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Literatura
Narrativa
abril 2026

Oscar
por Agustina B. Torok

Que a los 85 el médico sugiera un examen completo puede ser una sentencia de muerte. Sus palabras son frías, distantes y controladas. El médico cuidando más su matrícula que las emociones de quien está del otro lado del escritorio, da información escueta y confusa para un hombre mayor que puede retener muy poco de lo que se le dice, pero que se quede con la comodidad de que “se lo informaron”.

—Tranquilo, amor, que todo va a estar bien. Ya pasamos por esto y salió todo bien. Confiá.

Las arrugas en su frente aumentan junto con el dolor, pero ni el insistente pedido de sus hijos es motivación suficiente para que cambie de hábitos.

—No seas salame, hacele caso a los chicos.

Cada puntada de dolor es como una aguja que lo une más a su esposa. En los momentos en que cae en su cama casi inconsciente por el malestar, ve al amor de su vida cuidarlo y sostenerle la mano.

Cualquier tipo de analgésico borra las caricias de su compañera de vida y el tratamiento que sugiere el médico las eliminará para siempre.

Una mañana de mayo, de esas que hace tanto frío que no podés sacar ni la nariz de debajo de la frazada, Óscar abre los ojos y ve a su amor durmiendo con él. 

Ella está reluciente de juventud, descansa en paz. Óscar le sonríe y se queda contemplando su belleza, absorbiendo ese recuerdo para que dure un poco más. 

Rueda por la cama para tratar de incorporarse en, por lo menos, 15 movimientos. Sus abdominales no tienen la fuerza suficiente para incorporarlo. Intenta empujar su cuerpo con sus brazos débiles, pero es inútil. Así que el frío y la debilidad lo obligan a volver a recostarse junto a su esposa. 

Quién sabe cuánto tiempo habrán estado en esa posición hasta que su hijo mayor entra por la puerta de su cuarto.

—Viejo, te estoy llamando hace horas. ¿Por qué no contestás? Pensé que te iba a encontrar tirado en el baño o algo así. ¿Qué haces todavía en la cama?

—¡Ay, qué manera de dar los buenos días, vos! ¿No te enseñamos modales?

—¿Buenos días? ¡Son las 3 de la tarde! Dale, viejo, que te ayudo a levantarte y vamos a ver el partido a lo de Fede. ¿Te acordás de que te dije que hoy jugaba la selección y que Fede nos invitó? La mujer parece que va a hacer torta fritas o algo así para acompañar con el mate. Hoy es el último partido de Messi, quien diría que ese pibe traería tantas copas y se retira hoy en un partido amistoso contra Haití… Che, viejo, ¿Vos estás bien? Ni me mirás cuando te hablo.

Óscar busca la aprobación de su esposa.

—Tratalo bien, te está ayudando. Hacele caso. Solo quiere lo mejor para vos…

—Sí, hijo, me colgué, perdón. Es que hacía mucho frío como para salir. Ya me levanto. Disculpame.

Su hijo, ya vuelto un hombre, le devuelve los cuidados y el cariño de la infancia. Lo ayuda a vestirse, ata sus zapatos y lo peina. Las tareas más simples toman cada vez más tiempo. 

Padre e hijo evitan cruzar la mirada sintiendo vergüenza por la creciente invalidez del viejo y la incapacidad del joven de poder cuidarlo como se merece. 

—Bueno, ya estas todo pituco. ¡Viejito pintón! Vamos yendo, ¿estás cómodo?

Oscar asiente y comienza la procesión hasta la puerta. Paso a paso, a la velocidad de una tortuga renga. Cuando ya faltan pocos metros, Oscar se toca la cabeza.

—Me olvidé la gorra. Está en el mueble de mi cuarto, ¿me la traés? Disculpame, no sé dónde tengo la cabeza estos días.

—Okay, pero espérame acá sentado, no vayas al auto solo que te podés caer y lo que me falta es que te rompas la cadera justo hoy que es tan importante el partido. Quedate ahí quietito.

El hijo resopla y sale corriendo al cuarto en busca de la gorra, esperando que sea la correcta y no tenga que volver a bus-car la azul, o la marrón, o la cuadrillé, o cualquier otra excusa que se le ocurra poner al viejo para seguir demorando la salida.

Óscar se acomoda en el sillón junto a la entrada y espera.

—Criamos un gran hombre. Tenés que estar orgulloso de él. Te cuida muy bien. Siempre te cuidó bien.

—Lo sé, hicimos un excelente trabajo, mi amor. Te amo. Te extraño. ¿Cuándo voy a poder abrazarte?

—Yo también te amo. Pronto, amor, pronto.

—Acá está la gorra, viejo, vamos yendo que empieza el partido. 

—Hijo, hace rato no te digo esto, pero te quiero. Gracias por todo lo que me cuidás. Te quiero. Estoy orgulloso del tipo que sos.

—Dale, no te pongas sentimental justo ahora. Guardate las lágrimas para el partido que es el último de Lio. El fin de una época dorada.

Se sientan en el auto, empiezan a andar y con el solcito en la cara y la temperatura tan agradable, el viejo exhala y deja caer la cabeza hacia un costado.


Agustina B. Torok. Soy una apasionada de la palabra como herramienta de transformación y conexión. Con 18 años de experiencia en la enseñanza de la lengua inglesa y español como segunda lengua. Desde 2023, formo parte del equipo editorial del Centro Cultural Argentino de Montaña, donde desempeño roles de curaduría, edición y redacción de artículos especializados en literatura de montaña. Mi labor se extiende a la creación de reseñas literarias y la facilitación de talleres de escritura, diseñados para potenciar la voz narrativa y el descubrimiento creativo. Mi presencia en el ecosistema cultural incluye la participación en ferias del libro y mesas de debate como bookfluencer (Agus.Pococonvencional), conectando obras con nuevas audiencias. Un hito reciente en mi carrera fue mi selección en 2025 como Voluntaria Digital del Teatro Colón, donde generé contenidos que traducen la mística de los grandes escenarios al lenguaje digital. Otro hito importante sucederá muy pronto; a final de mes publicaré mi primera antología de cuentos “Propiocepción: sentir el cuerpo que grita” que se presentará en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires el próximo 4 de mayo a las 19 h en la sala Ernesto Sábato.

 

Agustina B. Torok

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