Literatura
Narrativa
julio 2026
ELLA
cuento de Mariano Zotelo
La conocí en el aeropuerto de Miami. Estábamos reunidos con todo el equipo de trabajo, compartiendo una charla informal mientras esperábamos el arribo del último pasajero: el coordinador general cuya llegada continuaba demorada. En esa espera andábamos desparramados cuando ella interrumpía, con excusas absurdas, mi conversación con Maru. Ella era su mejor amiga, se divertían intercambiando miradas y palabras que me escondían. Podía percibirse entre las dos esa atmósfera de complicidad que envidié secretamente, pero aprovechándome de aquellas interrupciones absurdas, la invadía desde el sur, con mis ojos, aunque mi objetivo por ahora era el norte.
Fue su desparpajo lo que me hipnotizó, cómo se relacionaba, cómoda, segura y social. Sus ademanes me atraían, su sonrisa me podía. Recuerdo cuestionarme si estaba teniendo la lucidez y el cuidado de no mirarla más de lo que observaba a cualquiera, debía dejar de contemplarla de una vez, sólo correr la vista un poco. Sabía que si lo conseguía, la miraba igual, de una forma más peligrosa: con la expectativa.
Un colega nos advirtió que el arribo del coordinador se estiraría más de lo previsto, así que entre todos decidimos ir a la confitería del aeropuerto a continuar la espera. Se sentó al lado mío, yo creí estar tocado por la suerte, reviví la sensación del primer beso. Y como si aquello fuera poco, me sorprendió diciendo que recordaba haberme cruzado en el aeropuerto de Perú hacía dos meses. Yo me preguntaba cómo podía ser eso posible. Es cierto que estuve en Perú, pero cómo podía recordarme y por qué me lo estaba contando. Aquello era una confesión en medio de la cual Maru la tomó de la mano, la levantó de la silla y sin más se la llevó.
Nunca voy a entender eso de las mujeres. Se sujetan y se llevan de súbito al baño, o a otro sitio en momentos claves. La odié. Cómo se atrevió a arrancarla así, cuando recién estaba aprendiendo la melodía santafesina de su voz, cuando sentía que estábamos cada vez más cerca y tan perdidos.
En la medida en que la espera se prolongaba, también mi esfuerzo por tratar de ser ocurrente y divertido. Y aunque a veces creo haberlo logrado, siempre fue mejor cruzarnos y mirarnos sin decir nada. Era estar pendiente de si andaba cerca. Era querer saber dónde estaba, con quién hablaba, si me buscaba o no, si reía. Y si lo hacía necesitaba saber por qué y sobre todo con quién: era su prisionero, y cuando no lo era quería serlo.
Comencé a tramar cómo podría estar sólo con ella, sin otras veinte personas cerca de nosotros. Qué excusa debería engendrar para llevarla a caminar, qué idea no se me estaba ocurriendo, qué jugada maestra me estaba faltando y, como si pudiera oír mis pensamientos, la veo irse hacia el freeshop. La seguí como parte de un juego, no sin antes comprobar que nadie me viera. La perseguí hasta alcanzarla y entonces fuimos protagonistas de una escena romántica y feliz: nos probamos gafas, escuchamos música, intercambiamos opiniones acerca de cualquier cosa, nos pusimos perfumes y comprobamos que teníamos demasiado en común, nos reíamos de las mismas cosas, nos reíamos de la misma nada. Cuando nos mirábamos se detenía el tiempo.
Los dos dijimos mucho, excepto confesar que estábamos hechos el uno para el otro. Ella, con la gracia que le era tan propia, distraídamente, manipulando algún objeto que no pensaba comprar y sin mirarme en lo absoluto me disparó: no sé para qué me casé.
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Era mirarnos, sonreír y escapar solos por el aeropuerto teniendo presente al tiempo transcurrido para no ausentarnos más de la cuenta. Era volver separados, reinsertarnos en el grupo y a pesar de haber estado juntos hacía instantes, rastrearnos una vez más para reiniciar el protocolo de escape. Buscábamos motivos para tocarnos, nos acariciábamos las manos escondidas debajo de alguna campera hasta que el juego se hizo cada vez más complejo. Nuestra complicidad se llevaba a cabo delante de todos, nos arriesgábamos a ser atrapados en nuestro idilio inocente, pero prohibido.
Cuando supimos que en dos horas llegaría el avión del coordinador fue caer de golpe en lo hondo de la finitud, caer al vacío. Nos dejó de importar levantar sospechas, cuidar las formas, esconder el secreto. La última hora nos envolvió en calor y adrenalina y en ese calor fluimos como adolescentes, y en esa adrenalina fuimos arrastrados por el vértigo llegando inevitablemente a un deseo puntual e incontenible. Sólo los distraídos del equipo ignoraban lo que estaba pasando, sólo unos pocos desconocían lo que se había desencadenado. Justo allí, alguien nos hizo una seña y con el grupo completo nos dirigimos hacia la sala de espera: el coordinador estaba bajando del avión.
La orden era que debíamos permanecer allí, para luego recibir instrucciones y dividirnos en los vuelos correspondientes al último tramo del viaje hacia nuestros hogares de Argentina, a Buenos Aires yo, a Santa Fe ella. Quisimos estar juntos una última vez, tocarnos, pero separaron el grupo en dos vuelos distintos. Nos alejaron de un tirón, ni siquiera pudimos despedirnos como lo hubiéramos anhelado.
De pronto, todo lo que había era un recuerdo latiendo de promesas, un deseo que parecía recién encendido, con una llama bien alta entre Buenos Aires y Santa Fe que, acaso por la distancia o tal vez por el invierno del mes de julio, se fue extinguiendo. Aquel ardor se fue enfriando y aquellas promesas, que se extraviaron en algún recodo del camino, fueron la ceniza que sale humeando de un corazón roto: el mío.
Ella, como nuestro amor, no tiene nombre. Ella fue sólo una palabra que sirvió para mencionar algo inexistente, algo que pudo ser. Pero no fue.
Mariano Zotelo. Nacido en Buenos Aires es escritor de narrativa y poesía. Es profesor nacional de música con especialidad en piano, recibido del UNA (Universidad Nacional del Arte) y su pasión por la creación lo llevaron a estudiar también armonía, contrapunto y composición. En los años 90´conoció y frecuentó a poetas como Jorge García Sabal, Joaquín O. Giannuzzi y a Olga Orozco, de quienes se nutrió en su primera etapa. Desde entonces obtuvo distinciones, menciones y premios literarios. En el año 2003 publicaron una selección de sus escritos en la revista Hablar de Poesía. Es autor de Molinos (relatos, 2025) y miembro de la SADE. Instagram: @marianozoteloescritor.
