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Literatura
Narrativa
septiembre 2026

A una cuadra del mar y no tan cerca ni tan lejos del cerro y de la laguna
por Carolina Fernández-Niño Morales

Sentir que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada
que febril la mirada, errante en las sombras,
te busca y te nombra. 

(Tango “Volver” de Carlos Gardel).

I 

Sabido es que la casa se tuvo que construir cuatro veces. Cuatro veces la hicieron porque la primera se la robaron, la segunda quedó chueca y la tercera ya se la estaban comiendo las termitas. Pero siempre fue la misma casa con la misma forma, la misma ubicación y parte de la misma historia. Y eso que comenzar a hacer la primera ya había sido una tarea muy engorrosa porque en esos años no era que hubiese grandes tiendas para comprar materiales de construcción, tenían que llevarlos desde la capital y eso se pudo hacer porque Román —como buen mecánico— tenía camión, pero más porque era irrefrenable cuando se le metía en la cabeza algo y entonces se veía con plata en la mano y le aparecían las visiones o tal vez era al revés, tenía visiones y por eso generaba billetes, porque sin ellos no se puede ir planeando ni muchos menos concretando, y él claramente era de concretar. 

Así fue como se le metió un día en la cabeza que quería salir a pasear fuera de la ciudad y con una sola y certera pregunta acudió a su ‘eñora, la de las conjeturas sabias y le preguntó: 

—¿Campo o playa? 

—Playa —respondió ella. 

Así que ligerito Román conversó por aquí y por allá, con alguno de sus clientes o amigos —que para el caso, era como lo mismo— y apareció una noche contando a su Mercedita que ya tenía conseguida una casa para ir a pasear y ella, tanto por previsora como por supersticiosa, recordó que había medio saco de sal, uno entero de harina y unos paquetes de velas, con eso estarían más que bien y al otro día muy temprano Román figuraba despertando a la niña haciendo sonar un manojo de llaves y diciendo: —Ya, arriba, arriba que nos vamos a ver el mar—. Mientras la niña se ponía en pie, su gigante y redondo papá cargaba el camión con los imprescindibles: un par de bidones con bencina, unas garrafas de vino, la radio a pilas para escuchar sus tangos y una caja de herramientas, mientras la ‘eñora iba tras de él echando frazadas, la tetera, cuchillos, manteca, paños de cocina y la lámpara a parafina porque nunca se sabe. Y listo, despuntando el amanecer le ponían candado al taller y hasta con el perro dentro del camión, partían rumbo a la playa. 

No importaba si el camino era de tierra ni si las cuestas eran empinadas pues Román se iba cantando mientras manejaba, el paisaje les parecía bonito y se detenían en el camino a comprar un cajón de tomates, un saco de papas, melones, duraznos y una bandeja de huevos. Con el mapa mental que le había explicado su amigo o cliente, Román manejaba hasta la dichosa casa que estaba en un altito y tenía vista al mar y entonces, como ya era pasado el mediodía, le daba sed y se empezaba a mandar el vino con fruta mientras la ‘eñora cocinaba y amasaba. Ya para la puesta de sol, con el agua dentro del bote y la radio aun sonando, Román se percataba de lo mucho que le gustaba el mar así que ese viaje lo siguieron repitiendo, pero no tantas veces, porque ligerito el gusto dulce del arreglado viendo la puesta de sol despertó en él una nueva visión que se manifestó concretamente: —¿Cómo nos veríamos con esta casa para nosotros? —le dijo a la ‘eñora, su Mercedita. 

—Mejor compramos un terreno y construimos una casa en el suelo plano —respondió ella con sus conjeturas sabias y supersticiosas.  

Con una nueva visión entre ceja y ceja, Román trabajó día a día con las manos aceitadas y el humor fresco de verse rodeado siempre de gente y de pegas que generaban movimientos financieros de compras, ventas, adelantos, trueques y pagos en mercadería; costumbres propias del barrio comercial y del Chile de antaño. Así es que un día fácil aparecía ante su Mercedita con harta carne fresca recién traída por sus clientes del Matadero Franklin y otro día con joyas de oro, porque bien sabido es que el oro siempre es una inversión y otras cuantas noches llegaba con vino y con los músicos —también del barrio Matadero— y se amanecían cantando tangos, cuecas y valses a punta de acordeón y guitarra mientras su Mercedita se las ingeniaba para cocinar y atender a los hombres. Hasta que volvían las visiones familiares y las condiciones eran óptimas para subirse nuevamente al camión con la tarea de pasear y buscar terreno. Así fue que pronto dieron con uno que les gustó por lo quitado de bulla. Román ya iba a sacar el turrón de billetes para negociar cuando su ‘eñora de conjeturas sabias intervino: 

—¿Para qué tan pegado a la playa? 

Ciertamente, el fantasma de las marejadas y de los maremotos siempre fue, siempre siguió y sigue siendo una realidad en el terruño costero de esta angosta y larga faja de tierra y, más cotidianamente, sabido es que los zancudos asolan con más picardía cerca del mar, cerca de las lagunas y cerca de los bosques. Así que escogieron un terreno que estuviese a medio camino de todas esas posibilidades: a una cuadra del mar y no tan cerca ni tan lejos del cerro y de la laguna.

En la medida que aparecían los billetes, aparecían también los contactos del amigo del amigo que tenía un dato para comprar las maderas, el cemento y así las adquisiciones iban llenando el camión y entonces, vuelta a partir una mañana de amanecida con los materiales y artefactos para la cocina y el baño, atiborrando de tal modo el camión que después no tenía cómo subir las cuestas de tanto peso que llevaba y entre que el motor se recalentaba, Román prefería hacer el camino largo que se supone era más plano y mandaba a la familia nuclear, al Terri y a la parentela a bajarse para alivianar la carga y entonces iban caminando al lado de la máquina rebosante, todos bien lento, pero seguros, paso a paso y recogiendo bonitas piedras que podrían servirles para la casa nueva. Efectivamente la parentela iba también como mano de obra, claro, ahí todos los monos bailaban al compás de algún amigo que decía saber algo de construcción y aprovechando la luz del día trabajaban en equipo. 

Ha de ser porque la desconfianza humana no era lo que primaba en el corazón de Román, ni menos en el de su ‘eñora, que jamás dudaron en volver tranquilos a la capital, siempre con la dicha de haber avanzado en la construcción de la casa y de haberla habitado sorteando los zancudos y el frío que se colaba cuando aún no tenía vidrios en las ventanas. Con la tranquilidad de que estaba el pozo hecho y que habiendo encontrado agua dulce a pocos metros del suelo, nada podía salir mal, volvían con el camión vacío a retomar la vida de ciudad a generar platita porque a Román se le había metido en la cabeza que quería comprar una mesa bien grande en donde cupiera un choclón de gente y también quería encargar las mejores baldosas para que la casa bien grande se pudiera barrer con facilidad. 

Pero es un soplo la vida, la muerte llega cuando nadie la invita y una noche a Román se le ocurrió morirse, así sin más, con la vida apenas rondando una cuarta en décadas, con una hija chica, una ‘eñora oficial, otros cuantos hijos, más algunas queridas, un perro, además de una casa a medio construir. Tal vez no se le ocurrió morirse, pero fue lo que pasó, porque le vino un ataque al corazón, aunque no hay que ser mayormente inquisitivo para suponer que puede que lo haya previsto en sus visiones porque había comprado ya un hoyo en el cementerio y porque sabido era que el doctor le había dicho que si seguía tomando a ese ritmo se iba a morir pronto y entonces él se había chantado cuando la niña nació, pero parece que fue cuando ganó la Revolución que su amigo Pepito lo invitó a brindar bebiendo cuba libre y ahí empezó nuevamente con el destilado, el añejado, el fermentado y el enguindado así que cuando comenzó a gobernar el General a punta de miedo y balazos, ya estaba finado Román, ni alcanzó a disfrutar de los atardeceres que quería ver en la playa y tampoco estuvo presente para presenciar cuando la primera casa fue desmantelada por los ladrones en una de esas semanas de ausencia. Tal vez, fue justamente porque él se había muerto que se la robaron ya que evidentemente se distanciaron las idas a la playa, pues no había quien manejara el camión.

Y bueno, de esa primera época quedó la mesa grande comprada y el panorama de caminar al estero que desemboca en la laguna para buscar renacuajos y echarlos al pozo, también quedaron algunas reliquias que se salvaron del robo, como las sillas, bancas, una mesa y las pirongas metálicas que alcanzó a hacer Román usando sus habilidades de soldador y carpintero. Quedó también la desolación de sus mujeres y hasta la del perro que no quería bajarse del camión vacío.

II

Fue difícil superar esa primera etapa en que Román más encima se aparecía como fantasma, muy campante por el taller mecánico, por la casa, por el barrio y obviamente por la casa de la playa. Tan campante que no comprendió su propia muerte negándose a desaparecer de la vida de sus mujeres y se les aparecía sonriente como haciendo bromas desde el otro mundo. Claramente fue complejo ese duelo porque mucho deviene cuando un patriarca muere tempranamente y su ‘eñora bien tuvo que encarar la situación que las cartas de la baraja española ya le habían anunciado con fatal realidad semanas antes del trágico suceso. 

Vinieron épocas muy duras en que, de hecho, mermó la sal en el hogar y con la urgencia de vivir un luto desolador se vio postergado el acto de rehacer la casa de la playa, aunque por increíble que parezca, ese lugar fue también el horizonte, el salvavidas y el sagrado rosario que hizo que la ‘eñora que Román llamaba Mercedita, dejara de ser eso: la esposa que había aguantado de todo a la sombra de un marido que la llamaba con el nombre de una de sus antiguas queridas. Pues bien, después de bastante llanto de la madre y de la hija, la mujer soltó su pesado cabello negro y decidió cortárselo, ya no estaba el hombre que no la dejaba hacerlo y guardando, de todos modos, un luto riguroso en lo afectivo, experimentó un renacer en lo social y familiar puesto que fue ella quien tomó la riendas de construir la casa por segunda vez. Así se puso de pie la señora Leo que tenía nombre propio y empezó a usarlo junto con su cabello corto, sí, la señora Leo, viuda de Román, se las rebuscó con su hija para pesquisar los negocios del marido y reanudar los planes trazados aunque las circunstancias familiares, económicas e inclusive políticas hubiesen cambiado abismalmente. 

Tamaña tarea venir a edificar en la playa cuando ni buses llegaban al litoral, cuando ni la luz eléctrica alumbraba por esos lados y cuando las arcas monetarias se vaciaban pagando deudas y cobrando tratos que el finado había firmado sólo de palabra. A veces los amigos de los amigos desconocen los acuerdos porque bien sabido es que las palabras se las lleva el viento y cuando de pagar se trata, desaparecen rápidamente los clientes y los amigos que, para el caso, son lo mismo. Pero la señora Leo se empeñó en hacer valer algunos tratos y con la memoria prodigiosa de la hija que era quien había acompañado a Román a hacer tantos menesteres, consiguieron, por ejemplo, las dichosas baldosas para la casa de la playa.

No más pudo, la señora Leo, echó a andar con mayor fuerza la Singer de pedal para generar más ingresos cociendo y, juntando pesito a pesito, decidió rehacer la casa buscando un maestro en esos parajes donde se encontraban solo por el boca a boca, igual que se arrendaba una micro entre vecinos para llegar a la playa en diciembre y devolverse en marzo. Una vez encontrado el maestro hubo que estar ahí porque ya había aprendido de la experiencia y lo que sucede cuando la casa queda sola mucho tiempo así que la señora Leo, bien pasó las mañanas y tardes aprovechando la estadía para generar platita haciendo pan amasado, horneándolo dentro de un tarro en el patio de la casa y vendiéndolo diariamente entre la naciente comunidad del balneario. Así como otras mujeres lavaban ropa, ella también paraba el hogar con sus manos. 

Lástima que el maestro se murió y no se le pudo reclamar porque la casa le quedó chueca y evidencia de ello era que las puertas no cerraban aunque era cosa de mirarla desde fuera o entrar para, de inmediato, sentir el desequilibrio porque definitivamente la casa no cuadraba y que conste que no fue por obra y gracia de la naturaleza —que hubiese sido plausible— sino por obra humana, porque resulta que el maestro constructor parece que empinaba demasiado el codo mientras trabajaba o bien porque no nivelaron lo suficiente el terreno antes de construir o tal vez no rellenaron el radier como correspondía hacerlo. Quién sabe. Y fue una lástima también porque el maestro era amable y murió de manera trágica, pero tampoco sobraba el tiempo como para sentarse a llorar. Así que hubo que seguir horneando pan y trabajando en equipo para parar la casa otra vez y dejarla derecha. Fue tamaña tarea rellenar con bolones gigantes los cimientos, pero se logró bien el cometido, prueba de ello es que esa casa duró varias décadas.

Además de las antediluvianas leyendas tejidas del pasado y narradas de generación en generación, de esa tercera casa se conserva el coral qué quién sabe quién trajo de la playa y las costumbres que implantó la señora Leo, por ejemplo, la de no desperdiciar jamás nunca algo: las miguitas de pan dejárselas a los pajaritos para que pasen a alimentarse y la fruta madura reservarla para el “arreglado” que preparaba con vino blanco y servía de tentempié. Se conservaron también los cardenales colindando el terreno, los innumerables pañitos tejidos a crochet cubriendo las mesitas, la costumbre de jugar escoba en la tarde y Lota en el trasnoche usando porotos y conchitas para marcar los números, las cortinas de tela pintadas con flores hechas con moldes de papas crudas, los sacos de harina convertidos en sábanas así como las innumerables piezas cuadradas y rectangulares de lana con colores variados e irregulares tejidas con punto correteado o revés derecho que en su conjunto formaban las frazadas que tejía la señora Leo para abrigar el hogar que fue acogiendo a la familia, porque ella se tomó en serio lo de tener casa en la playa y usando su generosidad innata y católica, convidó a sus hermanas, sobrinas, sobrinos y, cómo no, a su padre, ese gigante viejo y medio sordo a que disfrutaran también de esos parajes costeros. Todo ese familión que había estado distanciado mientras Román vivía.

Con la casa por fin edificada, con la transparente y dulce agua del pozo que sacaban de la noria con un balde atado a un cordelito, hasta con la luz eléctrica que llegó a reemplazar las lámparas de parafina; ya fue tiempo de disfrutar las riquezas del entorno y sobre todo lo más evidente que era la playa, es decir, ponerse traje de baño e ir a la arena, usar la jornada de sol para mojarse las patitas en el mar o en la laguna, pero entonces sucedía que lejos de cualquier obviedad, la señora Leo permanecía dentro, aun con el calor sofocante que anidaba la casa construida con exiguas ventanas y sin aislantes, como haciendo caso omiso al calor, se la pasaba horneando pan, queques de manzana, a lo más salía de vez en cuanto para ir a tomar té a la casa de alguna de sus amigas del balneario o simplemente vivía una vejez prematura, pero no bajaba a la playa aunque nada más le quedara a una cuadra de distancia, ni siquiera se asomaba a mirar el mar de lejos, jamás se le vio usando traje de baño ni chalas, es más, jamás se le vio sin medias y sin una falda o vestido que como mínimo le llegara a media pantorrilla. Por algún extraño motivo, la señora Leo parece que se había habituado a estar permanentemente arreglando el hogar o bien desde dentro era que lo disfrutaba mientras el resto de los asistentes salía a pasear, como suele suceder cuando la playa queda a solamente a un avemaría caminando. 

Pero bueno, hubo quienes sí disfrutaron de la bendecida geografía litoral. El padre de Doña Leo, por ejemplo, aquel gigante viudo y vetusto que dicen que fue uno de los que más gozó en esas épocas puesto que caminaba, toalla en mano, hacia la playa escondida, buscando parajes desolados y ahí se desnudaba para tomar el sol y bañarse como Dios lo trajo al mundo hasta que lo despabilada el frío o el hambre porque del qué dirán, ni hablar, no existía en su conveniente sordera. Pero de la señora Leo, ni señas. No hay mayores registros ni recuerdos de ella fuera de la casa, tal vez iba una que otra vez a comprar donde el casero de la verdulería y otras cuantas iba al quiosco de la señora Doris que le intercambiaba las revistas que traían las novelas de Corín Tellado. 

En cambio, sí abundan los registros del sabor de los queques de manzana o de duraznos preparados por la mano dulce de la señora Leo, también de los calzones rotos espolvoreados con azúcar flor y cómo no, abundan las fuentes directas e indirectas que relatan cómo habitaba con deleite su habitación, esa, la única habitación de la casa que tenía piso de madera por enfática solicitud de ella misma y que, tendida en su catre con somier metálico y con un colchón de lana de dos partes más duro que la soledad, leía las novelas de amores fatídicos y solo interrumpía esa apacible tranquilidad estival cuando alguien golpeaba su puerta y solicitaba sus sabios consejos, entonces ahí, ella, se sentaba, ponía una manta tejida sobre el catre, sacaba el naipe envuelto en paños y desafiaba los designios católicos tirando las cartas de la baraja española para adivinar el futuro y propiciar sus sabias conjeturas. 

III

La casa mantuvo su forma definitiva en la medida que la familia se incrementó perentoriamente, pues Marita, la hija, creció y también se tomó en serio lo de tener casa en la playa y con la generosidad heredada, por lado paterno y por lado materno, sumó a sus amistades a los veraneos, entonces aparecieron más sobrinas e hijos putativos que fueron acogidos por la señora Leo para nunca dejarles. Parece que las familias pequeñas tienen como destino convertirse en grandes cuando sus integrantes no hacen diferencias entre parentela y amistades. Así fue como a esa casa llegaban los hijos de Román y llegaban también los hijos y las hijas que la señora Leo fue adoptando en vida porque si bien nunca dejó de guardar el luto afectivo, sí mantuvo su corazón abierto a la maternidad adoptiva a lo largo de su vida. 

Tal vez fue por cosa de tiempo, de las modernidades y de la ley de la vida que la señora Leo se la había pasado horneando preparaciones dulces y cosiendo telas, su hija la Marita poco y nada hacía esos menesteres y más prefería el tejido a palillo y la cocina salada. Y si su madre no paraba nunca de amasar y no tocaba la arena y menos el mar; ella, en cambio, aprovechaba la playa diariamente hasta que la arena se enfriaba y el sol empezaba a posar para la foto, entonces ya había mandado a quien estuviese veraneando en ese momento en la casa, a hacer la fila de la panadería para alcanzar pan para la once. 

Así, en cosa de un abrir y cerrar de ojos y porque es un soplo la vida, la casa de la playa figuraba con nietas y nietos, porque ya la Marita estaba grande, se casó y prontamente se convirtió en madre, entonces la señora Leo pasó a ser la suegra de un yerno que más encima tenía varios hermanos chicos, hermana, mamá y amistades, entonces, la casa siempre se vio atiborrada verano a verano y, en consecuencia, la mesa grande que el difunto premeditó, efectivamente fue ocupada en plenitud porque en materia de cálculos matemáticos, la señora Leo al igual que la Marita siempre fueron optimistas sobre todo al momento de contar cuántas bocas podían alimentar con el fuego de su cocina y cuántas personas podía alojar la casa. Por eso es que tamaña fue la felicidad cuando comenzaron a transitar los buses hacia esos aislados lugares y entonces, al mediodía y al atardecer, llegaba el de la capital que, como se daba una vuelta por el balneario, permitía a las visitas llegar casi hasta la puerta de la casa. 

Por esos tiempos, el panorama matutino de los menores, era ver pasar el bus y esperar que algún familiar llegase de sorpresa, también salir a caminar a la laguna, a las rocas o al cerro y, por acuerdo tácito, dejaban el mar para después de almuerzo puesto que la playa era el obligado diario del choclón completo. La señora Leo que, ya sabemos, no bajaba a la playa, pensaba en los que sí lo hacían y diariamente sacaba agua del pozo con el balde, llenaba las pirongas y las dejaba sobre la noria para que el agua se entibiara con la luz del sol, así los niños y las niñas tendrían agua templada para baldearse atrás de la casa. 

De esta etapa, también fundamental de la casa, se mantiene la tradición de pintarla con colores vivos, ya fuese verde agua o turquesa para entonar con el mar y la alegría del hogar, de esta protohistoria data también la costumbre de ir de vez en cuando a regar el coral con agua de mar, así como de traer conchitas de la playa, amontonarlas dentro de las garrafas gigantes de antaño y seguir seleccionando las mejores para usarlas como fichas en la institucionalizada Lota familiar del trasnoche. 

Dicen que fue en esos antiguos tiempos, cuando abundaban aún los zancudos y las arañas pollito vivían libres, cuando las lagartijas tomaban el sol sobre el cierre encementado del terreno de la casa, los cielos eran aún estrellados, las noches más largas, los apagones de luz más frecuentes; esa época remota en que los cerros no tenían dueños, cuando había terrenos baldíos poblados únicamente por las docas y las malezas que en primavera parecían manzanillas y en verano no eran más que cadáveres color tierra; cuando los carros alegóricos enfiestaban el verano, cuando no llegaba aún el cemento a las calles, la radio con suerte tenía señal para agarrar las radios locales y para que la señora Doris vendiera pasajes de bus; cuando había que hacer fila para hablar por el único teléfono público que había en el balneario, cuando jugar taca-taca era lo más emocionante del verano, cuando la televisión no más pillaba un canal, pero la antena improvisada permitía ver El Festival de Viña o al menos oírlo. Era en ese entonces, cuando la vida no todo tenía una etiqueta con precio y aun se usaba plata de papel moneda para pagar. Sí, en esos tiempos remotos de antaño, se dice por tradición oral —porque de registros fotográficos hay carestía— que abundaban las machas, los caracoles y las jaibas en la playa entonces se mariscaba bailando twist para llegar a la casa a preparar menjunjes aliñados con limón, pimienta, sal y mayo casera mientras se amenizaba con el “arregladito” o con un melón rellenado infinitas veces con vino blanco.

Los comensales nuevos se fueron mezclando con los antiguos que visitaban la casa pues los nietos y las nietas de la señora Leo crecieron y también se tomaron en serio lo de tener casa en la playa y con la generosidad heredada por lado paterno y por lado materno, también sumaron a sus amistades a los veraneos aunque fuese para alojar en carpas, entonces aparecieron más sobrinas e hijos putativos que fueron acogidos por la Marita, la señora Leo y su yerno querido. 

Pero como ya se ha mostrado en los anales de la historia, es un soplo la vida y sabido es que el tiempo pasa como un suspiro, la muerte llega sin que la inviten y fue así como la señora Leo falleció habiendo terminado de preparar su compacto bolso de cuero para ir a la playa unas vacaciones de invierno. Porque dado que la casa ya contaba con estufa a gas y el trayecto desde la ciudad ya estaba completamente pavimentado, se podía ir inclusive en invierno. Sin embargo, ese año la fundadora no tenía la mismas ganas del ayer, con el paso del tiempo sus amigas de la playa habían fallecido y entonces no contaba con el mismo entusiasmo por viajar, pero sus nietos y nietas le habían insistido, entonces ella —con su inigualable capacidad para doblegarse ante las insistencias de su nietos y nietas que aún percibía como guaguas— había aceptado y entonces empacó el naipe español plastificado, el echarpe y la charlina. La Marita con su marido la pasarían a buscar en auto esa mañana que no vivió nunca porque fue la noche anterior que la señora Leo partió de este mundo. 

La señora Leo que había evitado la muerte un par de décadas antes, allá por los tiempos en que el General dejó de gobernar —más nunca de influir— esa época en que aparecieron los gigantes de concreto, quienes con sus liquidaciones empezaban a dominar las ciudades y ya primaba, entonces, la costumbre instaurada de la Marita de encerar el piso bien rojo de la casa de la playa, para que no se distinguiese si era baldosa o cemento, siempre al compás de la radio con música en castellano que sentenciara también el expreso dictamen de la heredera. Fue ahí cuando sucedió que la señora Leo —según lo que ella misma recordaba tiempo más tarde mientras rezaba el rosario acostada en la cama que le improvisaron en la salita— se había negado a morir o tal vez murió un rato corto, pues salida del quirófano con una placa metálica en el cráneo, medio labio, una ceja y un ojo caídos producto de la parálisis facial que le provocó la extirpación de un tumor cerebral, tenía mucha claridad y toda la certeza de que había evadido la muerte, y contaba que habiendo transitado hacia el más allá y habiendo visto el camino hacia el cielo, no había querido seguir la luz brillante pese a que su padre, su madre y Román la esperaban del otro lado. 

Ella, la señora Leo, la que desafió la vida y desafió también al destino y a la muerte con su sabiduría ancestral, con su lecho fecundo y con su perseverancia de hormiga, no había querido morir en una operación que tenía muchas probabilidades de ser letal, pero, esa noche cuando sí lo hizo, veinticinco años después, murió llevándose consigo y con todo el calor y color del fuego, el taller mecánico de Román, así como todo lo que de él aún se conservaba dentro de ella y de esa casa, de la casa efímera de la capital que quedó reducida a escombros, pero regada de dulces dorados que brillaban sobre las cenizas, porque hay que decir que esa casa citadina fue efímera, pero, en cambio, la casa que está a una cuadra del mar y no tan cerca ni tan lejos del cerro y de la laguna, es una casa eterna. 

Pero hasta las casas eternas pueden ser devoradas por las termitas y con el balde de la noria oxidándose, los nuevos tiempos avisaban que había objetos que estaban perdiendo protagonismo diario dentro de la casa de colores. Bien sabía el yerno y sobre todo el hijo grande de la Marita —que no solo se parece a Román en el temple, en el sentido del humor y en las manos, sino que también en lo determinado— que el acero inoxidable tiene bondades implacables y tal vez por eso empezó a tener visiones de una casa reparada del ataque de los años y empujó a su madre, a su padre y a sus hermanas a rehacerla para mirar los nuevos tiempos. Tamaña encrucijada la de la Marita siempre asolada entre mantener un pie en el pasado nostálgico heredado por el amor a su madre y a su padre y el otro pie en la alegría de vivir mirando el porvenir como un futuro siempre esplendoroso. 

Así que hubo que echar a andar la democracia familiar, hacer concesiones propias del cuoteo político mediante múltiples triunviratos y asambleas forjadas en las sobremesas de la mesa gigante, esa mesa gigante y vetusta que siempre ha estado cubierta por algún mantel de hule floreado. Allí, los acuerdos familiares se solventaron en un intransable de la Marita: la nueva casa debe ser, por siempre, la antigua. Pero con un baño más porque ya basta de hacer fila para ocuparlo. Con ventanales grandes, porque esa costumbre colonial de la poca luz hacía que el encandilamiento fuera frecuente al salir de la casa y en contraste, el enceguecimiento normal al habitarla llegando de la calle. Y pues bien, vendría bien hacerse cargo de la terraza de una vez por todas porque los asados eran cosa muy frecuente en esa tercera etapa de la casa y también había que enfrentar el tema del techo porque los materiales de construcción de antaño hasta silicosis producían y, por cierto, que sería más fácil rehacer todo con algo que no fuese tablas de madera por el posible ataque de las termitas, pero ¿cómo sería la casa de playa sin tablas de madera? Mejor madera y listo. Pero con un sistema eléctrico más moderno que el de tubos y con conexión al alcantarillado para aprovechar las comodidades de la modernidad. 

Así pues, entre los atisbos de la democracia familiar y la persistente plutocracia aristocrática emanada de los dictámenes locuaces de la Marita, es que se planificó la nueva casa, la casa que se defendería de las termitas y el maestro Bigotes fue el elegido para rehacerla, aunque este quería echar abajo todo para construir de nuevo y en alto sugiriendo volver a mirar el mar, ahora tapado por los pinos del vecino de enfrente —y hay que decir con toda indiscreción que hubo quienes estuvieron de acuerdo con el maestro Bigotes que además sentenciaba que la casa aún estaba “un poco chueca”—, pero la orden de la matriarca era dictatorial en esa materia: debía ser siempre la misma casa, con la misma forma, con la misma ubicación y siempre sobre el suelo plano como quería su madre y sobre los cimientos que las antiguas generaciones forjaron años atrás. 

La familia extendida, es decir, incluyendo a los hijos e hijas de los hijos de quienes fueron fundacionales, quienes conocían a la Marita desde que usaba chupete y que conocían a la señora Leo desde antes de regresar de su casi primera muerte y hasta algunas y algunos que conocieron a Román en la época del camión que transitaba por los caminos de tierra; todos y todas, estuvieron felices con el mejoramiento de la casa y su extensión hacia el terreno que tantos años llevaba vacío al lado de la ventana de la habitación con piso de madera, porque así podrían pasar allí más tiempo con sus nuevas generaciones. Así fue, así es y sigue siendo, pero las postrimerías de la casa de colores alegres son inciertas porque no se puede hacer historia contrafactual ni existe multiverso posible aún, pero de que es un soplo la vida, no cabe duda y de que la casa se ha construido cuatro veces, claro, de eso tampoco hay duda, porque la primera se la robaron, la segunda quedó chueca y la tercera ya se la estaban comiendo las termita


Carolina Fernández-Niño Morales es historiadora y profesora. Desde el 2025 se dedica a la locución y producción del programa radial “Cuecas todo el año”.

Carolina Fernández-Niño Morales

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