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Narrativa
enero 2026

 

Descubrir el pajaristico por accidente
por Cristina Vesper 

El lenguaje empezó a abandonarme un jueves de viento. O quizás, yo empecé a abandonar al lenguaje. La distinción, fenomenológicamente hablando, es crucial. ¿Es el logos una estructura externa que se retira o una facultad interna que se atrofia? Estaba en mi pequeño departamento en Punta Arenas, intentando escribir el abstract para un congreso en Valparaíso. El tema era “Corporalidades disidentes y la deconstrucción del paradigma cartesiano”. Un título elegante para decir que un cuerpo como el mío, este cuerpo de cuarenta y siete años, un cuerpo-proyecto, un cuerpo-manifiesto, tiene algo que decirle a un montón de académicos que piensan que el pensamiento es una actividad que ocurre exclusivamente del cuello para arriba.

Pero las palabras no salían. O peor, salían, pero muertas. Escribía “La aporía del sujeto post-estructuralista reside en su incapacidad de…” y la frase se quedaba ahí, un insecto disecado en la pantalla. Las palabras habían perdido su anclaje al noumenon. Eran significantes vacíos, cáscaras de sonido que ya no apuntaban a ninguna verdad. El mapa se había despegado del territorio. Sentí una náusea intelectual, un vértigo semántico. Cerré el computador. Afuera, el viento de Magallanes golpeaba mi ventana, y ese sonido, ese aullido sin sintaxis, me pareció de pronto más elocuente que cualquier paper de Foucault.

El diagnóstico, me lo di yo misma, por supuesto. Afasia anómica con rasgos de disociación somatoforme. Una autopsia en vida. Mi cerebro, esa máquina de producir monólogos, se declaraba en huelga. Quizás era el estrógeno, la llamada perimenopausia. O el invierno que se metía en los huesos. O la soledad de pensar en un idioma que ya casi nadie habla, ni siquiera yo misma. Mi cuerpo, en cambio, estaba inquieto. Un cuerpo que ha pasado por el quirófano, que ha sido un campo de batalla hormonal, aprende a tener su propia agenda. Un cuerpo que ha luchado tanto por ser, no se rinde tan fácil.

Me puse de pie. La música de Laurie Anderson sonaba en el parlante. O Superman. La voz filtrada, robótica, un lamento de la era digital. mi cuerpo, sin que yo se lo pidiera, empezó a moverse. No era una danza. Era una argumentación. Mi mano derecha se elevó, con la palma abierta, luego giró lentamente, hasta que el dorso quedó hacia arriba. Un movimiento simple, preciso. Ahí lo entendí. Era una refutación al positivismo lógico. La mano que antes sostenía el lápiz, la que escribía la “verdad” objetiva, ahora mostraba su reverso, su lado oculto, la piel más vulnerable. Estaba diciendo: “La verdad no es una cosa que se posee, es una relación que se sostiene, y siempre tiene otra cara”.

Mis rodillas se flexionaron, mi torso se inclinó hacia adelante, en una reverencia lenta. El diálogo de saberes. La epistemología del sur. Un gesto de humildad ante otros conocimientos, ante otras formas de ser y de estar en el mundo. Me sentí ridícula y absolutamente lúcida al mismo tiempo. Estaba escribiendo mi paper. Pero lo estaba escribiendo en el aire, con la tinta de mis propios huesos.

Los días que siguieron fueron una catástrofe y una revelación. Las palabras se me escapaban. En una reunión por Zoom con el departamento de filosofía, intenté explicar mi ponencia. Abrí la boca y solo salió un sonido gutural, un murmullo. Mis colegas me miraron con una mezcla de pánico y lástima. El director del departamento, un hombre que había escrito un libro entero sobre la hermenéutica de Gadamer, me recomendó una licencia médica con la ternura de quien sugiere la eutanasia. La academia, el templo del verbo, me había excomulgado.

Me encerré. Dejé de intentar hablar, de intentar escribir. Me dediqué a escuchar a mi cuerpo. Y mi cuerpo hablaba sin parar. Escribía ensayos enteros. Con un movimiento rápido y cortado de los brazos, describía la violencia de la lógica binaria. Con una torsión lenta de la columna, explicaba la fluidez del género. Me pasaba horas “escribiendo” frente al gran ventanal de mi departamento, con la vista del Estrecho gris y picado como único público. Los animales me entendían.

La primera vez fue con las bandurrias. Esos pájaros prehistóricos, con sus picos curvos y su graznido de corneta oxidada, que a veces se posaban en el techo del vecino. Yo estaba en medio de una frase corporal compleja sobre la otredad. Un movimiento que implicaba ofrecer una mano y retirar la otra. Y las bandurrias, que hasta ese momento estaban picoteando algo, se detuvieron. Todas. Giraron sus cabezas y me miraron. Y una de ellas emitió un graznido distinto, más suave. Una respuesta.

Empecé a salir. A caminar por la costanera. El viento me pegaba en la cara, y mi cuerpo le respondía. Se arqueaba, se tensaba, se relajaba. Un diálogo cinético con el clima. Y las aves marinas, los cormoranes, las gaviotas, parecían entenderme. Si mi cuerpo describía la soledad, se mantenían a distancia. Si mis movimientos hablaban de comunidad, se acercaban, formaban un círculo a mi alrededor. No era una fantasía. Era una comunicación. Una interpelación interespecies que ninguna epistemología crítica había soñado jamás. Mi cuerpo había encontrado un nuevo círculo de lectores.

Fue una mujer de una fundación de aves la que me encontró. Yo estaba en la playa, cerca de la Reserva Forestal Magallanes. Estaba “conversando” con una bandada de zarapitos. Les estaba explicando, con el movimiento lento y ondulatorio de mis brazos, el concepto de migración no solo como un viaje físico, sino como una nostalgia ontológica. Los pájaros corrían por la orilla, entraban y salían del agua, en una coreografía que era un eco perfecto de mis gestos.

La mujer se quedó a lo lejos, observando. No con miedo. Con una curiosidad intensa, científica. Cuando terminé, se me acercó.

—Disculpa —dijo—. Me llamo Andrea. Llevo media hora mirándote. No sé qué estás haciendo, pero ellos te están respondiendo. Nunca los había visto tan coordinados.

Intenté responderle. Abrí la boca. El sonido que salió fue el del viento pasando por una botella vacía. Señalé mi garganta, negué con la cabeza.

—No importa —dijo ella, y me sonrió—. A veces las palabras sobran. ¿Te gustaría venir un día a la fundación? Tenemos unos humedales llenos de aves. Creo que les gustaría… conversar contigo.

Y así empezó mi nueva vida. Dejé la universidad, o la universidad me dejó a mí. Ahora trabajo para la fundación. Mi título no es de filósofa. Soy “observadora participante”. O “traductora somática”. No sé. No tenemos un nombre para lo que hago.

Paso los días en los humedales, a las afueras de Punta Arenas. El paisaje es una paleta de ocres y grises. El viento nunca para. Y yo hablo. Hablo con los cisnes de cuello negro, con los flamencos, con los chorlos. Les hablo del tiempo, del agua, del refugio. Mi cuerpo ya no cita a Derrida. Mi cuerpo cita el lenguaje de las nubes, la sintaxis de las mareas.

El lenguaje de la razón se ha ido casi por completo. Mis pensamientos ya no son cadenas de silogismos. Son sensaciones, imágenes, impulsos. Simples, directos. A veces, por la noche, me miro en el espejo. Veo este cuerpo, mi cuerpo, con sus cicatrices y su historia.

 Ya no siento la necesidad de explicarlo, de justificarlo. Simplemente, es.

De la serie “serie Aguas Servidas”
De la serie “serie Aguas Servidas”
De la serie “serie Aguas Servidas”

Cristina Vesper es una artista visual y ensayista. Nació en Corral, un lugar aislado donde el territorio impone su propia poética. Su obra, tanto visual como escrita, explora la intersección entre la memoria, el horror íntimo y los paisajes del sur de Chile, geografía en la que ha vivido y vivirá todos los días de su vida. Desde allí, cultiva una estética de lo espectral, indagando en lo que se oculta bajo la superficie de lo cotidiano. Sus intereses en la antropología y la docencia universitaria son una extensión de su arte; la primera, como una forma de excavar en las ruinas simbólicas y los relatos rotos, y la segunda, como una práctica para invocar nuevas preguntas. Vesper trabaja desde la convicción de que el sur no es solo un lugar, sino un lenguaje que susurra desde la niebla.

 

Aguas servidas Cristina Vesper pintura

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Muestra fotogràfica Afi Woman y Paula Navarro

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