Literatura
Narrativa
diciembre 2025
La desolación, por Francisco Pacheco
fragmento de la novela “La cruz y la lluvia” (2025)
Costa al este de Montevideo, 3 de julio de 1752
La bruma aún no se había alzado del todo cuando, a la mañana siguiente de que la nave fuera arrastrada por la feroz tormenta, el padre Anselmo puso pie sobre la arena húmeda de la desolada costa. Iba recorriendo las playas a caballo, junto a un grupo de vecinos. Aún llovía con fuerza, y el viento aullaba, aunque con menor intensidad.
La tormenta no amaina. El amanecer arrastra un viento salitroso: huele a algas podridas… y a muerte. La playa, sembrada de tablones astillados y jirones de velas, parece un improvisado camposanto.
La marea arrastraba restos del naufragio, como si el mar-río aún no hubiera decidido qué conservar. Trozos de madera quebrada, cuerpos abiertos con sus vientres expuestos, telas empapadas que apenas conservaban su color… y más cuerpos. Muchos de esos cadáveres estaban horriblemente mutilados.
El cura avanzaba despacio, con las faldas de la sotana enlodadas hasta las rodillas. A cada paso, un cuerpo. A cada cuerpo, un responso. Pero su voz ya no tenía fuerza.
—Requiem aeternam dona eis, Domine… —murmuraba sin fe, como quien repite por inercia una fórmula vacía.
Con las manos temblorosas, avanza entre los cadáveres que la marea ha escupido sobre la arena.
A su lado, pescadores con pañuelos atados al rostro cargan los cuerpos en parihuelas. Uno de ellos —una niña de no más de siete años, de enmarañados cabellos castaños y vestidito verde desgarrado— yace boca arriba, con los ojos muy abiertos, mirando, como implorando al cielo que no la salvó. El cura se acerca. Enseguida reconoció a Mariana, la dulce niña de la misa pasada, pero no dijo nada. En su agarrotada manita todavía sostiene su muñeca de trapo sin cabeza. Profundamente conmovido, el sacerdote se inclina para cerrarle los párpados, pero sus dedos resbalan sobre la piel fría. En aquel misericordioso acto, algo se quiebra dentro de él.
¿Qué justicia hay en que se ahoguen niñas inocentes? ¿Y si nunca hubo justicia? ¿Y si no hay nadie escuchando?
Siguió recorriendo la desolada playa. Al intuir el bulto que las olas zamarreaban, se apeó de nuevo del caballo y se acercó.
Las gaviotas chillaban desde lo alto del tormentoso cielo, y un perro flaco le disputaba un brazo a la marea. El cura se inclinó luego sobre una joven con el desfigurado rostro golpeado por las rocas, aún aferrada a un rosario. No sin esfuerzo, lo arrancó de sus dedos rígidos y fríos, y lo sostuvo ante él.
“In nomine Patris… et Filii…” murmura para sí, casi ahogado.
La sorda oración se deshace en su garganta.
¿Dónde estuvo Dios en la tormenta? ¿En el grito de los ahogados? ¿En la codicia que llenó las bodegas de ese barco de oro, y no de víveres?
Un sudor aún más frío que el clima de invierno le recorre la espalda.
—¿Esto es lo que queda, Señor? ¿Unos granos de carne, hueso y metal retorcido en medio de la arena y sus guijarros?
Algo le quemaba los ojos. No sabía si era el viento o las lágrimas.
Un hombre del pueblo se le acercó, cargando una pala.—Padre… ¿seguimos?
El religioso asintió, pero su mente estaba en otro sitio, demasiado distante.
Avanzaba la carreta rechinando por la arena húmeda, tirada a duras penas por dos bueyes exhaustos. Sobre ella, los cuerpos recogidos a lo largo de la playa yacían amontonados, uno junto o sobre otro, cubiertos con una lona pesada: un jirón de vela desgarrada, aún empapada de sangre y sal.
Cada bache en el camino hacía crujir la madera y sacudía las extremidades inertes, como si los muertos aún protestaran su desamparo. Cuando la carreta se detuvo frente al promontorio de piedras donde aguardaban el funcionario y su hijo, el silencio se espesó. Con sus cabezas bajas, muchos miraban desde lejos.
El hombre era alto y flaco, con la peluca empapada de lluvia y los labios apretados como costura. A su lado, el muchacho apenas sostenía la compostura. Uno de los vecinos, sin decir palabra, retiró con lentitud un extremo de la lona. Los cuerpos apilados quedaron al descubierto.
Bajo los restos sangrantes de una mujer obesa, allí estaba ella: Mariana, con el vestidito verde rasgado pegado al cuerpo como una segunda piel, los pies descalzos y la muñeca sin cabeza aún entre sus azules brazos. El padre cayó de rodillas. El hijo gritó. Fue un alarido animal, crudo, que rompió el murmullo de las olas y partió el aire en dos. Luego vinieron los sollozos: secos, convulsos, interminables.
—Dios mío… no, no… no puede ser… ¡Dios!! —Perdónanos, mi chiquita… perdónanos Marianita…
Desgarradora e indescriptible, la escena conmociona a todos.
Luego de un instante, juntando un valor que no tenía, le dijo a su hijo:
—Estoy acá, hijo… no estás solo.
—No mires. Quédate cuidando a Mariana —le dijo.
Darío obedeció sin hablar. Se arrodilló a su lado y le acomodó el pelo con torpeza, como solía hacer cuando jugaban y ella se enojaba.
La sintió.
Helada.
El hombre se alejó, internándose en las olas que rompían cerca, dejando a Darío sollozando sobre el cuerpecito de su hermana. A cada paso, los músculos ya no lo sostenían. Gritó al mar:
—¡Isaabeeeell!!! ¿Dónde estás?? ¿¿Adónde fuiste??
A pocos metros, los pescadores y bueyeros miraban en silencio.
Hacían como que no querían ver, pero estaban acongojados. Uno se quitó el empapado sombrero y lo apretó contra el pecho. Otro murmuró una oración apenas audible. Un tercero bajó la mirada a la arena y al barro y se santiguó sin apuro, como si supiera que Dios también estaba allí, viendo todo.
Nadie se atrevió a tocar al funcionario. Solo el padre Anselmo, a pocos trancos, cerró los ojos y apretó con fuerza el crucifijo en su mano, aunque ya no supiera con qué sentido.
Entre la bruma matinal, más a lo lejos, cree ver otras sombras moviéndose entre los restos del naufragio: no son supervivientes, sino fantasmas de su pasado.
Otro pescador le grita desde la otra punta de la orilla. Han encontrado a una mujer embarazada entre los restos, el vestido enredado en un cabo de jarcia. El cura corre hacia ella, pero cuando la voltea, la cara es la de su madre, muerta al dar a luz a su hermano. Retrocede, tropezando con un crucifijo de plata que la marea ha devuelto. Lo levanta: el Cristo está torcido, como si hubiera intentado escapar de la cruz. De su calvario.
—¿En serio, Señor, es esto lo que quieres? ¿Señor, es esto tu voluntad?¿O solo somos juguetes rotos para Ti? —le grita con rabia contenida a las aguas.
Las olas no responden. Solo arrastran hacia la playa otro cadáver: un hombre con un roído uniforme de capitán, rostro sereno y barba ensortijada. Su expresión era extrañamente calma, como si la muerte lo hubiera sorprendido en mitad de un sueño familiar. La bolsa de monedas aún atada al cinturón. La plata del Rey.
El padre rompe a reír, casi histéricamente. Un sonido que, entre el soplido del viento, se confunde con el profundo llanto.
Por primera vez en veinte años, se santigua al revés.
✠
Esa noche no durmió en la Merced, su iglesia. El sonido de las olas lo perseguía como un rezo perverso. Y en su celda, rodeado por el silencio, comenzaron a aparecer los fantasmas.
Primero, Esteban…
Lo había amado en silencio antes de tomar los hábitos. Hicieron juntos el noviciado, y lo vio de pie junto a su lecho, con los mismos ojos con los que le había suplicado que no se fuera.
Luego, su madre, rezando en la oscuridad de la casa natal, diciendo que la voluntad de Dios estaba por encima de todo. ¿Incluso de tu hijo?, quiso gritarle con rabia. Pero ya no podía. Ella había muerto hacía demasiados años.
Luego los otros…
Y después, una figura sin rostro, vestida como él, pero con las manos manchadas de sangre y las vestiduras desgarradas.
—No eres más que un hombre con miedo, un cobarde sin fe —le susurró esa voz maldita que venía desde dentro—. No has salvado a nadie. Ni siquiera a ti mismo…
El cura cayó de rodillas sobre el suelo de piedra. Apretó el rosario de la joven ahogada entre sus manos. No rezó. Solo escuchó, desde la ventana de su claustro, cómo el feroz viento y las olas seguían devolviendo almas a los guijarros.
Francisco Pacheco
Abogado, investigador marítimo y escritor
