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Literatura
Narrativa
octubre 2026

De madrugada en autobús
por Julio Salinas Lombard

—quería decírtelo yo mismo, pero…

Ante la telarañosa indecisión de leer o seguir pensando, Vania optó por la revista. El autobús acababa de pasar la caseta de cobro de Torreón. Era de noche y hacía frío. Se detuvo en el tercer párrafo del artículo, ahí donde creyó haber leído tetas; la palabra es, para ella y para muchas otras personas, incorrecta. No rimaba, además, con el espíritu de la revista. 

—quiero decírtelo a los ojos…

Recordó aquella idea de Rigoberto, muy amigo, por cierto, de Luis (y esta asociación la hizo sentir miserable), de añadir una cláusula en el contrato para que el autor usara un imaginario software que registraría todo el proceso de escritura de la obra, sea cuento, novela o poema, de manera que, al final, pudiera venderse como experiencia de lectura. Así, recuerda que dijo el buen Rigoberto, el lector conocería las tripas de la creación de la novela, podría seguir el ímpetu creativo y correctivo, el uso de ciertas palabras, la omisión de otras, las pausas. Pobre. No me imagino leyendo una novela que duda de sí misma, pensó Vania; además, sería insoportable leer una historia que fue corregida durante cinco, siete, diez años antes de ser publicada. Ningún fast-forward sería suficiente para hacer tolerable esa caravana de indecisiones. La duda, como alguna vez sentenció Edelmira, su bisabuela, es un pretexto para los vicios. Quiso regresar a la lectura de su revista, pero

—lo que te dijo Jimena ni nada de eso, nada, nada…

Se apresuró a contestar una pregunta que se apresuró a hacerse: ¿Por qué compré esta revista? La oferta era limitada. Supuso, además, que la idea de Rigoberto podría aplicarse a los editores y redactores de esa y muchas otras revistas, y que el resultado sería invariable: la primera versión, la que quedó sepultada tras tanta corrección, sería la mejor o la menos mala. El producto final es deprimente, dijo en voz alta, y luego añadió, pero solo para sí misma: ¿a esto le llaman una lectura agradable? Ja.

—hazme caso, por favor, por lo menos déjame explicarte, dame la oportunidad de darte mi versión de los hechos…

Tras titubear distraídamente, volvió a entrever la palabra tetas; cerró los ojos y jugó a adivinar la palabra que había confundido con esta (le parecía absurdo que la palabra tetas apareciera en la crónica de una alpinista): tretas, macetas, mesetas, pesetas… ¿Y si fuera un error que consiguió pasar la no muy ardua revisión de los correctores? La palabra tetas, entonces (dijo en voz baja, casi inaudible), es una palabra heroica. Subversiva. Una moneda de oro en un charco de aguas negras. Habrá que subrayarla o, mejor, decirla en voz alta, gritarla.

—quiero decirte que Jimena dijo mentiras y que, por favor, hazme…

Además, ese imaginario software le daría un cariz muy extraño a la novela (o al cuento o al poema o a la crónica), ya que la haría parecer dubitativa, tartamuda y dejaría al descubierto las rutas, atajos y retornos que el autor tuvo que seguir para llegar al final. Además, pensó, se le daría un inmerecido crédito a los borradores, se prestarían a inútiles especulaciones los párrafos y las variaciones que fueron descartados, y también le otorgaría un inmerecido protagonismo al autor. Luego imaginó, porque esto ya le agradaba: aquella autora, la tan renombrada, solía rescribir las vocales, cambiar compulsivamente el nombre de los personajes o detenerse en las agudas: he ahí las claves del éxito.

—ella me invitó a platicar sobre ti y fui por ella, por eso fui por ella, no por otra cosa, y fuimos al café…

Se dicta en silencio: viajar en autobús y de noche es poco glamoroso, pero me recuerda muchos episodios de la infancia. Eso no la alegra, sólo la tranquiliza. Y ella celebra esa tranquilidad como quien lee una novela que ya no puede ser corregida, como quien sabe que la palabra es fiel a sí misma y no necesita remaches ni composturas. Los odia. Por eso odia que Luis se justifique y quiera explicar con eufemismos y vaguedades lo que no pudo enfrentar como hombre, si lo fue alguna vez. 

—me dijo que tú le habías confiado que estabas un poco enferma, que estabas un poco triste y que luego te animaste a decirle que estabas enferma…

Hubiera podido elegir otro destino. Hubiera: curiosa palabra. Designa lo que no existe. Pero existe. Luis se esmera en probarlo. Y luego añade: imagínate que ese software pudiera ser aplicado a la conducta humana. Todo un festín para el psicólogo. Aunque, por otro lado, sería trasladar a lo privado los clichés del reality show. O sea, materializar al Funes conductista. Darle forma con un software que dé obsesiva cuenta de todo lo que se hace en el día. Pero luego se siente abordada por una duda de grandes y amarilleados caninos: ¿desde qué ángulo? Es una pregunta muy fílmica y muy de Rigoberto, que se distingue de Luis y de todos por tener una imaginación muy original aunque probadamente inútil. 

—Todo depende cómo quieras verlo, lo que yo quiero es que al menos intentes ver lo que pasó desde mi posición y no sólo desde la de Jimena…

A ratos la interrumpían de sus pensamientos los chasquidos, ronquidos y carraspeos de los demás pasajeros. ¿Y si se tomara una medida exacta, un registro documental de todas aquellas expresiones tan típicamente humanas, y luego se pretendiera descifrarlas? Ay, esa idea no la tendría Rigoberto, la tendría Luis, dijo furiosamente.

—que sentí que estabas ocultándome algo y, aunque yo sé quién es Jimena, tenía que saberlo, aunque fuera a través de ella, aunque luego te enojaras, aunque luego…

Eso, lo del ángulo, la distrajo de lo de las tetas. La palabra había quedado rezagada y con la lengua de fuera ante la puerta mental que se abría velozmente: el ángulo de los ángulos. Vania sabe que su propensión a filosofar la vuelve tediosa. Por eso se siente apestada. Quiere reconocer entre sus pensamientos la figura de algún gran metafísico pero no halla nada; el ángulo de todos los ángulos tiene que ver con el panóptico foucaultiano y eso la hace sentir, por lo menos, fascinada. Sobre todo porque siempre se ha imaginado en el centro, mirando sin ser mirada, leyendo palabras como tetas sin que lo hayan advertido oportunamente los editores, anticipándose al discurso de Luis, que posiblemente la espera en la central de Monterrey, y a quien desearía tenerlo preso entre sus muelas.

—supe por ella que tenías problemas de azúcar, problemas de diabetes, y sentí coraje porque no me lo dijiste tú…

Ahora que, para ser una revista supuestamente femenina (y entonces Vania volvió a preguntarse por qué la había comprado), y por tratarse de la crónica de María Esteva, la alpinista que sobrevivió en la helada cordillera durante cinco días (y entonces cerró la revista y apagó el minúsculo foco; lo último que miró antes de unirse a la oscuridad del autobús fue el destello de la carátula esmaltada y de unos ojos complacidos de una mujer disfrazada —disfrazada es un decir, pensó, el color de la blusa es divino, lástima del saco— que parecía prometerle a la lectora contagiarla de su conformidad existencial), la palabra tetas no es subversiva sino una expresión misógina que no pudo habérseles pasado a los editores sin su secreta y masculinizada complicidad. Masculinizada no: falocéntrica.

—y lo de que la tomé de la mano no es cierto, ni tampoco es cierto que nos abrazamos en la calle, ni que tomamos un taxi juntos, ni…

No había previsto que el amanecer ocurriera poco después de atravesar Saltillo. No había podido dormir, en parte por el concierto de ruidos en el autobús y en parte por el atosigamiento de sus recuerdos, parásitos de sus emociones, monopolios rapaces de sus lágrimas. Quiso obligarse (para oxigenarme, dijo) a dar con una explicación satisfactoria: elegí esa revista porque la blusa era divina y no por la mirada satisfecha de la modelo, y elegí esa revista porque era lo que tenía a la mano y porque no quería perder tiempo. Además, añadió, porque quise y nada más.

—fuimos a ningún motel ni a su departamento, la llevé a su oficina porque ya era tarde y porque llovía…

El trayecto de Saltillo a Monterrey, a esas horas y con esa furia contenida, fue largo y más bien triste, una especie de descenso en espiral a unas ruinas atormentadas. Los pasajeros dieron muestra de que ya habían despertado. Cesaron los chasquidos, ronquidos y carraspeos; ocurrió el llanto de un niño, la risa apagada de alguien que hablaba, con muchas dificultades, por el celular. Se acordó de Rigoberto y quiso pensar algo agradable de él pero no pudo: es amigo de Luis. Y esas bellas montañas eran un siniestro montaje cuyo propósito era persuadirla de la grandeza de su generosidad y comprensión. Generosa, sí; comprensiva, no. Iba, con generosidad, a descargar todo su veneno en Luis. Y en Rigoberto, si no se quitaba del camino. Ansiaba el dolor de Luis. Quería ver sus ojos rojos, su boca abierta y sin decir nada.

—mis llamadas, pero de todos modos me enteré que venías a Monterrey…

La mirada de la modelo de la revista, con la luz del amanecer, ya no parecía tan conforme y complacida como durante la madrugada. Le pareció más bien triste. Y ya no encontraba atractiva su blusa. Es como si la hubiera soñado, alegó, y al recordarla así, soñada, perdiera su halo divino. Sintió que esa blusa iba descomponiéndose poco a poco, recuperando su naturaleza vana y fea, dejando atrás, cada vez más atrás, su recuerdo airoso, ligero, fino. Y la palabra tetas no apareció en el texto de la alpinista, aunque tampoco, reconoció, se esforzó gran cosa en hallarla, concediendo tal vez que había sido una invención. Otro sueño. Celebró, sin embargo, que la blusa y la palabra tetas hubieran sido capaces de mantenerla despierta; no hubiera podido enfrentarlo descansada, hubiera sido un contrasentido.

El autobús atravesó Monterrey. Poco antes de llegar a la terminal enrolló la revista y se arregló el cabello. No se suponía que supiera que la estaba esperando Luis, pero eso no debía ser pretexto para que luciera descuidada. La dignidad ante todo. Descendió del autobús, miró los corredores, todos vacíos, acarició su peinado con alguna desinteresada vanidad y, antes de abandonar aquel sitio, arrojó la revista en el bote de la basura.


Julio Salinas Lombard. México, 1972. Es escritor y comunicador. Se ha dedicado al periodismo, el cine, la academia y la comunicación corporativa, y formó parte de los consejos editoriales de Grupo Reforma y Grupo Editorial Expansión. Ha publicado cuentos y textos de crítica cinematográfica y literaria en medios impresos y digitales de México, España y Sudamérica. Su obra más reciente es el cuento «De madrugada en autobús», actualmente inédito. Entre sus trabajos publicados se encuentran los ensayos «El túnel, ejercicio deconstructivo» (Letralia, 2006) y «Algunos apuntes sobre El viento ligero en Parma» (Narrativas, 2008).

 

Julio Salinas Lombard

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