Literatura
Narrativa
enero 2026
Corrosión
por Dorian Alexander
En aquel tiempo donde la vida aún se sentía nueva, como ropa recién comprada con aroma a almidón, yo te conocí. Si los querubines me hubieran susurrado al oído nuestra tragedia, me hubiera reído hasta quedar sin aliento en los pulmones.
Aún es vívido aquel recuerdo de la primera vez que mis ojos se cruzaron contigo; se sentía como si todo el peso del mundo me estuviera empujando para que me acercara a hablarte. Tartamudeé contigo como si fuese mi primera interacción con una dama, deslavando amores previos. Era impresionante la forma en la que irradiabas; cómo nadie se parecía a ti y cómo tu sonrisa parecía correcta, diciéndome, sin palabras, que mientras estuviera a tu lado todo estaría bien.
Me enredé entre las cuerdas de tu amor tan pronto como reíste ante mis chistes. No podría haber estado más sumergido en el ser que eras. Odié ser bibliotecario hasta que fue ese mismo oficio tan despreciado el que me dio la oportunidad de hablar cada viernes contigo, y tú llegabas, no por la interesante selección de libros de misterio, sino porque lentamente te contagiabas de amor. La gente te cuestionaba cada vez que nos veían juntos: yo era el crudo invierno invadiendo el cálido verano.
Con el tiempo y las arrugas, comencé a cuestionar si las habladurías tendrían algo de verdad en sus grietas; sin embargo, tú, con tu ternura que parecía solo pertenecerme a mí, recitabas: «A las palabras se las lleva el viento, pero el amor se entierra profundo en el suelo». Yo, iluso, te creía.
Al término de unas estaciones, decidimos consolidar el enamoramiento en amor (o eso entendían nuestras jóvenes mentes). Vestías de blanco y yo de traje ante los ceños fruncidos y quejas mudas, pero en mi corazón había calidez al creer que nos amaríamos hasta envejecer. El péndulo del reloj no se detenía ni para dejarnos respirar, y lentamente la noche llegó a la mañana que tú solías ser. Tu sonrisa dejó de estar presente, se desvanecía junto al recuerdo de la juventud; tus palabras ya no burbujeaban como agua hirviendo, eran duras, congeladas. Con cada nuevo día, no sentía nada más que tu ausencia, aunque compartiéramos el mismo lecho; ni en un abrazo encontraba confort. Hubiera huido mientras me aferraba a tu muñeca para alejarnos de la catástrofe en la que el amor moriría.
Sin predecirlo ni olerlo, una tarde llegaste. Tu rostro, después de tantos años, por fin reflejaba emoción: te ahogabas en llanto. Presa del pánico por presenciar tu derrumbe, pregunté sin cesar qué había sucedido; tú solo negabas con la cabeza con efusión mientras corrías por la casa reuniendo tus cosas. No podía hacer nada más que perseguirte y continuar interrogándote. Sabía que fue tu madre, aquella que era autora del mayor odio que nunca antes recibí, así que la llamé.
Impaciente y temblando mientras encendía un cigarro, oía el teléfono zumbar desde el otro lado; seguías recorriendo todos los lugares en los que alguna vez fuimos felices. Después de lo que pareció mi vida entera, ella al fin atendió el teléfono, y tan pronto como escuchó mi voz, frágil, se limitó a decir: «¿La ves ahora? Al fin abrió los ojos la muy tonta», y el zumbido hizo presencia nuevamente.
Te perseguí de nuevo, no con miedo sino con desespero; te hablaba y tú ensordecías, negabas, gritaba y solo sollozabas. Te reclamé: «Pensé que me amarías toda la vida». Fue solo entonces que explotaste de vuelta, como el ardor que da el hielo sobre la piel, dejándome ampollas con lo breve: «No hay ninguna flor en nuestro jardín, somos granjeros sin cosecha y árboles sin fruta; no nos une nada más que tu capricho, por eso me voy».
Supe entonces que no me amarías hasta envejecer.
Entumido por la decepción, me fui a la cocina tan pronto como cerraste tu maleta. Fui a paso rápido, como en carrera, pero pesado, como en nieve. Tomé lo más punzante que vi: quería que doliera. No recuerdo con certeza, pero antes de que abrieras la puerta, te derroqué al suelo. Con lágrimas rocé el filo en tu cuello y pregunté con dificultad: «¿Aún me amas?». Me sonreíste mientras desbordabas: «Pero claro que te amo», dijiste en un lloriqueo; sin embargo, en tus ojos había horror suplantando el amor, disfrazándose en piel de lobo.
Con odio y en un grito, empujé la navaja para que abrazara tu cuello, con fuerza, sin tartamudear.
Quería que mi amor te hiciera lo mismo que el tuyo me hizo a mí.
Dorian Alexander es escritor y estudiante de Química Farmacéutica Biológica. Su obra es testimonio de su dualidad: el puente entre la lógica de la ciencia y el desgarro de las emociones. Se enfoca en la corrosión del amor sobre la carne y encuentra palabras donde antes hay silencio. Tras un invierno de casi dos años, ha regresado con una narrativa más cruda que refleja su evolución. Existe una disonancia que otros juzgan pero que él decidió abrazar: la precisión científica aplicada a la herida emocional. Él no escribe por pasión ni por sueño; escribe porque es la única forma en la que el mundo cobra sentido. Ahora busca establecer su obra en revistas y colecciones de literatura independiente y prosa poética. Actualmente reside en Cárdenas, Tabasco.


