Literatura
Narrativa
noviembre 2025
Perseguido
Por Marco Loschi
Guillermo salió temprano de la oficina esa tarde. Había mentido sobre sentirse enfermo. Tenía mucho en qué pensar. Últimamente estaba más nervioso, casi paranoico. Le temblaban las manos hasta para encender el cigarrillo. Se quedó en la parada de autobús junto a un par de viejitas que conversaban y un muchacho que descargaba mercancía. Guillermo se había metido en un lío gordo. Era como en las pesadillas que tenía desde hacía un par de semanas, donde alguien lo seguía.
Había quedado obnubilado por Casandra casi de inmediato: su cultura desbordante, su figura casi perfecta, su mirada salvaje, sus labios. Pasaban horas debatiendo sobre literatura rusa, sobre el cubismo y el futurismo, e incluso le había enseñado la diferencia entre música clásica y música barroca. Aquel era un amor peligroso, y allí radicaba lo fascinante: la adrenalina de lo prohibido. Lo había invitado más de una vez a las reuniones del Partido Comunista, y él había declinado sin darle mucha importancia. Intentando disfrazar su miedo de indiferencia. Le daba igual la política, pero a la dictadura esto le daba igual, porque según la lógica militar, “aves del mismo plumaje vuelan juntas”.
Había pasado por simple paranoia, de no ser porque últimamente veía rostros en la calle que cada vez resultaban más familiares. Repetitivos, en la cola de un cine, cuando volvía la vista a áreas en una calle concurrida o incluso almorzando al otro lado del salón en los cafés cerca de la oficina. Rostros ceñudos, que le espiaban por encima de los diarios, casi todos masculinos y lampiños.
Dos policías registraban los documentos de un par de tipos que andaban en moto; la calle bullía de ruido y multitud. Ahí fue cuando se dio cuenta: conocía al chico que descargaba la mercadería. Se lo había presentado Casandra en aquella fiesta. Era el que había dado un discurso sobre “recuperar el país”.
Un auto se estacionó en todo el frente de la parada de autobuses; los policías apenas lo miraron, sin dirigirle ni una palabra a pesar de que la calzada estaba recién pintada de amarillo. Entonces un hombre se bajó y se alejó caminando con paso decidido, sin volver la vista atrás. Guillermo comenzó a sentir cómo crecía aquella sensación en la boca de su estómago, como si en el fondo supiera que algo no andaba bien, algo que no podía definir. ¿Por qué la policía no había dicho nada al chofer de ese auto, si incluso él, que no manejaba, sabía que allí estaba prohibido estacionarse?
El auto explotó de repente, el olor a humo, a carne quemada, a plástico fundido, ese calor abrasador, su cara sobre el pavimento, sobre esquirlas de vidrio, gritos, sangre, dolor, la gente que corría en todas direcciones, enloquecidos. Muy a lo lejos se escuchaba una sirena.
Claro que lo seguían —pensó Guillermo antes de perder la conciencia—. Esta vez ellos habían sido más rápidos.
En esos tiempos, el gobierno no reparaba en gastos para liquidar a los enemigos del Estado, sobre todo si podía culparlos a ellos mismos por terrorismo si se les iba un poco la mano.
Marco Loschi nació en Barquisimeto, Venezuela, el 16 de diciembre de 1993. Estudió diseño gráfico en el Centro Instituto de Diseño Gráfico CIDIG. Intercalando varias disciplinas artísticas como la pintura y el teatro. En el 2018 emigró a Buenos Aires, Argentina, donde actualmente reside y trabaja en el sector publicitario como diseñador gráfico. Su interés por la literatura lo llevó a escribir y publicar varios relatos en diversas antologías como Universo de libros V (2023), Microfantasías VIII (2023) Y Otoño e invierno VIII (2023), todas en la editorial Español Diversidad literaria. Actualmente sigue escribiendo y prepara su primera novela inédita.


