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Literatura
Narrativa
junio 2026

LA SERPIENTE
por Pilar Carrillo

Voy a contar un hecho que me ocurrió hará unos meses mientras estaba en casa de mi abuela. He tratado de olvidarlo dejando que el tiempo pasara, pero no he podido. Viene a mi pensamiento una y otra vez y si lo digo en voz alta, comienzo a tartamudear sin acabar de expresarlo. Pienso que tal vez al escribirlo pueda perder algo de su fuerza. 

Mi abuela vivía en el campo. En la casa había animales: gallinas, cerdos, conejos, un perro, un gato. Comenzaba el verano y mi madre me había encargado que la ayudara. Y eso era lo que hacía: acarrear leña, cargar con el agua, limpiar los corrales.  

Una mañana la vi prender fuego a un manojo de cabellos en la puerta de la casa. Me dijo que el olor espantaba a las serpientes, por eso guardaba durante todo el año los restos de su pelo para quemarlos en verano. El humo blanco inundó el portal y se extendió en derredor. Conforme lo aspiraba sentí nauseas. Salí huyendo y no me acerqué durante horas.  Vagué de un lado a otro por la montaña. Y luego por los caminos hasta que anocheció y decidí regresar. Al acercarme, vi a mi abuela en la puerta, me llamó, pero no contesté. Di unos pasos con dificultad y me detuve, paralizado. Era el hedor. No pude acercarme, me penetraba en la nariz y me repugnaba. Sentado en una piedra, esperé durante unos minutos. No sabía que esperaba, sólo sabía que tenía que hacerlo. 

La noche se hizo cargo de la tierra y el frescor diluyó los olores. Fue entonces cuando regresé con lentitud, caminé zigzagueando, subí el portal y levanté mucho la cabeza. Por las baldosas vi reflejadas las llamas de la hoguera. 

 Mi abuela se dio la vuelta y me preguntó: 

—¿Dónde te habías metido?

—Por ahí – dije.  

Si te vas lejos, dímelo. Me gusta saber por dónde andas. 

—Lo haré. 

—¿No me has oído llamarte?

—No.

Cené frugalmente y me acosté muerto de cansancio. Tenía las manos y los pies fríos; también las piernas y los brazos. Cuando concilié el sueño, soñé que estaba en una cueva muy honda y oscura. 

  

 Estuve varios días escondido bajo los pinos, llevando en la nariz una rama de romero. Así disfrazaba el horrible olor. Por las noches, al entrar en la casa, mi abuela me miraba con extrañeza torciendo un ojo, pero no me decía nada. Ninguna pregunta, ninguna indirecta. No dejaba de observarme, como si al hacerlo pudiese comprender qué me estaba pasando.

 Al cabo de unos días una serpiente entró en el corral. No era extraño que hubiese tantas; había sido un año de lluvias y la hierba abundaba en los bancales. 

Mi abuela me llamó

-—Ven. Ayúdame a matarla.

 Iba provista de una caña. Me dijo que la caña tenía gracia y que su roce las paralizaba. 

—Yo la toco con la caña y tú le aplastas la cabeza.

 Insistió en la idea. 

—Hijo, aplástale bien la cabeza y luego la entierras. Dicen que si la conservan remueven la tierra y salen como si tal cosa, que es un talento que tienen. No lo tomes a broma.

La vimos erguida. Sus ojos fijos y brillantes, negros. Cómo me admiraron sus siseos, sus movimientos hábiles y sinuosos. Me pareció que navegaba por la tierra.

Nos fuimos acercando con lentitud. La serpiente se deslizó refugiándose en un rincón. Mi abuela la rozó con la caña. De repente sentí un escalofrío. Quise caminar y las piernas no me respondieron, tampoco los brazos, ni el cuerpo. La serpiente no reaccionó a la caña. Reaccioné yo. Ella salió huyendo.

—Se escapa. Se escapa. Dijo mi abuela. 

Pero no pude moverme. Sentí una alegría inmensa cuando la vi salir por la puerta. Porque en ese instante yo era ella y ella era yo. Y porque era yo no le afectó la caña, porque era yo pudo huir. Me vi reptando por la tierra, alejándome entre las piedras por debajo de las margaritas. 

Y me vino el horror, horror de sentirme serpiente. Pero al mismo tiempo fascinación por serlo. La pequeña cabeza sobre la columna vertebral. Todo su poder, su flexibilidad, la mirada que turbaba. Minutos después volví a caminar normalmente, como si no hubiese sucedido nada. Mi abuela me miró como siempre, torciendo el ojo. 

—¿Estás bien?

Comencé a temblar pensando que tal vez estaba condenado a ser serpiente y que la serpiente tal vez estaba condenada a ser yo. De repente supe que había entrado en su madriguera y que se había salvado. Lo supe igual que sabes otras cosas, que tu corazón late, que respiras. Sentí la contorsión de mis huesos.   

Mi abuela sudaba. Su pelo blanco estaba muy lustroso. Se le marcó una arruga en la frente.

 

Esa noche no había luna y las estrellas eran nítidas. Mi abuela comenzó a hablar. Yo la escuché en silencio. Sus historias solían ser interesantes.    

—Tiempo atrás una serpiente se coló por una gatera. La mujer de la casa tenía un bebé y le daba el pecho. No vio a la serpiente arrastrarse de un lugar a otro tanteando el fresco de las baldosas, no la vio pasar por debajo de las sillas ni trepar por la pared atraída por el dulce olor de leche. Tampoco la vio quedarse enroscada en una esquina con la cabeza levantada. 

”La mujer se tumbó en la cama y, como era la costumbre, acostó al bebé a su lado para darle el pecho cuando llorase. Era una noche calurosa y sólo se tapaba con una sábana. Durmió profundamente durante unas horas. Se despertó sintiendo que el niño succionaba con avidez. Tenía un mamar tan dulce que la sumió en un estado de placer. En cuanto el niño terminó, se ovilló y retornó al sueño. Así fue durante varias noches seguidas.

”Pero el niño cada día estaba más pálido y delgado y lloraba con desesperación. Nadie, ni médico ni curandero, descubrió nada anormal en el bebé hasta que una anciana le dijo a la madre “Ponga harina alrededor de la cama” Lo hizo. Al día siguiente descubrió señales que no eran humanas ni de perro, ni gato, sino de reptil. 

”La buscaron por toda la casa, pero no la encontraron. Por la noche la mujer se mantuvo alerta. El niño sollozó levemente. Vio a la víbora deslizarse entre las sábanas. Gritó. El marido acudió y la mató aplastándole la cabeza. La mujer se persignó tres veces y se encomendó a la Inmaculada Concepción. El hombre la levantó con un palo y la enterró al pie de un olivo. 

”La serpiente, mientras mamaba, le daba al niño la cola a modo de chupete para que no llorase y mientras se daba el gran festín.  

Mi abuela calló. 

Así supe que ese niño era yo. La serpiente me buscaba. Era mi hermana de leche. No quiero ser su hermano, ni quiero ser ella, pensé. 


Por la mañana salí a la calle y allí estaba de nuevo, sigilosa, fijando sus ojos en los míos. No huyó. Esperó. Quería decirme algo, pero su lenguaje era incomprensible. Se oyeron pasos. La serpiente se escondió bajo un capazo. Pensé en la mujer que alimentó con su pecho a una serpiente. Mi madre. 

Minutos más tarde levanté el capazo. La vi allí, en espiral, como una ensaimada, con la cabeza ligeramente levantada.  Pensé en atontarla con la caña y llevármela lejos. De algún modo le dije “No molestes más a mi abuela” Y creo que ella me entendió. La enganché con la caña y la alejé unos kilómetros. Pude cogerla porque la até a un palo. Yo sólo tocaba el palo evitando la caña. Y se mantuvo quieta, ensimismada. 

La deposité en un pedregal que es lugar de su agrado. Cuando recuperó el movimiento, se deslizó con varias ondulaciones y se detuvo. Pensé en ella como mi hermana de leche. Y ella pensó en mí. Fue algo absoluto. También la odié infinitamente como se odian los hermanos a veces. Y en ese odio supe de mí mismo. Y entonces quise aplastarle la cabeza, pero no lo hice.  

  De pronto vi algo asombroso. La serpiente comenzó a convulsionar.  Primero lentamente, luego con violencia. Esperé sentado, sentía que estaba mutando. Por la boca nació de nuevo más vieja, con más color, como si se vomitase a sí misma. Eso sentí yo. Ese crecimiento, esa manera de salir de mí y ser yo al mismo tiempo. Estaba creciendo, estaba abandonando, pero ¿qué abandonaba? No sabía, sólo sabía que lo hacía. Ella me estaba enseñando. Lo hacía por mí. Entonces cerré los ojos, el odio se diluyó y sentí una catarata de alegría. De mi boca salió una serpiente. De su boca nací yo. Los dobles se fundieron hasta desaparecer. Había crecido. Era eso, que crecía. 


He pensado mucho en esto sin explicarme nada. Estos animales siguen siendo un enigma.  No sé si seguiré bajo su influjo, pero nunca toco una caña.

   No sé qué fue de la serpiente. A mi abuela le dije que le había aplastado la cabeza para que no resucitara.

Este relato pertenece al libro “Mal de ojo”, editado por Kolimabooks. Madrid: 2017.


Pilar Carrillo nació en La Romana (Alicante) se licenció en filosofía y trabajó durante unos años en bibliotecas universitarias catalogando libros y/o atendiendo al público. Mientras tanto fue miembro de un grupo surrealista y participó en multitud de performances. Escribió guiones para programas en la televisión valenciana y dirigió algunos documentales de corte antropológico, como Bosquimanos o Mis años ovahimba. Entre otros trabajos, destaca el largometraje Abans (Antes). Su interés en las tradiciones de transmisión oral se plasmó en la obra Això diu que era…: antropología dels contes populars  (Carena Editors, 2004). Su primera novela Lluvia de Agosto fue publicada por El Nadir (2012). Y Mal de ojo, un libro de relatos cortos, por Kolima Books  (2017). La música del vacío. Editorial Huso (2025), una novela ambientada en el desierto de Atacama que tiene como eje la huida del silencio y la introspección. Su último libro es La visión, también publicado por la editorial Huso (2026), un viaje tanto interior y como exterior por los laberintos de la selva y el inconsciente.

 

 

 

Pilar Carrillo

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