertas de retamas, había visto los pueblos natales agarrados a las rocas, no había visto nada, lamentablemente. Un hombre con bigotes, oscuro, horriblemente despeinado. Otro con un mentón múltiple, desde la boca colaba sangre, otro más sugería el epitafio un ángel ha subido al cielo amor de todo el mundo buena persona por ser un joven sereno y amigable, más pálido que los demás, un ladrón o un destripador. Una mujer culta, tal vez poeta, o bruja, cartomántica, esposa rebelde, y después un ser flaquísimo, él también oblongo, glabro, claramente pérfido, un envenenador, un tonto, que ni siquiera tenía pelo. Y una muchacha de pelo largo y negro que la sangre coagulada volvía vítreo, inmóvil, hasta cuando el viento sacudía las jaulas y los rostros contritos parecían marearse, y casi vomitar.
La he visto hace pocas horas, mientras regresaba de la caza, éramos muchos, teníamos bellos animales en los sacos de yute, gordos, veinte, treinta, y muchos perros. Ya consumido, me cansé verdaderamente, estaba yendo a casa, pasaba cerca de la muralla y había llegado a la puerta, eché un vistazo, quería ver quién estaba, quería ver las caras tostadas por el sol feroz. Estas palabras obviamente no las ha pronunciado. Tal vez ha dicho estas. Paré porque estabas tú, dulce sueño y espejo de virtud. Bajé del caballo para acercarme, y estabas tú, me mirabas. Eras joven y despreocupada. Yo no. Yo tenía que volverme papa. Allá adentro vi tu cabeza, estoy seguro. Preguntaré al comisario. Por mientras lloro.
