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Narrativa
agosto 2026

Mi familia política 
por Facundo Jaitt

Esta noche juego al fútbol con Diego, el novio de mi hermana. Es español, de Zaragoza, y no estoy seguro de qué tan a favor está de que resida en su país. En general, es cierto que los españoles no opinan lo mismo de los sudamericanos que de los árabes, pero es difícil no tomarse personales algunos comentarios siendo que al final solamente hay un afuera, sea que vengas de Pakistán, Perú o Chile. 

La verdad es que, cada vez que por alguna razón un pakistaní me pregunta de dónde soy, siento una incomodidad parecida a la de ser hombre en una sociedad machista. Sé que permanecer callado ante las injusticias es una manera de ser cómplice, pero soy una persona muy tímida en general y bastante más tímida a la hora de hablar de temas controversiales. 

Ayer fuimos a dar una vuelta a Girona con mi hermana y Diego. Caminamos de una punta de la ciudad a la otra y subimos hasta el castillo. Cuando estábamos bajando, él dijo como al pasar que España se estaba volviendo cada día menos española. –Las costumbres y los valores nacionales están desapareciendo. 

En el restaurante nos atendió una moza ecuatoriana que puso una canción de Charly cuando mi hermana y yo le dijimos que éramos argentinos. La comida estaba insípida pero la cantidad estaba bien. Diego pidió por favor que le trajeran agua embotellada en lugar de la que nos habían traído, que era de la canilla. 

Se conocieron en Australia, mi hermana y Diego; están viviendo allá. Planean estar solamente cinco días en España. Consiguieron dos pasajes gratis de avión a través de una amiga que trabaja en Iberia. La condición: un viaje muy corto. Ellos lo vieron como una ventaja; tres días en Barcelona para que mi hermana pueda visitar a sus amigas y a mí, y otro día y medio en Zaragoza para que Diego visite a sus padres y ellos conozcan a mi hermana. Los padres de Diego también querían conocerme, pero muy rápidamente le dejé en claro a mi hermana que eso no iba a pasar; es el tercer novio que tiene en un lapso de dos años y prefiero evitar falsas ilusiones y esfuerzos vanos. Es lo mejor para todos. 

Diego juega muy bien al fútbol, mucho mejor que yo. Después del partido me cuenta que fue semiprofesional en un equipo de su municipio, y cuando nos vamos me invita a comer a la casa de las amigas de mi hermana. Yo me veo obligado a aceptar a pesar de que una de ellas es mi ex. Es lo mínimo que puedo hacer después de haberlo invitado a jugar con un grupo de tan bajo nivel.

En la cena Diego es el único que habla. Los demás estamos todos al tanto de los términos en que dejé mi relación con María. Estábamos recién mudados, con muebles nuevos y un perro que encontramos en la calle. Empezando nuestra nueva vida juntos. Pero un viernes a la noche peleamos: le pedí que dejara de cantar así podía concentrarme en el libro que estaba leyendo; ella me dijo que yo no soportaba ver a una mujer libre. Agarré nuestra carpa y algunas de mis cosas y le dije que me iba a pensar a la montaña. El lunes estaba en Barcelona. 

Cuatro años después estamos sentados de nuevo en la misma mesa, ingiriendo la comida que ella misma cocinó. Es evidente que me guarda rencor y que no sabe que ahora soy vegetariano. Las amigas se vinieron un año antes, pero yo sospecho que la idea fue suya. 

Todos disfrutan del silencio mientras comen sus bifes rojos y jugosos. Yo no como nada porque de acompañante hay puré con sabor ahumado y tengo asociado el sabor del humo con el sabor de la carne. A Diego le prepararon una mezcla de zapallito y espárragos que pidió especialmente; sigue una dieta muy estricta porque quiere probar suerte en el fútbol australiano cuando regresen allá. Nadie más en la mesa toma agua embotellada. 

En ocasiones sorprendo a alguna amiga de mi ex haciendo un gesto de reprobación al verme; sé que toleran mi presencia solo por ser educadas con mi hermana. Ella no para de hablar de la nueva vida que comparte con su novio, del departamento en el que viven en Sydney, de su buen gusto para decorarlo, de cómo los dos disfrutan de llenarlo de adornos, de la suerte de tener un proyecto en común que los une, los acerca y le da un sentido a sus vidas. Yo observo todo con mucha atención, a punto de entrar en un ataque de pánico, hasta que me doy cuenta de que en realidad es un déjà vu. 

Cuando me despierto a la mañana siguiente para ir a trabajar, veo que tengo doce llamadas perdidas de María y algunos mensajes. Me insulta, me dice que me quiere y me vuelve a insultar. Decido bloquearla, eliminarla virtual y analógicamente de mi vida. Aunque la segunda parte no dependa solo de mi voluntad. 

Al llegar al trabajo se me ocurre que lo mejor que puedo hacer es tomarme vacaciones y desaparecer un buen rato. Cuando se lo digo a mi jefe, me responde que al menos estamos en la misma página y me ofrece un aumento a partir del día en que me reincorpore. Por la tarde la llamo a mi hermana para decirle que reconsideré la oferta de conocer a su familia política: estoy tan entusiasmado que mejor voy yendo y nos encontramos allá.

Los padres de Diego no me esperaban tan pronto y no tuvieron tiempo de preparar mi habitación, así que me alojan en la de su hijo. La casa no está en la ciudad de Zaragoza, como yo pensaba, sino en un pueblo cercano llamado Mallén. Tiene menos de tres mil habitantes pero parece que tiene menos de mil; el viento sopla tan fuerte que da la sensación de que en cualquier momento no va a quedar nadie. 

Marta y Pascual me reciben con afecto. Me ofrecen galletas y café y me cuentan que sufrieron del síndrome del nido vacío cuando sus hijos se fueron; Diego tiene una hermana que ahora vive en Madrid y otro hermano más pequeño y fanático de las armas que se alistó en el ejército francés. Pero todo cambió para bien cuando adoptaron a Umar, un niño marroquí de diez años que ahora duerme en el cuarto de invitados. Diego todavía no lo conoce, sus padres lo quieren sorprender cuando llegue. 

A pesar de que habla poco español, Umar es ágil con la comunicación gestual. Es el primer caso que conozco en el que de verdad una mirada vale más que mil palabras. Cuando lo saludo, me mira fijamente a los ojos y se me ocurre una historia para una novela. 

A la hora del almuerzo, nos sentamos los cuatro en la mesa del comedor a comer el bacalao que cocinó Marta. Intento comer aunque sea un poco, me da vergüenza que piense que desprecio su esfuerzo. Pero es imposible: las arcadas me delatan. Pascual me pregunta si estoy enfermo y le confieso que soy vegetariano. 

–Haberlo dicho antes –dice Marta, que rápidamente regresa a la cocina y desaparece por un rato. 

Me entretengo viendo cómo Umar y Pascual se hacen chistes con la mirada. También emiten balbuceos que no llegan a ser palabras, y se terminan riendo tanto que se agarran del vientre y de las sillas para no caerse. Marta vuelve con otro plato de comida: migas aragonesas. Tienen ajo y aceite y es uno de los mejores platos que comí en mi vida. Les cuento que mi decisión de hacerme vegetariano comenzó como un capricho moderno y rápidamente se transformó en una realidad asentada; lo mismo que venirme a vivir a España. Ellos me entienden porque algo parecido les pasó con Umar, que por suerte no entiende lo que dicen. 

A la noche llegan Diego y mi hermana. Yo recién vuelvo de caminar con Umar por el pueblo y nos encontramos todos en la puerta de entrada. Después de los saludos, Marta y Pascual le cuentan a Diego que tiene un nuevo hermanito. Al principio él encuentra confuso que sus padres se refieran a mí de esa manera, y solo después advierte que están hablando del niño que lo mira sin decir nada. Lo saluda estrechando su mano pero desatento; todavía está procesando la información.

Para la cena hay Tayín, un guiso marroquí de carne y verduras, el plato favorito de Umar. Lo cocinó Pascual junto con una versión vegetariana para mí. Diego dice que se siente enfermo y se va a la cama sin probar la comida. 

Umar es once años más joven que mi hermano menor, pero con él y mi hermana sentados en la mesa me siento como si estuviera de nuevo en casa. Sospecho que a Marta y Pascual les pasa algo parecido; los veo sonrientes y dispuestos, como si también se estuvieran dejando llevar por un juego de reemplazos y representaciones. La dinámica entre nosotros evoca la de una familia que acaba de reencontrarse después de algún tiempo. 

El sábado nos vamos todos a pasar el día a la orilla del Ebro. Yo me quedo de un lado del río mientras los demás cruzan el puente; tengo que hacer algunas llamadas para alquilar la habitación que dejé vacía en Barcelona. Después, en lugar de cruzar, me quedo observando la escena desde la orilla de enfrente. Marta y Pascual están recostados sobre una tela con arabescos, hablando con mi hermana a la distancia; ella tiene los pies en el agua. Diego salta la soga mientras escucha música con unos auriculares que tiene puestos por encima de una vincha color azul en su cabeza. Umar juega cerca suyo con una pelota de fútbol. Varias veces se le acerca por la espalda, pero se arrepiente antes de que Diego pueda verlo. 

Unas horas después, el sol está más bajo y el rosado del crepúsculo ya comienza a aparecer. Me doy cuenta de que estuve durmiendo al abrir los ojos y ver las nubes del color de los flamencos. Ahora, del otro lado de la orilla, la imagen es otra. Diego y Umar corren en círculos intentando alcanzarse mutuamente. Marta y Pascual siguen sentados encima de la misma manta con arabescos, solo que ahora Marta está llorando y mi hermana la acaricia en la espalda haciendo círculos con su mano derecha. Pascual me hace señas para que cruce el río. 

Marta llora porque su hijo y mi hermana, en muy poco tiempo, volverán a Australia. Que sus hijos se vayan a otros países para ella es como quedarse sin casa. Además, siempre sintió una profunda nostalgia del presente, me explica Pascual. Hace algunos años, cuando todavía vacacionaban en familia, solo era capaz de disfrutar del primer día de cada viaje; a partir del segundo ya estaba pensando en que llegaría el momento de volver a la rutina. El momento de tener que separarse de sus hijos. Pascual está convencido de que el verdadero problema de Marta es su angustia existencial. 

Nos sacamos una foto todos juntos. Se la pedimos a un hombre que pasa caminando con su perro. Después, cuando se va, nos quedamos haciendo algunas fotos dobles, triples y grupales entre nosotros.

Cuando abro los ojos lo primero que veo es un portarretratos sobre la mesa de luz, uno que no estaba ahí cuando llegué. Es una foto mía con Pascual y Marta y el Ebro de fondo. Yo estoy parado entre medio de los dos y juraría que parezco más bajito que ellos, a pesar de que en persona les saco varios centímetros a cada uno. Antes, en el mismo lugar, había un portarretratos con una foto de Marta y Pascual con sus tres hijos. En las paredes siguen estando los pósters del equipo del Zaragoza del 2008. Diego me dijo que ya no mira fútbol pero que, si los despega, seguramente van a quedar marcas. Además, así como está, la habitación parece un museo que conmemora su paso por allí. 

Mientras él y mi hermana terminan de guardar lo poco que habían alcanzado a sacar de sus valijas, Umar y yo comemos cuadraditos de ananá en la mesa que hay afuera en el jardín frontal. Provenientes de alguna ventana abierta, puedo escuchar los sollozos de Marta y las palabras de consuelo de Pascual. Tengo los ojos cerrados, los rayos del sol golpean mis párpados, pienso que la tristeza es de color rojo. 

Decidimos ir caminando a la estación de tren. No está muy lejos y es una forma de estar un rato más todos juntos. Marta decide no acompañarnos, dice que prefiere que la despedida se termine rápido. Le da un abrazo largo a su hijo, otro a mi hermana, y se va a su habitación sin mirar hacia atrás. 

La tristeza suena como ruedas de valija sobre el asfalto. No se escucha nada más. A mitad de camino, se suma el sonido que Umar provoca al patear la pelota con su pie derecho. Una cadencia perfecta y estremecedora. De pronto, Diego grita alarmado: estaba seguro de que llegábamos con una hora de antelación, pero al chequear nuevamente en el ticket se da cuenta de que en realidad estamos llegando con lo justo. Empezamos a correr, yo cargo la valija de mi hermana y ella se ríe, nerviosa, como cuando no queda otra cosa que hacer. Es difícil correr cuando hay que cargar con peso. Y a veces, también puede ser divertido. Es difícil correr cuando uno se está riendo. 

Así llegamos a las puertas todavía abiertas del tren, entre jadeantes y sonrientes, abrazándonos en desnivel, con mi hermana y Diego parados sobre el escalón por si la puerta fuera a cerrarse de repente. Cuando la abrazo, mi hermana me dice: “Nos vemos en casa”. Su perfume y el bordado de su abrigo, son el olor y la textura. Después abrazo también a Diego y las puertas se cierran. En el reflejo de la ventana puedo ver a Umar y Pascual sonriendo y saludando. Todavía estamos recuperando el aire.


Facundo Jaitt nació en Córdoba, Argentina, en el año 1997. Vivió allí hasta enero del 2024, cuando se mudó a Barcelona. Hoy en día trabaja como redactor creativo en una agencia de publicidad y, en paralelo, escribe cuentos y filma cortometrajes. Le interesa el absurdo, tanto en la literatura como en el cine; las historias que tensionan la realidad hasta ponerla en duda, sin llegar a destruirla.

 

Facundo Jaitt

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