Literatura
Narrativa
agosto 2026
Devórate la vida
por Karen Benítez
Con mucha hambre tuve que comerme un dedo. El índice izquierdo. Crujía como apio podrido, pero lo tragué entero por no masticar con asco. La ansiedad me dejó la boca tan seca que me bebí un litro de mi propia sangre recién extraída del antebrazo con la uña. Estaba dulce, metálica, tibia como un reconfortante vaso de leche cortada. Pero no sació mi sed. Apenas eran las 5 a. m.
Todos corrieron al transporte público. Algunos aún cargaban el pulgar de sus hijos entre los brazos, como una última lonchera antes de la fábrica. Yo ya había empezado.
Llegaron las 8 y ya estaba frente a la computadora, esa pantalla que me mira fijo como un ojo que nunca parpadea. Con el estrés me provocaron ganas de un par de uñas, las mías, curvadas como pequeños ganchos y un mechón de pelo que comí desesperado, enganchado entre los dientes como estropajo sucio.
Las 10: hora del snack. Todos salimos al pasillo con un cigarro en la boca y una articulación en salsa roja. Yo elegí la rodilla. Pasamos la botella de 500 ml de sangre de uno a otro, como compañeros de piso compartiendo el último trago. Nadie preguntó de quién era.
Continuamos a una reunión que terminó justo a las 12 para el almuerzo. Menos mal traje mi toper con unas deliciosas tripas encebolladas, cartílago con un buen pedazo de seno para el antojo. La grasa me chorreaba por la barbilla mientras el jefe hablaba de sinergias. Lástima que no pude terminar. El almuerzo no duró más de 20 minutos. Todos volvimos a las oficinas como ovejas que escupen huesos.
Me equivoqué de archivo y a las 4 p. m. el jefe me pidió un informe para hoy mismo. No pude más. Tuve que comer, en angustia, un pedazo de estómago con páncreas. Los ácidos me quemaban la lengua, pero seguí masticando, tecleando, llorando con los ojos secos.
Ya deseaba irme, pero debo acabar.
Fueron las 6 y seguía tecleando como loco en mi portátil. Las teclas ahora tenían sabor a yema podrida. A las 7 el malestar había vuelto: ese hueco en el pecho que gruñe como un perro viejo. Lo calmé con un poco de pulmón frito, esponjoso, elástico, como masticar una esponja de cocina y un par de ojos para el hambre que me consumía. Los reventé contra el paladar y sentí cómo el humor vítreo me resbalaba por la garganta.
Ya me quedaba poco. Pero tomé otro litro de sangre, casi coagulada, con grumos que se atoraban en la campanilla. Seguí hasta acabar el informe a las 9 p. m.
Cansado, salí a casa. Otra vez debía usar el transporte público. Ese bus apestaba a sobaco, a renuncias, a cebolla cruda. Ya pocos tenían algo más que unas cuantas vísceras colgando y sus piernas para volver. Una mujer a mi lado mordisqueaba su propio bazo como si fuera una manzana. Yo no era diferente.
Pero el cansancio me obligó a beber otro litro más en el camino. Esta vez la sangre sabía a derrota, a café recalentado, a beso de domingo.
A las 11 Por fin llegué a casa. Apenas me quedaba un órgano. Pero ya qué más daba. Se iba a acabar tarde o temprano. Y resignado, me devoré mi corazón, hirviéndolo lo suficiente para ser comestible. Lo corté en rodajas finas, como si fuera un lomo ahumado. Le puse sal. Le puse pimienta. Sonreí mientras lo masticaba lento, porque por primera vez en el día algo era mío.
Llegué a la cama. Puse el despertador.
Y haría lo mismo que hice hoy. Mañana. El día siguiente de ese. Y el otro. Y el otro. Hasta que no quede de mí más que este texto pegado a las moscas.
Karen Benítez (Chiquinquirá, Boyacá, Colombia, 2005) es estudiante de Artes Plásticas y Visuales en la UPTC. Su práctica artística explora la memoria como un territorio sensible donde convergen la filosofía, la poesía y la imagen. A través de su trabajo, entiende la creación como un acto de redención, resistencia y reclamo, en el que la experiencia íntima dialoga con preguntas sobre la existencia, el tiempo y la ausencia. Su interés por la escritura atraviesa toda su producción artística, convirtiendo la palabra en un medio para habitar la memoria y construir nuevas formas de sensibilidad. Cree en el arte como un espacio para nombrar aquello que permanece oculto y para transformar la experiencia personal en una reflexión compartida. Tiene 20 años y desea que su obra, al igual que sus escritos, encuentre lectores capaces de reconocerse en ella.
