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Literatura
Reseña
diciembre 2025

Presentación de Acacia de Camila Blavi
por Felipe Cussen

He tenido la oportunidad de participar en muchas presentaciones, propias y ajenas, de obras cercanas o lejanas a mis intereses, de personas que conozco mucho, poco o nada, en universidades, museos, centros culturales, librerías, bibliotecas, cines, auditorios, bares (en este mismo bar, por cierto), estaciones de trenes, patios al aire libre, subterráneos y obviamente a través de una pantalla, en espacios tranquilos y en espacios ruidosos, con apenas un par de asistentes o con hordas de fans. Siempre se repite, sin embargo, el mismo desafío: ¿cómo compartir una lectura de aquello que aún no se conoce, cómo ir más allá de una referencia oculta que sólo la autora y un par de personas más en este espacio podrán reconocer, cómo contar sin contar?

Se me ocurre comenzar por algunos detalles que me llamaron la atención, que podrían ser útiles para una primera impresión. Son, creo, elementos “morfosintácticos”, como escuchaba en las ya lejanas y frías clases matinales de gramática, hace ya muchos años. Me interesó mucho, por ejemplo, que tras la portadilla y un epígrafe de Vasili Kandinsky (que comienza así: “Nuestra alma tiene una grieta”), el primer verso corresponde a una primera persona (“he abandonado la forma que le diste       madre”) que de inmediato desaparece, para, quizás, emerger como una tercera persona. A pesar de este desdoblamiento, por momentos sí aparece una apelación en segunda persona a “madre”, pero no “mi”, “una” o “la” “madre”, sino “madre” a secas. Y sin mayúscula, tampoco. Estas omisiones de artículos, pronombres u otros conectores, así como el reemplazo de la puntación por recurrentes espacios en blanco, y el eco de algunas palabras que se repiten en cursiva, provocan cortes y confusiones en la sintaxis, como una señal que llega desde muy lejos con intermitencias. O mejor, como dice uno de sus versos: “das lecciones con tus silencios”. 

Estas opciones no corresponden a un capricho, sino a una voluntad sostenida de significar también a través de la dimensión gráfica de la escritura, como ya advertía la autora en una entrevista de 2023 respecto a su primer libro, Contaminaciones: “No hay tantos espacios de descanso, ya que buscaba generar una de sensación de ahogo. Es por eso que no hay puntuación. Ver el texto desde lo visual, que no existieran estas interrupciones de las comas y los puntos, y también tener la intención, lograda o no, no lo sé, de que las imágenes emergieran y tuvieran mayor protagonismo. En ese sentido, la intención está puesta en el ahogamiento”. 

Me permito aquí una infidencia. Cuando Camila me invitó a esta presentación, le pedí si me podía enviar también el archivo PDF de este libro anterior, que estaba seguro que tenía pero no conseguía encontrar en mi desordenadísima biblioteca. La versión que me mandó, me advirtió, tenía aún algunos últimos comentarios de la revisión con sus editores de Komorebi. Como amante del gossip filológico, no me resistí a husmear y descubrí que se referían, de manera muy precisa y argumentada, a algunas decisiones sobre la puntuación y las mayúsculas. Aunque no pueda observar esas huellas en este libro impreso, también puedo imaginar conversaciones similares con sus nuevos editores.

En Acacia, sin embargo, hay diferencias con la anterior publicación: si antes se insistía en una subjetividad y un cuerpo propios, aquí esa identidad, como señalé, se disuelve; si antes el pasaje remitía de manera explícita al sur de Chile, ahora nos sitúa en un desierto, quizás del norte o más probablemente de África. Así lo distingo al anotar y buscar nombres de animales que desconozco, como el “oryx”, un magnífico mamífero perteneciente a la familia de los antílopes, que recorre el desolado escenario de estas páginas que no sabría decidir si remiten a una especie de génesis, o un apocalipsis, o un postapocalipsis posthumano postutópico y quizás cuántos post más, en los que apenas parece sobrevivir quien “cree ser la única persona/ en ese mundo”. Sólo me atrevo a afirmar que “ese mundo” que aquí se crea pareciera formarse por una mezcla de escenas de National Geographic y de Mad Max (perdón por mis referencias de boomer), y tantas más en un continuo fundido, muchas veces borroso, en el que todos los contornos se desdibujan, y las formas, como nos dicta la voz de la narradora de este documental imaginario, “pierden significado”. En ese mundo, aprendemos también, se suceden las metamorfosis y, como si pudiéramos retroceder en la evolución, un animal terrestre se convierte en acuático: el oryx se convierte en narval.

Al releer Acacia una vez, y otra vez más, me cuesta reconocer lo ya leído. Su carácter evanescente no es sólo un motivo de la escritura, sino también su efecto, lo que pareciera confirmar la mirada de su autora, como también declaró en un diálogo reciente: “En un momento supe que este libro era como granos de arena levantados por el viento, un elevarse y retornar al suelo siempre en un lugar diferente”. En esa misma conversación con Francisca Gaete Trautmann explica también el sentido del título: “Acacia es un género de árbol bastante común, aquí en Chile lo conocemos como aromo. Yo tengo una conexión bastante íntima a nivel sensible y biográfico con ese tipo de árbol y saber que es un tipo de árbol tan corriente y presente en distintas partes del mundo me conmovió. Para mí los aromos son una vuelta a una casa”.

Debo confesar que, así como no sabía que el oryx es un tipo de antílope, tampoco tenía idea que la acacia correspondía al aromo, uno de los pocos árboles que soy capaz de identificar. Desconocía, también, si era un árbol con reminiscencias específicas, y no conseguía dilucidar el sentido de su elección para el título. Al revisar el índice del Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot descubrí, por el contrario, que su presencia emergía en varias entradas. Está presente en el Arcano decimoséptimo del Tarot, la estrella. En la vegetación de fondo se observa, junto a una rosa abierta, una rama de acacia, “emblema de la inmortalidad”. También se trata de un árbol sagrado para los egipcios, y, en la doctrina hermética, “simboliza el testamento de Hiram, que enseña que ‘hay que saber morir para revivir en la inmortalidad’”. Quisiera fijar esta última imagen como un intento de compartir esta lectura que he finalizado y que ustedes están a punto de comenzar.

Felipe Cussen

Acacia Camila Blavi. Felipe Cussen

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