Literatura
Columna
septiembre
APUNTES DESDE EL FIN DEL MUNDO
Por Carlos G.
Apunte sobre el fin
“El búho de Minerva sólo levanta el vuelo en el crepúsculo…”
G.W. Hegel
Nos va a llevar la chingada – dijo mi hija cuando de la nada, esperando en la fila para tramitar su pasaporte, su mamá informó que la ultraderecha alemana “llegó al poder” en el país germano. Interrumpiendo los matices que intenté hacer sobre el tema, con frustración y enojo y quizá algo de miedo disfrazado de desdén, Daena comenzó a hablar de Trump, de los conservadores y la derecha, de la “guerra en Ucrania” (la invasión rusa, precisé), la “guerra en Gaza” (el terrorismo sistemático de Israel contra dos millones de personas – precisé también), el cambio climático y “las nuevas generaciones que les vale madre todo.” Antes de poder decir más, una voz de mujer que resonó en la sala nos llamó a la ventanilla tres.
Me quedé pensando en cómo superar ese pesimismo, angustiado por la idea – que me aborda frecuentemente, dos o tres veces al día – de que mi hija sienta que “la trajimos” a un mundo al que se lo está llevando la chingada. Me quedé pensando en cómo motivarla a no “dejarnos llevar”, a no ser víctimas de la historia, a imaginar nuevos mundos, a pensar el mundo actual para intentar encausar el caos no para “salvar el mundo” – un mundo que agoniza de manera irremediable -, sino para construir uno nuevo, cómo despertar su entusiasmo para actuar y luchar y luchar y luchar tanto y de la forma que sea necesario.
Dos argumentos llegaron a mi mente, no mutuamente excluyentes. El primero de ellos una estrategia argumentativa que podría conectar directamente con su cosmovisión actual basada en ideas sobre campos energéticos, astrología, la conciencia del universo, numerología y trascendencia espiritual. En ese tenor, pensé que podría recuperar algo que ella misma me dijo recientemente: que estamos entrando en una “mutación cuántica”, que son estos tiempos tiempos de transformación.
Quizá podría abordarse el tema desde ahí, con el reto, sin embargo, de lograr trasladar o rearticular la idea de transformación espiritual desde una perspectiva egotista (de una trascendencia que se alcanza yendo más allá de lo que aparenta ser real para encontrarse uno mismo) a una transformación de la realidad, a la trascendencia del individuo hacia el cosmos, entendido como todo lo que existe, todo aquello de lo que formamos parte, hacia el planeta, hacia la comunidad de seres vivos, hacia la colectividad.
Si reconocemos que nos constituimos, vivimos y evolucionamos dentro de una realidad que no nos rodea sino que somos parte de ella, que somos entorno de aquello que concebimos como nuestro entorno, nuestra realización pasa por ser agentes activos en el devenir de esa realidad, por trascender el yo hacia el todo, hacia lo que se concibe como el afuera, una trascendencia extrovertida y no introvertida, un afirmarnos al volcarnos en la realidad en la que somos seres complejos, siempre en relación con otro y con lo otro, y no intentar afirmarnos escapando infructuosamente hacia una supuesta esencia, un yo auténtico que en realidad no existe. La angustia del fin del mundo es una angustia histérica de un sujeto que sólo sufre la realidad e intenta escapar de ella. Es necesario hacerle frente, cobrar responsabilidad frente a la existencia, la de todo, la del todo en el que somos.
Esta línea de pensamiento, que me permitiría conectar con la cosmovisión espiritual de mi hija, puede relacionarse con la segunda estrategia argumentativa, a partir de una frase de Franz Fanon – si no mal recuerdo de Los condenados de la tierra – que resonó en mi mente al pensar en la frustración y pesimismo de Daena: “cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.”
La misma palabra “generación”, derivada del latín generatio y este del griego génesis – que refieren a la noción de origen, comienzo, parto, etc. – posee ese sentido de movimiento hacia delante, de – justamente – una generación de algo nuevo. La frase de Fanon implica, primero, la “relativa opacidad”, es decir, estar en una realidad que en principio no se comprende, que no se le ve con claridad, pero que debe, segunda implicación, analizarse, ser iluminada, hacerla visible, tomar una posición y descubrir y describir entonces una misión. Hay un componente sustancialmente intelectual: la realidad debe ser pensada y comprendida, como comprendida ha de ser la misión, que – tercera implicación –
es ineludible, inexcusable, de modo que sólo hay dos opciones frente a ella: cumplirla o traicionarla.
Hoy más que nunca antes, se requiere una generación, un movimiento colectivo de grandes proporciones, de gran alcance, capaz de comprender la realidad, de revertir procesos y condiciones materiales, tendencias económicas, políticas y culturales, detener gobiernos y otros movimientos, y encauzar la historia hacia un futuro deseado, imaginable en el horizonte de la historia inmediata – porque no hay tiempo que perder.
Las generaciones de hoy enfrentamos un reto que no se había presentado a ninguna otra generación: gestionar el fin del mundo. Porque es innegable: el mundo se va a acabar – de hecho, el final llegó ya, está inscrito en el adn de la realidad actual -, pero es posible y necesario analizar de manera crítica el presente para tener claro qué mundo es el que ha de morir, qué mundo debemos destruir antes de que nos destruya y de que destruya la posibilidad de todo futuro, y soñar y luchar y construir ese nuevo mundo.
Carlos González Morales. Con formación en filosofía, ciencia política y teoría crítica, me aproximo a la realidad contemporánea interesado en detectar y analizar el (des)orden actual que opera a través de procesos y estructuras socioculturales, políticas y económicas que definen la cosmovisión de las personas y colectividades y por ende su relación con los otros y lo otro planetario.

