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Literatura
Narrativa
marzo 2026

Un sueño de mar negro de Carolina Camacho

Amalia trabajaba incesantemente en el restaurante del puerto. Debía terminar las comandas antes del mediodía. El clima auguraba chaparrones intensos, y un viento apocalíptico golpeaba las ventanas del restaurante y de todas las casas aledañas. Atino a mirar hacia arriba por una de las ventanas, parecía que el cielo se le venía encima, un anaranjado rabioso que se quería transformar en un negro espeso e intenso sobre su cabeza haciéndole sentir como si estuviera adentro de una pintura surrealista y contrastando con el gris habitual del paisaje. Podía llegar a entender como los noruegos tenían altas tasas de suicidios. Los climas antárticos son así, el invierno todo el año era invivible y deprimente. No quería compararse con los europeos, pero ameritaba en este aspecto. Vivir en Malvinas era tedioso. Ella soportaba esa vida porque recientemente había heredado esa casita soñada de su padre que se había jubilado en el puerto y había vivido allí hasta el día de su muerte y era lo único que había recibido de parte de su padre. Sentía sed, fue a uno de los mostradores a servirse agua. Bebió. Dejo los elementos de trabajo, se sacó el delantal viendo que ya había llegado a terminar su horario de trabajo y se retiró a su casa que quedaba a pocos metros de allí. Entro por el jardín de su casa en el que solo había escarcha, atravesó el comedor para dirigirse hasta la cocina, una vez allí se acerco a la mesada para servirse más agua de la jarra en un vaso de vidrio. Sus manos temblaban, volvió a beber en su casa. Le pareció ver la sombra de un hombre proyectarse contra la pared de la escalera, pero al instante desestimo la idea pensando que se había confundido. Volvió a acercarse a la ventana y vio como las nubes negras se acercaban cada vez más y más hacia ella y se hacían cada vez más grandes. Se sabía sola en la casa. Bebió agua nuevamente. Se sentía agobiada. Algo la angustiaba. Se disperso por un instante y encendió la radio que estaba sobre la mesada. Secó su transpiración y se recostó en la cama. Decidió cerrar los ojos por un instante. Enseguida se adentro en una nueva realidad. Con ese margen de vigilia que le permitía saber que estaba dormida pero no lo suficiente como para perder conexión con la realidad. Creía tener su pequeño sueño bajo control. De pronto todo se puso negro y una enorme ola de petróleo se le acercaba, en ella le parecía ver a algunos animales empetrolados, aunque no podía distinguir bien su especie, pero gritaban y lloraban en un idioma animal que logró conmoverla como si se tratara de humanos igual que ella. En medio de toda esa masa oceánica de petróleo irrumpía una tormenta terrorífica en la playa y caía un rayo. Pasaba un operario por la costa al que se lo veía realmente desquiciado, parecía que algo se le había salido de control. Parecía ser un operario de una torre petrolera. Desde un celular recibía ordenes de algún personal jerárquico, caminaba de un lado a otro a medida que seguía recibiendo órdenes. Sus nervios aumentaban a medida que recibía órdenes directas que recaían directamente sobre él. Amalia despertó abruptamente con el sonido estrepitoso de una muñeca de porcelana que caía al piso y se hacía pedazos. Luego se sobresaltó nuevamente al golpearse un postigo de la ventana contra la pared trasera de la casa que daba a la costa. Esa costa que su padre había sabido plasmar tan bien en sus pinturas que estaban por toda la casa. Quedo tendida en la cama entendiendo que había tenido un sueño, que había soñado con petróleo y con un operario muy angustiado que caminaba de un lado a otro de una playa vacía y gris. Cuando logro despertarse lo suficiente como para lamentarse la rotura irreversible de su muñeca Antonia ya eran pasadas las tres de la tarde. Se incorporo para levantarse cuando empezó a oír una melodía de un piano desafinado que se metía en sus oídos de forma desesperante, le metía miedo, la melodía que desprendía era terrorífica, anunciaba cosas espantosas. Trato de acercarse a una de las ventanas para ver de dónde podía venir esa melodía aterradora, pero no vio ninguna pista que le indicara que alguien estuviera tocando el piano cerca de allí. Amalia vivía en una casa que daba a una playa que quedaba en Islas Malvinas. Era un pueblo cercano a Puerto Argentino que tenía costa al mar antártico en el que había algunas casitas de algunos pescadores que trabajaban allí. Esta vez se acerco a la tv, la encendió y puso el telediario, comenzó poco a poco a sentirse acosada por los distintos periodistas que iban apareciendo en pantalla, a medida que iban hablando e informando las noticias. Una paranoia nunca experimentada comenzó a apoderarse de ella. Sudaba un sudor frio, sentía que los periodistas le hablaban a ella directamente mirándola a los ojos a través de la pantalla. La situación se estaba tornando sumamente diabólica. Amalia veía sus sonrisas perversas y pensaba que se la dedicaban a ella. Atino a apagar la tv y corrió hasta la playa atravesando la puerta trasera de la casa. Llego a la playa, desenfocada y sudorosa, otra vez volvió a escuchar el piano desafinado. Se sentía aturdida. Se arrodillo en la arena, dejándose caer como si su cuerpo fuera un peso muerto. De pronto vio pasar a un hombre, no lograba verlo bien, había neblina y hacia más frio del habitual. Logra distinguir que es un operario que corre desesperado, comienza a escuchar sus gritos. Le quiere hablar, pero no le sale la voz, se da cuenta de que era el mismo hombre del sueño de hacia un rato en su casa. De pronto ve que el mar se acerca a sus pies como una gran masa de petróleo derramada y un olor toxico por demás la invadió. Había gaviotas, focas y lobos marinos que gritaban desesperados. Quedo inmóvil sin saber que hacer. Se dio cuenta que algo muy grave e irreversible estaba sucediendo en la playa. Quería ir a pedir ayuda para asistir a los animales, pero no sabía a quien recurrir o que hacer. Amalia sabia que la torre petrolera que estaba haciendo exploración sísmica frente a la playa tarde o temprano se derramaría. Y eso estaba sucediendo, la torre finalmente se había derramado a pesar de todo lo que ella pudiera hacer para impedirlo. Una soledad muy grande la invadió, y el mar comenzaba a verse negro hasta la línea del horizonte. Pensó que era el fin. Cerró los ojos cansados, volvió a escuchar el piano inconcluso que otra vez la perturbaba, volvió a abrir los ojos, y vio unos pájaros negros que parecían cuervos sobrevolar sobre su cabeza. Volvió a tapar sus ojos con sus manos. Lloró desconsoladamente. Pensó que estaba adentro de un sueño. Pero recordó que este hoy ya lo había soñado momentos antes, pero que esto finalmente era la realidad. Una realidad que le iba a costar mucho digerir. Muchas veces había soñado con los animales, había soñado que el petróleo avanzaría, pero no había querido aceptarlo. Ahora ya era demasiado tarde para empezar de nuevo. El piano volvió a escucharse en su cabeza. Para ese momento ya era plenamente consciente de que ese piano no existía. Salió inmediatamente de la playa para buscar ayuda para los animales. Sabía que sería difícil conseguirla. No le importaba, estaba dispuesta a todo, pero a la vez sentía un clima de guerra en su cabeza, sentía que el odio se había apoderado del ambiente y del clima antártico, No podía precisar de donde venia esa sensación, pero sentía como si una jauría de lobos con los colmillos ensangrentados la acechara. Intento detenerse un instante y respirar, los lobos marinos seguían aullando sin consuelo y ella sentía morir. Pronto caería la noche, debía conseguir ayuda y era ahora. Volvió a escuchar el piano, pero aún más desafinado. Sabia en su interior que la herencia que le había dejado su padre tenia que ver con ver la realidad y estar bien parada en el mundo, no tenía ni la más mínima duda de eso. Toda su vida se había estado evadiendo y ahora los animales necesitaban ayuda. No entendía en que momento los negocios de unos pocos se habían antepuesto a la vida del planeta, pero ya era hora de empezar a hacer algo.


Carolina Camacho. Lanús, Provincia de Buenos Aires. Realizadora Audiovisual y guionista, docente y tallerista. Escribe guiones, poesía y narrativa, sobre todo cuentos y una novela inédita. Publicó “Apocalipsis nocturno” y “La llamada” en Antología Poética Mujer de Primavera de La hora del cuento. Y varios cuentos y poesías en revistas de Brasil.

Carolina Camacho

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