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Literatura
Narrativa
junio 2026

La Noche
(03:00 a.m.)
Cuento de C.M

Un tipo entra a las 03:00 a.m. de un día viernes de octubre al Burger King ubicado en Providencia.

Los trabajadores —Marco, Elisa y Carlos— no lo notaron, ya que estaban terminando de hacer las tareas para cerrar el local e irse pronto a casa. Había sido un día largo, con muchos problemas y clientes desagradables, como nunca.

Carlos, el jefe, estaba en la oficina terminando de cuadrar unas cajas para guardar todo con llave (dentro de la misma). Elisa estaba terminando de limpiar el segundo piso, y Marco recién había terminado de trapear la cocina y se dirigía a apagar las luces cuando vio al sujeto.

Era un tipo de un metro ochenta aproximadamente (Marco medía más o menos lo mismo), con un abrigo de cuero negro —parecía de la Gestapo—, lentes de sol redondos de color morado, botas hasta la rodilla, pantalones ajustados y un gorro de lana puesto en la cabeza sin pelo.

Si bien a Marco le pareció extraño ver a alguien tan abrigado para la fecha, pensó que podía ser un vagabundo que se había metido porque dejaron la puerta abierta antes de empezar las tareas de cierre (ya les habían llamado la atención por esa situación).

Desde el mesón, Marco le grita al hombre que está cerrado. Pero el tipo no se mueve.

Está inmóvil en medio del salón, con las manos en los bolsillos y sin hacer ningún movimiento. Parecía como si fuera un maniquí.

Marco le grita nuevamente. En ese momento sale el jefe de la oficina, poniéndole llave, y le va a preguntar qué sucede, pero su pregunta se interrumpe al ver al tipo parado en el salón.

Se une a Marco y le dice lo mismo:

—Amigo, ya cerramos y guardamos todo. No te podemos dar nada.

El tipo sigue sin moverse.

Marco y Carlos se miran mutuamente con cara de hastío, casi diciéndose entre sí: yo no lo voy a sacar. Pero entonces Marco toma la iniciativa y le dice al jefe:

—Ya, yo voy.

Se acerca al tipo y siente un olor extraño, a perfume. Pero no cualquier perfume: era el perfume de su abuela. No podía ser. Sin darle importancia, le toca el hombro al tipo y le dice, en tono amable pero cortante:

—Amigo, porfa, me quiero ir a la casa. Si querís, mañana te paso una hamburguesa, pero ahora ya no puedo.

En eso, el tipo mueve una pierna hacia atrás y empieza a retroceder, mirándolo fijamente, hasta llegar a la puerta. Se da la vuelta, la abre y sale del local.

Marco, hipnotizado por la situación, se queda mirando al tipo, que al salir se da vuelta nuevamente para mirar al local, retrocede tres pasos y ahí se queda.

De fondo, Carlos le gritaba que cerrara la puerta, pero Marco no hizo caso hasta que su jefe se acercó y le tocó el hombro.

Despertando del trance, Marco le dijo a su jefe:

—¿Qué?

Y su jefe respondió:

—Que cerrís la puerta, poh wn, antes de que entre de nuevo.

Marco respondió:

—Ah, sí, dale.

Hablaron de lo extraño de la situación y Carlos le preguntó si estaba bien, a lo que Marco respondió que sí, asintiendo con la cabeza.

En ese momento le preguntó:

—¿Qué falta?

Y Marco le dijo:

—Apagar las luces no más. Si ya el segundo piso lo estaba terminando la Elisa.

En eso, cuando Carlos y Marco iban caminando al mesón para buscar sus cosas y esperar a que Elisa terminara, ven una mancha roja en el piso. Carlos le dice:

—Puta, como que estaba todo listo…

Mira a su compañero y le ve una cara de muerte, mirando en dirección a la escalera.

Carlos voltea la cabeza y ve que está cayendo un río de sangre. Los dos se echan para atrás, chocando con una de las mesas.

Marco corre en dirección a la puerta, pero ve que el tipo extraño sigue ahí. Carlos queda prácticamente sentado en la mesa, mirando la escalera.

Marco vuelve donde Carlos, le habla, pero este no lo escucha; está en shock, hasta que recibe un charchazo de Marco, que le dice:

—¡Jefe, jefe! ¡Está el loco allá afuera!… ¡La Elisa! —y grita— ¡Elisa! ¡Elisa! —desde abajo.

El jefe reacciona y le dice:

—Wn, llama a los pacos, ¡llámalos!

Marco saca su teléfono y llama, pero le contesta la operadora programada (muchos llamados).

Después de varios intentos sin mucho éxito, deciden ir a la cocina y armarse para salir y enfrentar al tipo si los ataca. Estaban decididos, hasta que Marco le dice que deberían ir a buscar a la Elisa.

Luego de pensarlo un rato largo, y con miedo, deciden subir.

Arriba, las luces parpadean. Llegan al descanso de la escalera y desde ahí gritan:

—¡Elisa! ¡Elisa!

Pero no hay respuesta.

Siguen subiendo y, de pronto, se dan cuenta de que, al final del segundo piso, entre todo el caos que había —mesas dadas vuelta, sangre en las paredes, en el techo—, hay una esquina completamente blanca que está consumiendo de a poco el lugar. Donde estaba ese espacio blanco, las cosas se estaban desintegrando.

Desde el último peldaño, y con miedo, pasan al segundo piso. Iban a los baños a ver si estaba Elisa ahí. Alumbrando con las linternas de sus celulares, de pronto les pareció que algo o alguien los acompañaba… y casi de frente vieron la sombra del tipo al que habían echado.

Cayeron al suelo, los celulares también. El parpadeo de las luces no ayudaba mucho, pero Carlos logró tomar su celular y apuntar en dirección a donde creyeron ver al tipo… y no había nada.

Siguieron al baño, buscaron en los dos, pero no estaba Elisa. Pensaron que quizás había logrado escapar, así que decidieron bajar e irse.

La sangre seguía corriendo; no sabían de dónde provenía, pero eligieron bajar e irse antes de investigar más.

Llegaron a la escalera y, al bajar, la vieron… a Elisa. Quedaron atónitos: estaba pegada a la pared. Solo se veía su cara, con cortes en las mejillas y labios, sin ojos, sin pelo, como si se lo hubieran arrancado.

En un acto reflejo trataron de sacarla de ahí, pero de pronto se dieron cuenta de que el espacio blanco estaba avanzando más rápido.

Entre lágrimas, miedo y sin entender qué estaba pasando, tuvieron que dejar a su compañera y amiga para escapar.

Al momento de pisar el primer piso, empezó un temblor fuerte y, con ello, un apagón total en el local. Solo tenían la iluminación de la calle, que entraba por la puerta de entrada.

Marco gritó:

—¡Jefe! ¡Jefe!

Pero no hubo respuesta.

Trató de avanzar como pudo, arrastrándose por el piso ensangrentado y con grietas, debido a la fuerza del temblor, que era más un terremoto.

Se arrastraba gritando:

—¡Jefe! ¡Jefe!

Hasta que llegó a la puerta. No podía abrirla porque no podía pararse, pero la puerta se abrió.

Marco vio los zapatos y se dio cuenta de que era el tipo al que había echado, quien le había abierto la puerta. Miró hacia arriba y ahí estaba el tipo, quién se agachó para decirle a Marco:

—Gracias.

Marco sintió un dolor extremo y gritó, pero el blanco que iba consumiendo el local lo alcanzó y lo desintegró, hasta que su grito también se desintegró.

Luego, el local se consumió en las llamas.

C.M


Julián Inostroza. Es un periodista de calle, que se auto define como un ciudadano molesto, (C.M). Gusta de la música y de leer cuentos, de ciencia ficción, terror, suspenso o fantasía. Cómo habitante de Santiago, trata de incluir a la ciudad cómo un personaje más en sus relatos.

C.M Julián Inostroza

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