Literatura
Narrativa
mayo 2026
Cuentos de Mauricio González Seguel
APARICIÓN.
En los momentos más extraños, en los lugares menos apropiados, el Paraíso me rapta primero: susurra con gracia palabras desconocidas que entiendo en los huesos. Habla desde una fisura. Hipnotiza desde un acantilado. El viento sopla ligero como una oración. Yo, atento, me dejo embriagar por el primer sorbo de su luz curva.
Algo quedó atrapado entre el pasado y el presente. Una situación que fractura la realidad: algo hermoso, pero peligroso.
Me arrastra mientras lavo los platos. Un lugar verde, cielo de nubes perfectas, formas curvas y arremolinadas, colores intensos. Estructuras altas se acercan —titanes vomitando flores, cabezas de animales en marcha constante.
Me tienta con pureza olvidada. Eres familiar, sombra etérea que nunca abandona.
Pero el olor me arrebata. El ruido del agua. Carne separada, sangre en el agua y metal. El Terror Nocturno me rapta del Paraíso, trayéndome al fregadero, cortado por el cuchillo.
La piel cataliza sensaciones. El tiempo baja los brazos.
Herida abierta, succionado al ascensor —segundo rapto—. Botón del -1 se disuelve. Puertas se abren. Marco, y la realidad se separa en capas. Luz roja, timbre.
Si se abrieron, debo salir —calma impresionante—.
Paisaje irreal, antropomorfías vivientes. Respiración cercana, aliento cálido sincronizado con mi frío.
—Hola —grito al vacío.
El Terror se materializa, silueta escamosa como papel quemado, crujiente. Lugar detenido —tengo poder aquí?
Alineados en desconfiguración. Me tienta con ruido conjunto, desvanecer límites, danza en cortinas plutónicas. Promete océano y montañas como uno, la rosa ofrecida.
Pero ondas vibran. Bocinazo cañonea. Instinto salta. Viento del camión. El Presente me rapta del Terror, sangre hirviendo viva.
El viento que deja el paso de un camión es un terror que te despierta y rapta al presente, alejándote de cualquier proceso dialéctico.
La sangre hierve tan viva que podría romperme. Gracias a Dios no manejo.
RUIDOS EN LA NOCHE.
Hace días que no hablamos. La cortesía es nuestro dialecto. Los roces por casualidad, nuestros afectos. Aún te preocupas porque coma; yo lo hago para no ponerte más nerviosa.
La casa pequeña se hace enorme cuando las recriminaciones y desconfianzas empujan las paredes. Así, transitamos colindantes con la locura.
Día a día, reviso en las cámaras de mi mente dónde perdimos la chispa. No está perdida; solo ha sido tapada por pensamientos ajenos a nuestra historia.
Esa noche escuchamos un ruido. Estábamos los dos en la cama, con la almohada en medio.
—¡Despierta! —me gritaste. Hacía tiempo que no te escuchaba hablar con tanta fuerza.
Me levanté raudo.
—Ponte las pantuflas —me susurraste.
Me las pongo y procedo a buscar de dónde viene el ruido.
No prendo la linterna porque lo considero una estupidez. Imagínate que la prendes y delatas tu posición: lo que sea que hizo el ruido —ladrón, asesino, monstruo o fantasma— verá inmediatamente dónde estamos.
Me muevo sigiloso cuando de pronto siento una presencia en mi espalda. Un sudor frío recorre mi cuerpo. Me giro rápido, dispuesto a destruir o ser destruido…
Eres tú, que me preguntas:
—¿Has visto algo?
Procedo a sacar mi corazón de la boca y te respondo:
—Nada aún.
Otro estruendo ruge cerca de la cocina. Nos encaminamos a ese sector, juntos pero sin tocarnos.
Un nuevo ruido hace rugir la noche. Nos movemos rápido. Es en el patio. Al pasar por la cocina, tomo una escoba, y tú te ubicas a mi lado, con miedo pero sin tocarme.
Asustados, abrimos la puerta que conecta el patio con la cocina cuando escuchamos otro ruido a nuestra derecha.
Provistos del valor de quienes no pueden vivir con la duda —y cuya ansiedad les carcome los huesos—, volteamos rápidamente: primero la cabeza y luego el cuerpo. Posamos una mirada inquisidora sobre el origen del sonido.
Dentro de un basurero aparece un gato negro como alquitrán que salta veloz y se abriga con la noche.
Decepcionados, no fuimos detectives, ni cazafantasmas, ni héroes anónimos.
Caminamos hacia el interior de la casa. Y en el patio divisamos un conejito negro, de ojos como focos de automóvil. Me tomas la mano y apoyas tu cabeza en mi hombro.
Yo vivo el momento más alegre desde hace semanas.
Mauricio González Seguel, nacido en Temuco el 12 de marzo de 1980. Periodista chileno con diplomados en Comunicación Interna y Literatura Infantil y Juvenil. Su forma de escribir mezcla el realismo mágico con lo cotidiano. Sublima miedos reales —terrores nocturnos vividos— en relatos viscerales que fracturan lo cotidiano con lo onírico.

