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Narrativa
abril 2026

El huésped agónico
por Manuel Aguilar Vanegas

Para Mac…

Cuando Damián moría, también en la habitación agonizaba Dios. No hubo nada en este alboroto de mundo, ni fuerza humana ni mucho menos celestial que detuviera la agonía de los dos. Estaban solos, cada uno muriendo sin dolor en un rincón de la casa.

El cuatro de agosto la abuela casi se desmaya. Se desequilibró, por poco cae rendida y de rodillas en el arcilloso suelo del patio.  En ese atisbo de muerte tuvo el valor de decir unas cuantas palabras de arrepentimiento. Alzó la voz y dijo: – ¡Ay, Dios! ¡perdóname! ¡Señor! ¡perdona mis pecados, Padre! -. Las señoras de la casa la auxiliaron tomándola por entre los brazos y la llevaron casi en vilo hacia su habitación soleada y llena de aire puro. Allí descansó hasta que la casa se invadió de un sahumerio de hierbas para tranquilizar los nervios. Nadie sabía que ese día Dios empezaba a agonizar. De modo que sus súplicas más que un arrepentimiento fueron un presagio.

Dios había entrado a casa desde hace algunos años. Se paseaba por la sala sin ninguna preocupación y sin ningún rencor por las vírgenes de yeso, desvaídas y descascaradas, que la abuela tenía en su habitación. Nunca renegó del pasado católico de mi madre ni por la agnóstica postura de mi padre, quien se escabullía en los textos de los testigos de Jehová para retarla, para demostrarle lo raro que actuaba su huésped. Esas personas que visitaban a mi papá se hacían llamar así: testigos de Jehová. Mi madre me había dicho que así se llamaba el Creador, pero que también tenía otros nombres, uno más raro que el otro, pero en casa todos le decíamos Dios. Ella hablaba con él de madrugada, porque quizás ese era el mejor momento, cuando la voz de ese ser se oye mejor, así decía mi madre, aunque yo nunca oí esa voz por ningún lado. Mi madre insistía que estaba en casa, cada día y a cada hora incluso en donde uno menos los esperaba. De manera que a mí me pareció hasta un poco hostigosa la presencia de él dentro de la habitación. Yanis y yo dormíamos juntos. Ella decía que Dios la cuidaba, aunque Yanis, de 5 años, tampoco lo había visto. 

Por las noches, en la casa, se oía cómo las sillas mecedoras se movían en la nada, como si alguien se meciera en medio de la noche. Yanis decía que Dios se sentaba en las sillas a descansar porque estar de pie lo agotaba y que se balanceaba como ella hacía en las tardes que la abuela sacaba las sillas al porche. -él no tiene pies- le decía- Flota, pero Yanis negaba con la cabeza y decía: -Tiene, y se cansa. Quizás Yanis tenía razón, porque casi todas las noches se oían las sillas meciéndose en la oscuridad de la sala. Yo no podía dormir, pero Yanis se acurrucaba y se sentía segura cuando las sillas rechinaban meciéndose con un coordinado compás. 

Una madrugada desperté a Yanis. Yo había tenido una pesadilla. Una recurrente pesadilla, desde los cinco años había soñado con eso. En mis sueños visitaba la casa, pero no vivíamos ahí, solo los abuelos vivían entonces en casa. Y me contaban que un fantasma, un muy pequeño fantasma, se había querido robar a Damián cuando era aún un niño. Yo preguntaba si eso era verdad, si cada escena había sido verdad, pero en mis sueños nadie daba razón de nada. Cuando despertaba, Damián no era un niño, ya tenía veintitrés años, una mujer y un niño de cinco años que dormía plácidamente con sus padres en otra habitación. 

Yanis me dijo: “Dios está cuidando tu sueño”. Y dormimos esa noche sin oír a Dios mecerse en la oscura sala. 

Un día después que la abuela casi muere, la sórdida voz de Dios se rompía como fierro sobre nuestra espalda. Ese sueño recurrente, ese sueño ininteligible por fin se hacía realidad. Damián agonizaba, había vomitado sangre como si Dios le reclamara una ofrenda liquida de su breve vida. Hacia apenas dos meses había cumplido dos décadas y tres años y para Dios había sido suficiente. Había sido, y nos quedaba claro, un préstamo meritorio y se debía rendir pleitesía por esa estancia efímera que Damián había gozado. Mi padre había preguntado a Dios si algo tenía que ver con sus cuestionamientos, si era necesario y explícitamente justo retomar las plagas de Egipto, específicamente, la décima, para limar asperezas en los que ellos no concordaban. Mi madre en cambio se mostró más sumisa. Hizo llegar los hermanos de la iglesia y hablan con Dios todos los días, se formaban en círculos, se tomaban de las manos, y lloraban suplicándole a un Ser inmutable, sordo y antipático que no se molestaba por reaccionar ante nada, ni ante nadie.  

Así permanecieron por días. Yanis y yo dormíamos en la habitación de nuestros padres porque ellos se habían quedado con Damián en los días terribles que agonizaba. Mientras Yanis y yo estábamos en cama le leía cuentos para aminorar las voces que se escapaban hasta donde nosotros estábamos. Yanis se preguntaba por qué mamá lloraba cuando hablaba con Dios, y por qué mi padre se encerraba en su estudio a hablar a gritos con las paredes. 

Esos días, los días en que los dos expiraban, la casa se llenó de personas de todos lados, los vecinos, la gente que conocía a mi papá, los viejos amigos de mamá los que se referían a ella como la hermana separada, y otros desconocidos que llegaban a mediar con Dios, o a tratar de hacer llegar las súplicas de mi madre que se arrodillaba humillante ante esa presencia que solo nos daba la espalda. Mi padre fue más voluble, había días en que se doblegaba y otros en los que permanecía igual de antipático que Dios. Leía hasta ciertas horas como buscando un argumento que desestabilizara los pensamientos de esa divinidad, pero nunca halló nada, ni una frase, ni un versículo, nada. No encontró nada.  De pronto parecía encontrar algo y después cerraba ese libro como frustrado de todo, de él, de mi madre, de nosotros que esperábamos sin paz la voz de Dios que nunca se escuchó.

Una noche no oímos más la agonía de Dios. Mi madre se despertó esperanzada al día siguiente. Ese día comimos todos en casa, y Damián parecía repuesto, animoso y hasta un tanto hambriento. Yanis dijo que Dios se había ido de casa, que no se oían sus pasos ni su voz ni esa respiración que parecía un soplido de viento. Mi padre leyó más entretenido, incluso había ayudado a la abuela a sentarse a la mesa y hablaron del abuelo, de los tíos que vivían en otras zonas y de cuánto habían viajado para vivir en esta casa. Los hermanos de la iglesia visitaron a mamá y ella habló de los milagros, de lo bueno que había sido el Señor, y de lo mejor que Damián estaba. Todos llegaron a casa ese día. Querían visitar a Damián, pero la abuela dijo que Damián debía esperar, que sería mejor que descansara y que durmiera para restaurar las fuerzas. Que ella había pedido suplicante que se levantara de cama y que atendiera a su hijo y a su mujer que los esperaban ansioso todos los días. “Es verdad” me consolé mientras Yanis leía un cuento. “Dios no puede ser tan brusco”. Yanis jugó con nuestro sobrino, lo vio correr en la sala y salir al porche con la pelota que mi padre le había regalado. Es cierto – me dije – Damián no se puede ir. Tiene familia, un padre amoroso y un buen hombre.

Pero Dios no entendió eso. El diecinueve de agosto Dios se levantó de malhumor, agotado y terriblemente hostil. Ese día Dios no quería saber nada. Y menos escuchar una suplicante voz que resonaba chillona e indescifrable, no quería oír al unísono un centenar de palmas que lo celebraban. No quería nada porque ese día también Dios empezó a morir de nuevo.

Quizás uno despierta de malhumor cuando se va a morir. Ese día fue así. Aunque mi madre le suplicó y mi padre arrepentido se mostró derrotado y cada uno de nosotros puso empeño en las palabras, Dios no nos podía oír. Agonizaba, moría con Damián, moría desangrado, sin hambre, sin fe, sin miedo. Damián tenía apenas veintitrés años, era un niño cuando Dios empezó a desfallecer, y no hubo lágrima ni alma destrozada que reviviera su ánimo. Creo que mi madre quería morir con ellos, mi padre se había roto, y en mis adentro escuché romperse cada resquicio del alma. 

Dios había muerto, su mezquina voz rasgó sin piedad los rastrojos de corazones de quienes habíamos confiado en él. Había muerto y su estela fustigó a Damián. Dios no habló esa noche, esa noche parda y yerta, esa noche de extraños recuerdos, de tantas caras entristecidas y manos agarrotadas por soportar el dolor. Dios había muerto, no dejó en casa una mísera esperanza enarbolada. 

Enterramos a Damián en el viejo cementerio, junto a la tumba de los viejos parientes, cerca de la cripta de la familia Somoza, ahí donde el viento se retuerce y llora. Fue una tarde anaranjada que se fue muriendo con un velo gris oscuro. Caminamos de regreso a casa, arrastrando el dolor y con los ojos en el camino, los adoquines sintieron en cada paso un palpitar desmoronado y perpetuamente agónico.  En casa madre se desvaneció, quería morir con Damián, quería ver a la cara a Dios, pero mamá no sabía que también Dios había muerto. No sabía, que, en otro plano, al igual que aquí, un selecto grupo de seres también regresaban a casa sin un cuerpo cálido al cual abrazar. Y no lo supo nunca, porque siguió hablando con Dios en esas frías madrugadas en que solo su musitar se oía como un breve arrullo en toda la casa. Yanis ha preguntado por qué las mecedoras no se escuchan balancearse en la oscuridad. “Yanis, Dios ha muerto; murió con Damián” le digo mientras ella llora como si por dentro también el vacío la absorbiera por la ausencia de un ser finito. 

El rio del tiempo nos anegó. Nos ahogamos en tantas cosas cotidianas que pasaron; el cauce fluvial nos arrastró por nuevas grietas, nuevos dolores, nuevas caras, nuevas noches, recordándome aquellos versos de Borges: 

Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

En ese momento me di cuenta cuántas noches solitarias habíamos aprendido a vivir sin ellos. Nos acostumbramos al silencio, a la familia partida, a las muertes cercanas, a convivir con el viejo recuerdo de un Ser extinto y un hermano que se mantiene joven a pesar del tiempo. 

Hace más de veinte años que Dios murió en casa. Mi madre aún lo recuerda y de vez en cuando trata de hablar con él, como si no quisiera hacerse a la idea que ya no nos escucha, la abuela entre su demencia todavía pregunta de vez en cuando por ellos, y mi padre incluso busca entre las líneas de esos textos aquella respuesta que hubiera humillado a Dios en esos días. Yanis ya no es una niña y se ha ido de casa, cada cierto tiempo visita mis padres, la encuentro a veces frente a las sillas mecedoras observándolas y dándoles un breve balanceo, como si esperara que algo o alguien siguiera en ella. Habla con mis padres sonriente, alegre o emocionada con su nueva vida, sin embargo, cuando coincidimos en el porche trata de evadir mis ojos y desdobla la sonrisa. La voz de Damián se agotó, se fue consumiendo incluso en mis recuerdos, y nuestros padres se van consumiendo como diáfanas llamas de un dios finito. Yo aguardo en esta habitación solitaria cazando en la nostálgica noche los estertores de un Ser agónico que desfallezca conmigo. 


Manuel Aguilar Vanegas (San Marcos, Nicaragua) Sus cuentos han sido publicados en la revista Álastor literario de Nicaragua y en las revistas mexicana ESPORAS y Marabunta. Primer lugar en el concurso de cuentos “escritores noveles” en honor a Lizandro Chávez Alfaro. En 2020 participó en el encuentro internacional de narrativa contemporánea promovido por la Revista Mal de Ojo en donde también han publicado uno de sus textos.

 

Manuel Aguilar Vanegas

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