Literatura
Narrativa
noviembre 2026
Elvira y yo
cuento de Samaica Boem
-Buenas tardes, tome asiento, por favor.
-Buenas tardes, Doctor.
Como un sabelotodo, acomoda sus lentes como si a través de ellos te fuera a escuchar.
Lapicera en mano y un cuaderno de tapa dura sobre sus rodillas cruzadas. Vos una pobre desesperada intentando acomodar las ideas, sabiendo que sentada ahí, en ese cómodo sillón nada vas a solucionar, porque lo hecho, hecho está. Y cae la pregunta…
-¿Sabés por qué estás acá?
En un simple conjunto de palabras, tu mente se nubló y preguntás.
-¿Puede repetir la pregunta?
-Que me cuentes, ¿por qué estás acá, Simona?
-No se bien por dónde empezar, vivíamos en una casa de dos habitaciones, todo muy apretado para las dos, decidimos mudarnos a otra casa con dos habitaciones, un baño chico, igual que la cocina y un fondo mediano por decir algo.
-¿Decidimos, quiénes?
-Mi hermana y yo. ¿Puedo seguir? Quedé a cargo de esta familia cuando mis padres murieron, soy la mayor por tres años, trabajo, trabajaba, como niñera para unos extranjeros…
-¿Por qué ya no trabaja ahí?
-Si me interrumpe no puedo continuar y me pierdo en lo que iba a decir, señor Doctor.
No pude continuar cuidando de esos niños, renuncié, sólo eso. Tenía que estar más atenta a mi hermana, ella cumplió cincuenta y siete años la semana pasada, creo. Y desde que su alzheimer avanzó todo se volvió más complejo para poder dejarla sola.
Ella siempre fue demandante, autoritaria, pero con ésto todo en ella aumentó, al no poder internarla o poder pagar a alguien que esté a su cuidado, lo hago, lo hice yo. Estaba a tiempo completo a su cuidado desde hace seis años. Fue bastante fácil en un principio.
Una tarde estábamos sentadas leyendo bajo el árbol, un paraíso que nos daba una linda sombra, con fuertes ramas aunque cuando las ves parece que ya se van a caer. Así y todo es un árbol muy fuerte. Elvira se levantó para ir al baño, yo seguía afuera, cuando noté que se estaba demorando, fui hasta ella, me acerqué en silencio, la vi sentada en el piso del baño poniendo y sacando el papel higiénico dentro del inodoro, babeaba. Intenté levantarla por varios minutos pidiéndole una y otra vez que me ayudara. Elvira me gritó, me golpeó, hasta que le gané por cansancio. Pude sacarla del baño, la acosté y le di su medicación. Hubo muchos de esos tensos momentos, muchos.
-Bien, Simona, cuando eran más jóvenes, cuénteme ¿Cómo era la relación entre ustedes?
-Normal, como las de cualquier hermano, a veces bien otras más o menos. ¿Usted no tiene hermanos? Normal, una relación normal, como le dije Elvira siempre tuvo un carácter especial, digamos.
-Simona, ¿Quiere contarme específicamente qué fue lo que pasó? Usted ¿Sabe por qué está acá?
-Otra vez estaba preparando algo para almorzar, ella miraba la tele, así que me puse música en la cocina con un volumen no muy alto, a Elvira no le gustaba el ruido, me decía que la aturdía, sin embargo, ella escuchaba a todo volumen lo que fuera que mirara. Increíblemente, casi siempre terminaba haciendo lo que me pedía, esa vez también y tuve que apagar la radio.
La noche era lo mejor de nuestros momentos, o los míos ya que con la medicación que Elvira tomaba dormía bastante bien, al igual que yo. Y al otro día otra vez en pie a las seis de la mañana para tener mínimo una hora de mate tranquila.
-Simona, ¿Usted quería cuidar de su hermana o lo hacía porque no tenía otra opción?
-Como ya le dije, siempre estuve a cargo, sabía cómo hacerlo y como también le dije, era mi hermana tenía que cuidar de ella, ¿Por qué me acusa, por qué pregunta ésto?
-Simona, no la estoy acusando, tal vez si hubiera podido tener más tiempo para usted quizás…
-Doctor, amo a mi hermana, ella estaba enferma y yo la cuidaba así de simple.
-Bien, ahora usted podría decirme ¿Porqué o cómo cree que llegó hasta acá?.
-Elvira ya no podía ir conmigo hacer los mandados, pero tampoco podía dejarla libremente por la casa, como le dije, ella a veces no sabía lo que hacía. Tuve que poner un candado en la puerta de su cuarto, mientras iba a buscar su medicación o hacer los mandados. Como le decía, una vez al llegar quité el candado, cuando entré a su cuarto había roto casi todo lo que pudo y tiró toda su ropa, toda la ropa. Me llevó horas ordenar el lugar, más cocinar, bañarla y darle la medicación en los horarios que tenía que tomar, yo lo hacía todo, sola, todo.
Una noche después que Elvira se durmió, me di la ducha más larga que tuve en meses y fue ahí cuando ellos llegaron para ayudarme con algunas cosas.
-¿Qué cosas, quiénes llegaron, Simona?
-Hablamos mucho, nos reímos y lloramos, no recuerdo cuando se fueron porque me quedé dormida. Elvira comenzó a tocar el timbre, fue cuando desperté, vi la hora y salté de la cama, serían pasadas las nueve, no tenía ni su desayuno listo, ni su baño y me pasé una hora para darle las pastillas. Creo que ella se dio cuenta de todo aunque fingió no saber nada. Ellos me ayudaron a simplificar todo mientras hablábamos, tanto que casi se me pasan los fideos, había hecho un tuco como Elvira quería. Yo siempre terminaba haciendo lo que ella quería. A la tarde sentadas en el comedor mientras la veía noté en su mirada todo el desagradecimiento y el enojo que alguien puede transmitir. Me largue a llorar, ellos llegaron… disculpe.
-¿Está bien? ¿Quiénes llegaron? continué.
-Me dijeron que yo hacía mucho por ella y que ella no lo estaba valorando, que tenía que buscar la manera de que ella entendiera todo lo que dejé atrás e hice siempre pensando en ella. La tenía sentada en una silla plástica blanca, de esa manera me quedaba más práctico para bañarla, cuando moje su pelo ella me gritó, insultó, y como pudo agarró su bastón para pegarme. Ellos me ayudaron a contenerla, le pusimos una toalla en la cabeza bien apretada hasta que soltó el bastón y dejó de insultar. Me asusté porque cuando le saqué la toalla estaba cambiando el tono de su rostro, así que los miré, me enojé con ellos por eso que hicieron y les grité que se fueran.
Así fueron pasando los días y las noches, con las mismas rutinas pero ellos ya no querían irse, aunque a veces les pedía ¡por favor! que no volvieran, no querían irse, se quedaron para siempre con nosotras. Cada vez más seguido discutíamos al punto de oír quién gritaba más fuerte, un día llegué de hacer los mandados y ellos habían pintado las paredes con dibujos raros, letras y oraciones que sólo le dedicaban a Elvira.
Yo supe en ese momento que cuando yo no estaba todos ellos hablaban de mí, a veces rompían mis cosas porque Elvira los obligaba, ella les ordenaba cada cosa que fueran a hacer, como lo hacía conmigo. Esa tarde cuando ya no hacía tanto calor preparé mi mate, Elvira estaba en su siesta. En la pequeña mesa de la cocina estaba mi radio la que no quise prender para no molestarla, entre mate y mate, tarareaba una canción y apenas golpeaba con la punta de mis dedos la carpeta donde apoyé mi cenicero. Silencio, todo estaba en silencio, que no duró mucho. Elvira despertó, me llamaba a gritos e insultos y pude oír como tiraba cosas hacia la puerta de su cuarto, la escuché un buen rato, soportando entre mates. Hasta que ellos llegaron a mi, hablaban unos encima de otros, tiraron todo que estaba en la mesa y estallaron mi cenicero contra la mesada. Yo les pedí que pararan, no me escuchaban, agarraron muchos zunchos, las pastillas de ella, un cuchillo y me lo dieron.
Fuimos hasta Elvira, le atamos los pies y las manos, armamos un collar con el resto de los zunchos y lo ajustamos cada vez más, hasta que ella se calmó. Ellos dijeron que yo tenía que acabar con la situación de dominio contra ellos y contra mí, la apuñalamos muchas veces.
-Simona, ¡Simona! ¿Quiénes? ¿Usted y quién más?
-Yo soy muy fuerte, igual me obligaron a tomar las pastillas de Elvira, mientras seguía apuñalándola, ellos rayaban las paredes del cuarto con la sangre de mi hermana.
Cuando desperté ellos ya no estaban, Elvira seguramente se fue con ellos, la busqué por toda la casa y ella no estaba, mi hermana se había ido con ellos, Doctor. Ellos tenían razón, Elvira nunca fue agradecida y yo siempre hice lo que ella quería.
-Buenas tardes, tome asiento. Su nombre por favor. ¿Por qué consulta?
Simona, consulto porque hace varios meses cuido de mi hermana y quiero herramientas para poderme manejar con la situación.
-Disculpe, tengo una llamada (…) tendremos que cambiar la consulta para la próxima semana a esta misma hora la espero Simona y disculpe.
-Esta bien, doctor. Buenas tardes.
Samaica Boem es una escritora y poeta uruguaya, cuya propuesta literaria transita la narrativa introspectiva, el microrrelato y la prosa poética. Nacida en Montevideo, Uruguay, actualmente reside y desarrolla su labor creativa en la Ciudad de la Costa (Canelones). Su obra destaca por explorar los profundos contrastes de la experiencia humana, moviéndose con soltura entre la luz de la sanación emocional y la crudeza de las realidades más oscuras del ser. Trayectoria y Estilo Literario: Boem ha consolidado su carrera de forma independiente y autogestionada, creando canales de comunicación directa con su público. En sus redes sociales y espacios digitales, su propuesta se enfoca firmemente en la crudeza, la sensibilidad, el compañerismo y la construcción desde lo colectivo. Su obra publicada revela una faceta narrativa compleja, donde profundiza de manera directa en el suspenso, la violencia y la vulnerabilidad humana frente al paso del tiempo.
