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Ensayo
abril 2025

La medicina emasculada
por Álvaro Jiménez Bolívar

Emasculación es un término impreciso, pero tiene la ventaja del prejuicio ligero, síntoma de aquello que a continuación expongo.

En la Grecia clásica, las hermas, bloques de mármol cuyos únicos rasgos esculpidos eran la cabeza, el pene erecto, y alguna inscripción para apostar a vencer el olvido; exponían los genitales como rasgo apotropaico, símbolo de protección y fertilidad para la comunidad; de disposición para la batalla y para el acto sexual.

Cuando allí llegaron a su ocaso los antiguos dioses, aquellos que aparentaban ser creados a imagen y semejanza del hombre, esta semiología fue erradicada por una nueva moral impuesta: una en la que la naturaleza humana fue extirpada in vivo para ser usurpada por la carga de ser la imagen y semejanza de un Dios políticamente determinado por las circunstancias; avergonzándole de su propio cuerpo, de su reproducción, del prodigio de su intelecto, del placer, y hasta de su propio nacimiento.

No siendo suficiente, y de forma conveniente para la preservación de las dinámicas del ejercicio del poder, le implantó la idea de que no es un sujeto de cambio, sino un mero receptáculo de tormentos con el propósito de satisfacer la experimentación pueril de un ser primitivo que usa el sufrimiento como moneda de cambio; cuya omnipotencia y sentido de justicia alcanzan hasta donde el peso de toneladas de sangre en la balanza puedan complacerle.

Para los Romanos, «damnatio memoriae» era la condena a la muerte simbólica: el olvido activo por parte de toda la sociedad, y pasaba por la eliminación de cualquier representación que pudiera evocar algún recuerdo del condenado, de modo que su huella en este mundo se evanesciera con la de aquellos que la testificaron.

De forma similar, la nueva moral debía implantarse, no sólo borrando los rostros de los ídolos con cinceles, sino también emasculando a las hermas. Los administradores de la doctrina del nuevo Dios que se impuso violentamente no podían permitirle competir en propiedades apotropaicas con aquella parte del cuerpo que encontraban precisamente tan indigna: ésa que se presenta al creyente como un mal necesario, excluida de su imagen y semejanza con Dios.

La herma, desprovista entonces de su condición de fetiche, perdió su poder real en el mundo y su potencial impacto en la comunidad. Ahora sólo podía satisfacer de forma individual y esporádica a aquel pagano que se aferraba a las historias antiguas, a sus sesgos, o la subjetividad psicodisléptica de la experiencia espiritual. El falo fracturado, reemplazado por una cicatriz de mármol, quizás alivie al individuo que por haber estado en su presencia se siente más fértil, más sano o más protegido, pero, si esto se generalizara en su grupo, supondría una amenaza para la nueva moral dominante, por lo que no pocas veces la herejía fue aplastada con violencia.

La medicina contemporánea está emasculada en este mismo sentido: satisface las necesidades del individuo haciéndole sentir más sano, más fértil o más protegido, del mismo modo que al pagano el falo de la herma; pero es incapaz de transformar estructuralmente a la sociedad y, si intenta hacerlo, es contestada con otras formas violentas, quizás más sutilies y sofisticadas, pero no por ello carentes de impacto coercitivo.

Nuestras ciencias se limitan a describir factores de riesgo que puedan ser modificados por el sujeto, considerando que la suma de intervenciones individuales para impactar en un indicador será un aporte suficiente, y se complace con limitar su acción política a participar en la formulación de “políticas públicas” que viertan recursos en su problema de estudio, siempre y cuando el instrumento de medición permita hacer un balance positivo. Sin embargo, es incapaz de señalar las causas sistémicas que las desencadenan y también de hacer de ellas su propio objeto de estudio.

Difícilmente ocurre formalmente, porque para hacerlo se debe asumir una postura crítica de los cimientos que sostienen la institucionalidad involucrada: la salud, la investigación y la formación no sólo se reducen a modelos de negocio enmarcados en una lógica de mercado que carece de alternativa posible, pero no por ello dejan de serlo. Salir de la comodidad de observar al objeto de estudio como una entidad desarticulada del sistema del que es un componente, obligaría al investigador a abandonar la visión puramente cientificista del fenómeno, que le confiere comodidad discursiva al mismo tiempo que descarga en la objetividad del instrumento su distancia con la experiencia subjetiva de la muestra. Le obligaría a retornar a la pregunta filosófica, carente de un método único para acercarse a la verdad y más propensa a la subjetividad que de forma poco cuestionada tanto aborrecemos, pero a la vez con una visión integral y multidisciplinaria que sí es capaz exponer aquellas realidades que se escapan a la sensibilidad de los instrumentos estadísticos o que, simplemente, puedan afectar la validez externa o interna de nuestras publicaciones: indicador único de la calidad de nuestra ciencia; la ciencia emasculada.

Y sí, existen los estudios ecológicos, la salud pública, y se le intenta dar una base social al conocimiento médico. Tenemos sistemas de registro de datos epidemiológicos cada vez más inmediatos y sofisticados, y los usamos a diario para la planeación del gasto y la elaboración de las políticas en salud. Desarrollamos tecnologías que nos hacen más longevos, o que nos dan un balance energético más favorable para cualquiera de nuestros propósitos, pero somos incapaces de llevarlos todos a su máximo potencial, porque creemos que son fruto del derecho a la propiedad de unos cuantos y no del trabajo humano invertido en su creación y descubrimiento. Supeditamos nuestra moral, nuestra conducta, nuestra crítica y hasta nuestro objeto de estudio a la orientación de una mal llamada élite con la que se estableció una relación inmutable de dependencia aberrante. 

¿Es realmente el derecho a la acumulación, que cuando es de objetos por parte de un individuo la consideramos patológica pero cuando es de capital se presenta incuestionable, una fórmula determinista para garantizar el placer o la felicidad? ¿O es simplemente la forma más macabra de ludopatía? ¿Hay una relación lineal entre la posesión y la felicidad? Es más, ¿Algún estímulo ofrece una relación predecible e inagotable con el placer y con la felicidad que no sea susceptible de saturarse o de desensibilizarse? ¿En qué punto esto pierde el sentido y cómo contradicen estas condiciones sistémicas nuestros conocimientos contemporáneos de neurobiología?

Sabemos que la ambiciosa definición que hemos convenido de salud, «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades» (OMS, 1948), es inalcanzable mientras esté circunscrita a sociedades inmutables, verticalmente impuestas, y que se miran a sí mismas creyendo que son reflejo de sus miembros más privilegiados, cuando lo son realmente de aquellos menos favorecidos.

¿Son estos problemas meramente políticos? El alimento sólo se vuelve un medicamento, susceptible de ser garantizado, cuando se cruza un umbral estadístico convenido, pero deja de serlo cuando éste se supera; aún así, citamos a Hipócrates diciendo “que la medicina sea tu alimento y que tu alimento sea tu medicina”. Tramitamos fármacos y procedimientos hipercostosos, pero aquello que es esencial en términos biológicos para garantizar la salud en su plena definición parece no sólo ajeno a nosotros, sino inexistente en nuestro discurso. Hablamos de costoefectividad, y sabemos que es imposible ser responsables sin considerarla; pero al hacerlo no criticamos las utilidades exorbitantes que hacen de las industrias y negocios en torno a la salud unos de los más rentables del mundo, sino que las incluimos de forma natural en nuestros modelos, dándolas por sentadas: y aquí sí decidimos ser materialistas, asumiendo que son factores sobre los que no podemos incidir, y que debemos trabajar con los datos del mundo real: el precio al momento del intercambio comercial. Cualquier forma de crítica que se escape de ello es abandonar nuestro quehacer y nuestro rigor: como si cediéramos esa responsabilidad a otras disciplinas o a la intimidad de la conversación privada.

Supeditamos el derecho a salud al derecho a la propiedad, y tenemos una baraja de argumentos para justificarlo. Nos hacemos administradores del gasto en salud, pero no críticos del destino de sus utilidades, y ni siquiera nos damos cuenta de ello. Evaluamos la depresión, la ansiedad y el estrés con brillantes clasificaciones basadas en la mejor evidencia, y descubrimos matemáticamente su relación causal con exposiciones como el trabajo o el nivel socieoconómico, pero despreciamos la disertación histórica y filosófica en torno a aquellas que determinan estas condiciones de forma estructural.

Es comprensible: parecen problemas ajenos a nuestros laboratorios, hospitales y consultorios, salvo cuando se presentan en forma de caso clínico. Además, los instrumentos con los que buscamos generalizar a todo el universo el resultado de una muestra que satisfaga la significancia estadística, son incapaces de analizar críticamente las causas estructurales que determinan la perpetuación de estos los factores ambientales sobre los individuos, así que nuestro enfoque naturalmente busca que el sujeto los evite en lugar de confrontarlos directamente.

Si mi disertación no es suficiente, expondré un ejemplo práctico de otro de sus síntomas evidentes: el 10 de Noviembre de 2023 fue explusado violentamente del Hospital Infantil Al-Nasr todo el personal sanitario, quedando el cuidado de los pacientes a manos de un ejército cuyo propósito era precisamente su exterminio. 17 días después fueron encontrados los cadáveres descompuestos de varios neonatos, aún conectados a monitores y dispositivos médicos. Un ataque contra la niñez, contra la misión médica y contra la humanidad entera que careció de eco institucional. Como éste, miles de casos documentados de infanticidio y agresiones contra el ejercicio médico son registrados de forma sostenida, volviéndose parte de una cotidianidad envestida de un manto de hipocresía que persiste hasta el día de hoy, al mismo tiempo que las publicaciones académicas al respecto parecen inexistentes: pese a que la investigación clínica nunca se ha detenido, y a que los congresos de las sociedades médico-científicas se siguen celebrando de forma ininterrumpida.

“Madre, perdóname, madre. Éste es el camino que elegí para ayudar a las personas”, fueron unas de las últimas palabras de Refaat, paramédico. Su homicidio no es problema nuestro. En algún punto la distancia geográfica y la proximidad ideológica con sus victimarios diluyeroñ los detalles horribles de su muerte, que es asunto sólo de los Palestinos y del mismo Refaat, sepultado en una fosa común por sus asesinos. No son eventos que pueda abordar la medicina emasculada que nosotros a diario ejercemos.

 

Álvaro Jiménez Bolívar, autor
Álvaro Jiménez Bolívar, autor

 


Álvaro Jiménez Bolívar

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