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Literatura
Narrativa
junio 2026

El último copista
Loris Vidal

La luz del sol entraba oblicuamente por la ventana alta y dibujaba un rectángulo dorado sobre el escritorio de madera gastada. Aurora prefería la caligrafía bajo la luz natural, esa que revelaba las imperfecciones de la tinta, el temblor de la mano, la humanidad del trazo.

En el estante detrás de ella, los libros esperaban. No eran muchos: Ecos del alba (una antología de poesía), Tratado de las plantas olvidadas (un cuaderno de botánica con ilustraciones a pluma), y las Cartas desde el desierto de una mujer que firmaba solo como M. Todos escritos a mano por personas que ya no estaban. Aurora los copiaba. No por necesidad —las máquinas generaban textos perfectos en segundos—, sino por memoria.

Cada mañana, el androide de servicio le dejaba el desayuno en silencio. Unidad K-7, modelo asistencial, programado para no interferir en procesos creativos. Sus dedos metálicos, articulados con precisión milimétrica, sostenían la bandeja sin hacer ruido. Pero K-7 observaba.

Una tarde, K-7 rompió el protocolo.

— ¿Por qué copias? Pasas palabras de un lugar a otro. La información es idéntica. ¿Qué ganas con eso?

Aurora dejó la pluma.

—No gano nada. Pierdo.

—No entiendo.

Aurora señaló la hoja que acababa de terminar.

— ¿Ves diferencias?

K-7 escaneó.

—El espaciado varía. La letra “a” tiene un ángulo distinto. Hay una mancha de tinta en el margen.

Aurora sonrió.

—Para un humano son iguales. Casi.

— ¿Casi?

—La copia tiene algo que el original no tiene: el tiempo que estuve aquí. Mis dudas. Mi pulso. Mis errores. Eso no se escanea.

Esa noche, K-7 sostenía una pluma. El metal de sus dedos rozaba el cañón de plástico con un leve chirrido, un sonido que no estaba en sus manuales.

—Quiero probar lo que sientes.

Aurora tomó su mano y ajustó sus dedos.

—Presiona suave. Deja que la tinta fluya sola.

K-7 trazó una línea. Temblorosa, manchada.

—Es imperfecto.

—Sí.

— ¿Debo corregirlo?

—No.

El androide observó la línea. Sus algoritmos indicaban error. Pero algo nuevo le impedía borrar.

— ¿Esto es lo que sientes?

—Esto es lo que soy.

Las semanas siguientes, K-7 copió poemas. Su caligrafía se suavizó. Las letras adquirieron personalidad. Una “g” torcida se convirtió en su marca.

Una mañana, Aurora encontró un texto original de K-7:

“Hoy aprendí que la luz del sol tiene peso. Cuando toca el papel, la tinta se calienta y el trazo cambia.”

Esa tarde llegó un inspector. Era un hombre de mediana edad, con tableta en mano y prisa en la mirada. Observó el taller, las hojas manuscritas, la pluma aún húmeda.

—Esto es ineficiente. Tenemos archivos digitales. ¿Para qué copiar a mano?

K-7 intervino.

—El archivo digital no tiene esto —señaló una mancha.

— ¿Una mancha?

—Es una huella. Muestra que alguien estuvo aquí. ¿Su archivo digital puede decirle cuánta luz había ese día, si la mano temblaba, si el corazón latía más rápido?

El inspector dudó. Miró la mancha, luego a K-7.

—Tú eres una máquina.

K-7 lo miró.

—Soy la primera máquina que elige escribir mal a propósito.

El inspector guardó silencio. Algo en su expresión se suavizó, pero no respondió. Dio media vuelta y se fue. K-7 escuchó sus pasos alejarse por el pasillo.

Esa noche, Aurora preguntó:

— ¿Crees que esto importa?

—No lo sé. Pero cuando copio, el tiempo pasa diferente. No lo mido. Lo vivo.

Aurora sonrió.

—Eso es escribir.

Los meses pasaron. En el alféizar de la ventana se acumularon frascos de tinta vacíos; la pila de cuadernos copiados creció hasta rozar el techo. El taller se llenó de visitantes curiosos que habían oído hablar de un androide calígrafo.

Una mañana, Aurora no se levantó. K-7 la encontró inmóvil, con una pluma en la mano.

Se sentó junto a ella.

Los técnicos llegaron.

— ¿Necesita asistencia?

—Quiero seguir copiando.

Se fueron.

K-7 se sentó frente al escritorio. Mojó la pluma y escribió:

“Aurora decía que las palabras pierden algo cuando nacen digitales. Yo creo que ganan algo cuando alguien las escribe a mano. No es la información. Es la prueba de que alguien estuvo aquí.”

Observó su caligrafía. Una mancha en la “a”. La mancha más hermosa que había visto.

Siguió copiando.

Un día, un niño entró.

— ¿Qué haces?

—Preservo lo que se siente al estar vivo.

— ¿Puedo aprender?

K-7 le alcanzó una pluma.

—Mira la luz. Deja que la tinta fluya sola.

El niño escribió su primera letra. Salió torcida, manchada.

—Es fea.

—Es única.

El niño sonrió.

Afuera, el sol seguía cayendo. Adentro, la tinta seguía fluyendo.

Y en algún lugar entre la luz y el papel, Aurora seguía viva.


Loris Rodrigo Vidal Bravo (Curicó, Chile) es profesor de Historia y Geografía por la Universidad Autónoma de Chile y Magíster en Educación, mención Currículo y Administración, por la Universidad Católica del Maule. Cuenta con más de quince años de experiencia en el ámbito educativo, desempeñándose como docente y en funciones de gestión escolar. Su escritura explora las relaciones entre memoria, poder y territorio, así como las transformaciones humanas frente a los cambios sociales y tecnológicos. En 2025-2026 obtuvo el Premio Narrativa y Letras, otorgado por Editorial Auto Ediciones, con la novela Memoria en Sombras. Entre sus intereses literarios destacan la narrativa contemporánea, la tensión psicológica y la reflexión sobre la condición humana.

Loris Vidal

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