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Literatura
Creación crítica
agosto 2026

Una vorágine de sentimientos: atisbos de animalidad versus humanidad
en Huracán de Javier Rodríguez. 

Por Daniela Obreque Lemus 

Su lengua veloz y ágil de pastor ovejero
Australiano rojo merlé
ha hecho un frotis
en el tejido de mis amígdalas (…)
 ¿Quién sabe adónde llevaron
Mis receptores químicos sus mensajes
o qué acogió ella de mi sistema celular
Para distinguirse a sí misma de mí
 y conectar el exterior con el interior?
Donna Haraway

 

Aunque en las últimas décadas se han multiplicado las investigaciones orientadas a demostrar la mutua dependencia entre humanos y animales, aún subsiste un paradigma antropocéntrico que reproduce la idea de la excepcionalidad humana y su supremacía sobre el mundo animal. En este contexto, la novela Huracán (2026), del escritor chileno Javier Rodríguez, resulta especialmente significativa, pues desplaza la perspectiva humana y otorga la voz narrativa a Huracán, un galgo negro con una mancha blanca en el pecho que, siendo cachorro, es entregado para saldar una deuda a un hombre malvado y cruel, ejemplo prototípico del galguero chileno. Desde esta posición, el relato invita a los lectores a aproximarse a la experiencia animal y a cuestionar las relaciones de poder que estructuran el vínculo entre humanos y animales. Así lo evidencia la reflexión del propio galgo: ¿Habrá perros que viven con dueños que los tratan distinto o yo me había portado mal y Dueño hizo lo que debía hacer? La pregunta de Huracán apunta a las acciones que el personaje de Francisco Bauer- su dueño- comete hacia él: días sin alimento, noches frías a la intemperie, hambre, golpes y violencia sostenida que, a medida que avanza el relato, nos hace replantearnos la noción de animalidad y humanidad instituida. 

Lo anterior, deja abierta una discusión que el filósofo Jacques Derrida consideró central: no si los animales hablan, razonan o producen cultura, sino si pueden sufrir. Su reflexión desestabiliza un tejido histórico que nos ha enseñado a pensarnos como los únicos portadores de la razón, la palabra, la institución y el poder, mientras confinamos a “lo animal” al territorio de lo salvaje, lo pulsional, lo grotesco o lo carente. La animalidad aparece entonces no como una condición natural, sino como una categoría construida desde la cual hemos fundado por contraste aquello que se considera propiamente humano, sin embargo, el rasgo de sufrimiento no es categorizado, sino anulado por nuestra supuesta superioridad: Huracán señala: Rodrigo me tiraba la cola, me pellizcaba el lomo, me pegaba combos cortitos en el hocico…debía aguantar para no defenderme, no le quería dar la razón…” (137)  La cita resulta particularmente significativa porque nos enfrenta a una evidencia incómoda: Huracán sufre y sabe que sufre. Recuerda cada agresión y aprende a habitar el miedo. No obstante, su dolor parece quedar suspendido en una zona gris, como si no alcanzara el mismo estatuto que el sufrimiento humano. Quizás por eso la pregunta de Derrida sigue siendo tan perturbadora; porque a partir de la misma lectura nos encargamos de responderla: si lo que distingue al humano es la razón, ¿por qué causamos daño a otros seres? ¿Dónde comienza y termina la animalidad en los seres humanos? ¿cuándo devengo animal? Tal vez esto no habita únicamente en el cuerpo de Huracán, sino también en aquellos humanos que, amparados en su supuesta superioridad, son incapaces de reconocer el dolor del otro.

A medida que vamos leyendo, somos testigos de la objetivización y, por ende, del sufrimiento de Huracán, quien es utilizado como medio para ganar dinero, compañía, sustituir un hijo, etc. Relegando a un segundo plano su constitución de ser vivo, de ser sintiente frente a su funcionalidad. Huracán escapa de un dueño maltratador, pero cae en manos de la calle: esa ruda vida que le acarrea hambre y frío, espacios inhóspitos para tratar de descansar después de largas caminatas, peligros a la vuelta de la esquina, territorios desconocidos donde el líder de la manada gana: Hasta que me pisó. No fue un pisotón inocente, involuntario. No: lo hizo a propósito, con el talón. Levantó bien alta la rodilla y bajó el pie con fuerza. Chillé y quise salir corriendo (129) Podríamos definir, en este sentido, la novela como un acto político, una cachetada de realidad para el lector que, desde la comodidad de su casa, ve pasar por fuera a los callejeros que nadie quiere: otra vez estos perros culiados me rompieron las bolsas. Vienen a dejar puras cagás estos cochinos de mierda. Si yo digo que a los vagos hay que matarlos a toos nomá (44). ¿Dónde y quién delimita la animalidad, entonces?  

 Quizás allí radique la mayor incomodidad que produce la voz de Huracán: en la imposibilidad de seguir pensando que la vida animal transcurre al margen de la nuestra. Si, como propone Haraway, nos constituimos en relación con otras especies, y si, como advierte Derridá, la pregunta fundamental es la capacidad de sufrir, entonces ya no basta con preguntarnos qué son los animales, sino qué hemos hecho con ellos y qué lugar ocupan en nuestras historias. 

Al leer esta novela pienso inevitablemente en mis propias perras adoptadas, sobre todo en la tercera de ellas, en Negri Negri Patricia, rescatada de una vida que desconozco por completo, pero que permanece inscrita en ciertos miedos que atisbo, en algunas miradas y en gestos que sobreviven a las palabras. Hay una tristeza difícil de nombrar en sus ojos y su actuar y que me permiten reconocer que muchos animales cargan con una historia similar que nunca podremos reconstruir del todo: no sabemos qué sintieron, qué perdieron o cuánto esperaron antes de ser vistos. Tal vez por eso la pregunta de Huracán resuena con tanta fuerza: porque nos enfrenta a una vulnerabilidad compartida y nos recuerda que, detrás de cada animal abandonado, regalado o maltratado, existe una vida marcada por experiencias que rara vez llegamos a conocer del todo. Sin embargo, Huracán no alcanza una verdadera redención: incluso cuando encuentra otros afectos, continúa habitado por las huellas de la violencia: aún escucha el eco de aquellas voces que le repetían perro weón, no sirves para nada y recuerda la pieza oscura donde permanecía encerrado, obligado a dormir entre sus propios desechos porque no había cumplido las expectativas de su dueño. Esa desconfianza es perenne en Huracán, lo delimita y determina como un ser que – en sus mismas palabras- sólo sirve para escapar. A pesar de todo el amor que le propina María, su última Dueña, aún no ha logrado subsanar todas sus heridas emocionales, aún no ha podido olvidar el daño que le provocaron los humanos, ha aprendido a moverse, a respirar, a vivir con desconfianza. 

En síntesis, la novela no solo interpela las fronteras entre lo humano y lo animal; también nos obliga a mirar de frente una verdad incómoda: que muchas veces son ellos quienes dependen de nuestra capacidad de responder, mientras nosotros seguimos dependiendo de su silenciosa disposición a confiar. Quizás allí resida la tragedia más profunda del vínculo entre humanos y animales: que, aun después del abandono, del hambre, del encierro y del miedo, siguen encontrando motivos para acercarse a nosotros, como si el daño recibido no hubiera sido suficiente para dejar de esperar y entregarnos sesgos de lealtad. 


Daniela Obreque, profesora de Castellano y Licenciada en Literatura por la Universidad Católica de Valparaíso. Es candidata a Magíster en Literatura Comparada por la Universidad Adolfo Ibáñez, entidad donde se desempeña como profesora de la Facultad de Artes Liberales.

 

Daniela Obreque

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