Literatura
Reseña literaria
diciembre 2025
Sobre «Anatomía del silencio» de Jorge Luis Navarro Honores
por Felicia Rivera
Al iniciar, lo primordial será dar los agradecimientos de rigor: al autor, por la confianza; al equipo de la editorial ‘Provincianos’ por traer a realidad material este poemario agudo; a las personas que nos reciben aquí en este hermoso i significativo lugar, posibilitando esta actividad; i a ustedes, entre el público, por venir a compartir su alegría i ser parte de la poesía. ¡Gracias!
Es para mí un honor oficiar de presentadora del libro de un poeta que, al mismo tiempo, es una persona amiga: los caminos de poesía y camaradería han ido de la mano desde el inicio, i a través de una muy amplia zona de mi vida, i no creo que esto deba ser dejado sin decir, después de todo, también en los poemas de «Anatomía del silencio» observaremos palpitar a la vida de su propio autor, gran amigo desde hace bastante años. De hecho, hace nueve años me tocó presentar su anterior libro de poemas: «Instrucciones para incendiar una ciudad» (2016, Ediciones Filacteria). Jorge Teillier (1935-1996), en su poema “El poeta de este mundo”, declara que la poesía no significa nada si no permite que las personas se acerquen y conozcan; i yo adhiero totalmente ¡con el corazón en la mano y de pie! La poesía no sirve si no es para eso.
Paralelamente a conocer al autor del libro, hace bastante años, como recién decía, también, he podido conocer éste libro, he de confesar; hace casi tantos como al propio Jorge Luis. De hecho cuando nos conocimos e intercambiamos escrituras… Ya más de una década de aquello: años nutridos i contundentes en labores escriturales, ciertamente. En su oficio de poeta, Jorge Luis estuvo, parafraseando a Gonzalo Millán (1947-2006), tallando y detallando los versos de esta final entrega: añadiendo nuevos poemas i exiliando a otros, reelaborando la organización i estructura, incluso incorporando algunos poemas en prosa, equilibrando así una nueva tensión para las configuraciones, o escrituras, de este conjunto. Todos éstas bajo el amparo, algo antiguo, de la ausencia casi total de signos de puntuación; por supuesto debido a una decisión estilística, asumida con prolijidad para la articulación sonora, i significativa, de los poemas (como podrán oír en unos minutos).
Con una estructura en trenza: “Cóclea”, “Tinnitus” y “Estéreo”, el libro aborda, de manera apasionadamente fría u objetiva, trastornos auditivos humanos: la vida con hipoacusia (que, en palabras simples: consiste en la parcial pérdida de audición). Poemas concisos, más bien breves, cuya tentativa confecciona la voz baja para la escritura, por cuanto quien lee reconoce una opcional ausencia de mayúsculas, salvo para los nombres propios i apellidos (que no son pocos), i ciertos lugares, como la Biblioteca Nacional (como buen bibliotecólogo). Los rasgos autobiográficos, como anticipaba hace unos momentos, están presentes en este libro: i en esa dirección, el epígrafe de Héctor Viel Temperley (1933-1987) resulta ser iluminador al inicio del libro: pues declara una búsqueda hacia el autoconocimiento en términos corporales, i aquí: puntualmente torno al sentido de la audición.
El libro también constituye una poderosa i esforzada ofrenda de sinceridades: ya que no solamente trabaja con asuntos de la propia vida (cosa bien habitual en las escrituras poéticas), indaga en directas exposiciones de la vulnerabilidad propia: el reconocimiento de los propios límites i de las dificultades, cito: “conocer nuevas personas / es conocer nuevos idiomas” (p. 21), i no en un tono de optimismo deslumbrante, sino en tanto desafiante complicación, reconoce el autor, en la medida de identificar un modo de hablar en cada quien, a raíz de las dificultades auditivas. En otras zonas, va evidenciando directamente temores o carencias, envidias: “le temes a tu voz” (p. 22), dice el poeta o, un poco más adelante: “envidias el oído / de las fanáticas / capaces de saber qué canción suena / con tan solo escuchar la primera nota” (p. 23) (una de ésas melómanas soy yo). Al ir exponiendo esas perspectivas, junto de versos punzantes para metaforizar aspectos que designan hacia sí, o son características de lo propio, las palabras utilizadas en algunos casos son: “valles estériles” (p. 17) i hasta la apreciación: “eres jardín yermo” (p. 19), lo que, según yo: estructura un reconocimiento bañado en vigorosa autocrítica al tiempo que valentía e integridad humana.
Suenan i resuenan esas palabras juntas “integridad humana”, cuando ya hace unas décadas venimos oyendo hablar de lo poshumano junto de lo ciborg (consúltese el «Manifiesto cíborg» de 1985 de Donna Haraway (1944)). Yo no querría ahondar mucho en este aspecto, cuya lectura ameritaría una presentación harto más extensa: pero aquella maquinaria “tecnología alemana avanzada” (p. 47) en palabras del autor, básicamente un micrófono que es integrado al cuerpo… Además del microplástico que corre por nuestras venas, imagino que muchas personas acá utilizamos algún objeto en nuestro cuerpo: una plano de relajación para dormir, una placa de titanio tras un accidente u otras prótesis: nuestros mismos aparatos de telecomunicación que todavía llamamos celulares: sabemos que es mucho más que eso: una réplica barata de la mente humana o, en palabras de Jorge Luis: “una sirena / que no para / de sonar:” (p. 38). “La pantalla es la retina de la mente: la pantalla es parte de la estructura física de la mente; lo visto en la pantalla emerge como experiencia para quien mira. La pantalla es realidad; i la realidad es menos que la pantalla” (Videodrome)
La música, que viene a ser un antónimo predilecto para silencio, en el libro también emerge de una manera distanciada o, por lo menos, desplazada u oblicua: aparecen referencias, o citas, a músicos pero en su rol de escritores, lo que pone en segundo plano el ámbito musical (que para nuestro poeta es un asunto vital i muy amado). Esos músicos son David Toop (1947) y Luis Alberto Spinetta (1950-2012), presentados en tanto ensayista i en tanto poeta, respectivamente. Es éste un distanciamiento particular del ámbito musical, en sí, para que adentro del libro la música quede modulada más próxima a lo que coloquialmente llamamos “ruido de fondo” (p. 36), o aparecer meramente como “música ambiental” (p. 22); o bien –como mencionaba hace un rato– en el reconocimiento inmediato por parte de unas melómanas.
Paralelamente, a través de las páginas i estos poemas es posible ir coleccionando un breve glosario de términos asociados con lo auditivo, con el oído o el sentido de la audición, ya lo oímos con los nombres de las secciones, pero también un puñado de títulos de poemas hacen gala de estos conceptos: decibelio, anotado con símbolo “dB” (p. 18), “audiometría” (p. 17), “hipoacusia” (p. 15), “timpanoplastia” (p. 24), “hélix” (p. 21), “tinnitus” (p. 32), así como también a través de palabras en la textura de los poemas mismos: “acúfenos” (p. 37), “otoacústica” (p. 34) i “tímpano” (p. 35). Este desmembrado glosario, eso sí, en la antigua versión del libro estuvo todavía más expuesto; recuerdo poemas que eran listas de palabras asociadas al ámbito auditivo i al oído, ahora: está menos forzado ese asunto, e integralmente distribuido, o planteado, mediante.
Existe incluso una dimensión visual asociada a la publicación. Por una parte la reproducción de un documento que registra información personal sobre las capacidades de recepción y/o tolerancia de sonidos por parte de los oídos de nuestro hablante lírico, o más bien del autor, junto de una reproducción del cuadro de Nicolaes Maes, un pintor alemán del siglo diecisiete (pintor alemán nacido en 1634 y fallecido en 1693), “The Eavesdropper” (92,5 × 122 cm., óleo sobre tela, 1657) concepto que luego aparece en tanto título de poema (p. 25). La otra es en alusión al pintor Yves Klein (1928-1962) i su archifamoso azul: resultado cromático del proceso de registro de las lloviznas i los vientos en el mismo pigmento sobre la superficie del lienzo.
El tema del color me interesa especialmente, i en este conjunto de poemas vuelvo a identificar la prevalencia del color azul: “ese abrazo azul que te llama sin descanso” (p. 48), aunque con mayor sutileza que en anterior «Instrucciones para incendiar una ciudad». Justamente como manifiesta uno de los poemas, “Seis” (p. 50), que menciona –medio de pasada– la obsesión, por parte de la sociedad occidental contemporánea, con el sentido de la vista i los contenidos visuales, las pantallas. Ya la poesía, que si bien trabaja con imágenes, mentales pero imágenes, acá configura nuevas búsquedas: “la aceptación del silencio” (p. 17), como dice nuestro poeta, pero además, cito: “la densidad del silencio” (p. 16). A partir de ahí los acúfenos, que son todos ésos sonidos que no están afuera, sino que están originándose en nuestro cuerpo u oído: un viaje hacia adentro.
Esta bella palabra, acufeno, como muchas otras palabras tiene su raíz u origen en el griego antiguo: “akouein”, oír, i “phainein”, aparecer: “sonidos que aparecen”, pero no desde una fuente exterior sino a la manera de aquello “que hace eco de las voces que llegan en los sueños” (p. 20), citando a Jorge Luis. Así, con esta paradójica festividad sonora pervive una inédita invitación a nuevas formas de imaginar los sonidos, melódicos o ruidosos, desde una percepción tan personal e incomparable, finalmente, i es gracias a la poesía, a esta poesía: esa puerta ahora quedará, para ustedes: abierta:
Felicia Rivera Cerros de la Mar i finales de Julio en 2025
