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Literatura
Narrativa
mayo 2026

Cerdos
por Miguel Á. Sandoval.

Cuando Don Gabriel envejeció y ya no pudo caminar, sus cinco hijos se reunieron para decidir con quién se iba. Unos y otros ponían excusas para no tener que cuidarlo, afectado ya por un avanzado estado senil. Convinieron que Humberto lo llevara a su granja, tenía más espacio disponible, estarían al pendiente de lo que ocupase y de si había que comprar medicinas por cualquier emergencia.

Así fue, el más joven de los hijos lo recibió en su hogar, sin que nunca más los hermanos hicieran siquiera una llamada. Al principio, Don Gabriel se quedó en el cuarto de visitas, pero en cuanto Humberto y su esposa se dieron cuenta de que no avisaba para ir al baño, primero lo acostaron en el suelo, después lo pusieron en el patio donde los puercos descansaban, arrumbado con unas mantas.

Por las mañanas el viejo gruñía, uniéndose al coro de los cerdos que esperaban el desayuno. Greta, la mujer de Humberto, le acercaba un plato con frijoles que el señor devoraba, seguido de un vaso de agua que casi siempre derramaba de la desesperación, pues normalmente era el único del día.

Ningún vecino ni amigo sabía de la existencia de Don Gabriel, y, cuando algún sonido extraño salía del cuchitril, el matrimonio explicaba que tenían un puerquito enfermo, uno que ya no tardaba en morirse. Algunas noches, Humberto se paraba frente a su padre, observándolo retorcerse y preguntándose porqué ya no sentía más que asco por él.

Las cosas no mejoraron, los niños del matrimonio le aventaban piedras con las que el señor dejaba de roncar. También le ponían insectos en las cobijas para que se zarandeara en el piso. A Humberto esto no le molestaba, pero tampoco le causaba risa, su padre era una cosa más en la granja, como las herramientas, como el animal más insignificante.

Greta le arrojaba cubetadas de agua fría si estaba de mal humor. Cuando estaba triste, se sentaba a su lado y le contaba sus penas, se compadecía un poco y le servía un vaso de leche; no obstante, todo volvía a ser igual cuando el señor se orinaba o defecaba encima. Viejo puerco, no se merece otra cosa más que estar aquí, le gritaba ella con el estómago revuelto.

Don Gabriel ya no tenía fuerzas ni para berrear, los cerdos lo mantenían caliente, porque, de otra forma, hubiese muerto con el frío decembrino. Greta le había agarrado afecto porque sabía escuchar, porque podía contarle de las golpizas que sufría a manos de Humberto y del hijo que sospechaba crecía en sus entrañas. Le pasaba un trapo limpio por la frente, le cambiaba a veces las cobijas sollozando, no tenía deseos de criar a otro bebé.

Una noche, de pie ante a su padre, Humberto recordó cuando el viejo lo latigueaba por soltar a los perros. El viento le llenaba de tierra los ojos infantiles, de por sí enrojecidos de llorar con cada madrazo, mientras los canes ladraban alrededor y movían confundidos sus colas. Invadido por la rabia, el ahora adulto empezaba a patear a Don Gabriel como si fuera un saco de porquería, cual si fuera indispensable destrozar el cuerpo que tantas veces lo lastimó a él y a sus hermanos.

No se percató de cuánto había herido a su padre, ni de cuánto le costaba respirar al señor allí en el suelo, hasta que llegó Greta a espetarle que se calmara, que si no le tenía ningún miedo a Dios. Humberto cayó de espaldas, de pronto vio a su padre tan frágil como a aquellos cachorritos con los que jugaba de niño y se puso a llorar escondiendo el rostro.

Greta ya dormía cuando Humberto la despertó, pidiéndole que preparara café y que se subiera a la camioneta. Por el retrovisor pudo ver cómo su esposo traía un bulto, cómo las cobijas manchadas de mierda y orines se balanceaban. De la impresión no pudo moverse, sólo rasgó con sus uñas el asiento, rezó para que no fueran a hacer una locura.

Viajaron en la oscuridad sin decir palabra, el camino entierrado los hacía saltar, a ella soltar algunos quejidos. Dieron con la carretera y se dirigieron al pueblo más lejano posible, hasta casi quedarse sin gasolina. Con los primeros rayos del sol, Humberto se ajustó la gorra, mientras en la caja de la camioneta rebotaba el cuerpo aún vivo de Don Gabriel.

Llegaron, por fin, a una tierra en que nadie los conocía, en donde nadie preguntaría por ellos ni por su camioneta blanca y buscaron un terreno baldío. Humberto fue el primero en bajar, con las venas exaltadas en el cuello. Abrió la caja de la camioneta y llevó entre sus brazos a su padre, prefiriendo que el calor le pegara en la cara a agacharse y ver su boca abierta. Greta descendió lentamente, abrumada por el desvelo y la consciencia de que algo malo sucedería.

Humberto lo dejó tendido, esta vez quitándole las cobijas y arrojándolas a un lado. Su esposa apretaba los puños sin darse cuenta; al borde de las lágrimas, no podía con la culpa de lo que estaba aconteciendo. Cuando vio a su esposo sacar una pala de la camioneta, lo detuvo, empezó a ahogarse con sus lágrimas y a balbucear. Él entendió lo que quería decir y devolvió la herramienta, se puso de rodillas frente al viejo durante unos instantes.

Cara a cara, no le salió más que un débil chillido, al que siguió un escupitajo en el rostro de su padre cargado con todos los terrores que hasta ese día, en la aridez de un pueblo sin futuro, el anciano había ocasionado impunemente. Humberto se limpió los restos de baba con la mano y se subió a la camioneta. Greta, en cambio, permaneció congelada, incapaz de acompañarlo, hasta que escuchó a su marido gritar.

Ninguno habló durante el regreso, pasaron a echar gasolina y a comerse unos tacos que les supieron mal. Cada vez que la mujer cerraba los ojos veía la piel seca de Don Gabriel, el poco pelo canoso que le quedaba. Su esposo parecía imantado al volante, como si despegarse significara la muerte, o, peor para él, llorar sin control por los recuerdos del viejo. Su padre, el que le enseñaba a trabajar la tierra entre chinguizas, el que se quedaba despierto hasta que le bajaba la fiebre.

Al llegar a la granja era casi de noche, ambos miraron hacia el cuchitril que tenía la luz encendida, pero ningún ruido provenía de él. Sentían miedo de acercarse, aunque no lo admitieran; temían que el padre siguiera allí, chupando del suelo comida podrida. Descendieron al mismo tiempo de la camioneta, se tomaron de la mano como hacía años, cuando eran novios y se aproximaron a la entrada. Los cerdos dormían, en el lugar del padre había una montaña de mierda.

 

 

Miguel Á. Sandoval.

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