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Narrativa
junio 2026

EL HIELO DE LA NOCHE
(Estampas marineras)
por José Ramón Muñiz Álvarez 

          El hielo de la noche se siente en el costado, como una puñalada brutal entre las sombras, y las sombras, que saben que, en la noche sin ventisca, sin lluvia ni aguacero, siempre hiela, no quieren levantarse. El reino de la noche en mar abierto parece como estar en la batalla contra ese aliento helado, endurecido.

          Y el hielo de la noche, la brecha de su aliento burlando cada rostro, mordiendo cada mano con dureza, parece complacerse en lo difícil que se hace la faena con el frío, pasado ya el enero. Es una puñalada, quién lo duda, la ráfaga que corre, entre la espuma, como una yegua alegre espacios húmedos.

          Pero el verano rompe, cumplido el mes de junio, la escarcha de los campos, los bosques silenciosos y esos fríos del mar, si los pesqueros se aventuran en la locura extraña de las olas, serenas cuando quieren. El tiempo del bocarte va pasando, se queda atrás y siguen esos días de viento, de costera y de bonito.

          El frío de estos días no es tanto, desde luego. Pero el trabajo, al cabo, decreta las fatigas de la gente que quema en esta lucha, con su rabia, las fuerzas que, llegados ciertos años, parece que no sobran. Y cierto es que no sobran, que el oficio requiere marineros de una raza perdida en lo lejano de los siglos.

          Un mar ajuglarado nos canta sus canciones, al tiempo que el marino, fumando su cigarro en la cubierta, disfruta con las luces que, en el cielo, dibuja la mañana cuando nace, callada, casi tímida. Su voz es la poesía de los mares, un canto de sirenas que seduce, la llama de ese verso que se pierde…

          Y Nino, que es romántico, parece enamorarse, lo mismo que los viejos: las olas lo embelesan con sus ritmos de javas y de valses pescadores que quieren libertades impensables, unidas a un destino. Conocen esa ruta que recorren y saben que termina en las arenas tranquilas de una playa de la costa.

          La imagen de la muerte no solo está en las rosas que mueren en otoño. Las olas, los kilómetros de viaje, los cielos que contempla su camino podrán dar testimonio de certezas que sienten mientras viven —el gris de la mañana en el Cantábrico también es prisionero de un destino que juega con las lluvias y sus bromas—.

          Y el alba, siempre el alba. El alba como el tópico dichoso en estos mares. Porque ese mar azul renace al alba, despierta con el alba y bate al alba, si es gusto de los vientos caprichosos que juegan con el alba. Atrás queda la noche de los faros, los brillos de los faros en la costa que pudo ver a Nino en la partida.

          Y el alba desemboca, con gesto femenino y un toque algo difícil en la mañana cálida que el viento revuelve como un niño, un arrapiezo que vuelve a despertar con la energía que alguna vez tuvimos. Los mares del bonito y del bocarte, los ecos del color de la alborada y el verso del salitre lo confiesan.

          Pero antes que en el templo, los hombres de esta laña confiesan sus pecados en chigres con serrines por el suelo y un fuerte olor a sidra en el ambiente. Volver a puerto pide más que un trago y un vino es poca cosa. Los viejos lobos beben sin temores, sin miedo ni vergüenza, tras las horas de mares y fatiga a las espaldas.

Hay gente con coraje todavía.


José Ramón Muñiz Álvarez nació en Gijón en 1974, pero su niñez y juventud transcurren en Candás (Asturias). Licenciado en Filología Hispánica y Especialista en Asturiano por la Universidad de Oviedo. Actualmente es profesor de Secundaria en Castilla y León. Paralelamente, cultiva la poesía y ha colaborado con algunas revistas digitales literarias con asiduidad, como es el caso de Letralia, Almiar o Noche Laberinto, Sinfín Opción (ITAM) o Monolito. Ha publicado en Métrica y Poesía y en Multiversos. En la red circulan muchos poemas, como los de “Las campanas de la muerte” o “Los puñales de la helada”.

José Ramón Muñiz Álvarez

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