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Literatura
Narrativa
diciembre 2025

Eloy Alfaro
por Cindy Cristina Jiménez 

 

—¿Qué haces aquí, maldito? —gritó, viendo al vicerrector de su antiguo colegio, que  ahora estaba recién llegadito a ese oscuro lugar en el que se encontraba. 

Era profesora en un colegio privado de la ciudad, y Emiliano, que así se llamaba el recién  llegado, le había hecho la vida de cuadritos con acosos múltiples, mentirillas que  inventaba para molestar su trabajo, ya que su hijo era alumno de ella y limpiamente no  pasaría la asignatura. Él ya estaba acostumbrado a hacerlo; en realidad, su primer hijo  había pasado con triquiñuelas y amenazas a los profesores, así que esta vez no sería  distinto. 

En eso venía pensando cuando, ese jueves, cruzaba la gran avenida y no vio que su zapato  tenía el cordón desatado. Al correr, tropezó y cayó en el justo momento en el que un carro  de placas diplomáticas cruzaba, dejándola tendida en la gran avenida. Por supuesto, que  el conductor no se detuvo a ver qué pasó porque su tripulante le dijo: —Sigue, Carlos;  tenemos inmunidad diplomática. 

Al siguiente día, en su trabajo colgaron un lazo negro y un anuncio en el periódico que  decía: se busca profesora de Literatura, buena remuneración, excelente ambiente laboral  y trabajo organizado y cooperativo. 

La ambulancia recogió los restos y los llevaron a la morgue judicial, donde el resultado  de la autopsia habló de fracturas múltiples, daño cerebral y muerte súbita. Su familia la  recibió en casa con el llanto desgarrador de la madre, los gritos y lamentos de los amigos,  y la incertidumbre de sus dos hijas. 

El día del velorio llegaron dos ramos de rosas brillantes y lujosas que hablaban del pesar  del colegio capitalino al perder a tan querida maestra y amiga. 

En los pasillos, los alumnos comentaban cómo había sido el accidente. Uno que otro más  imaginativo decía que había visto el accidente y cómo la maestra explotó entre vísceras  y sangre; otros hacían mofa sobre lo que ella misma diría si estuviera ahí, y algunos otros  despistados ni siquiera se enteraban de lo que había pasado. 

En la sala de profesores el cuadro era distinto. Asombrados profesores hablaban de la  difunta, y una que otra profesora sonreía por lo bajo, sintiendo que por fin no debería  fingir cortesía con esa mocosita que vino a quitar el trabajo de las que sí sabemos hacer  las cosas. 

Desde luego, el vicerrector se veía gravemente afectado porque era un ser piadoso y una  gran persona de corazón gentil y amable, que veía el cariño en todas las personas. Claro  que, al llegar a su oficina, comentaba con su estimada amiga del alma, a quien sólo un  par de veces había hecho mofa pública: 

—¡Qué bestia, oye! Esa mujer hizo drama hasta para morirse, y ahora ve, ¿qué mismo  vamos a hacer?

—Contratar a alguien más, pues. ¿Ahora que te dio pena…? Sabías, Emi, que la Cindy me  dijo a mí que yo había sido la mejor coordinadora que ha tenido, es que también yo le  enseñé bastante, y uuy, no sabes cómo me quería a mí. 

—Qué iras que se muera y sin dejar ni el reemplazo, y muerte súbita, todavía. 

Esa tarde, cuando iba a casa, tocaba las piernas de su opípara esposa y metía las manos  calientes cada vez más lejos, como no lo había hecho desde que concibieron a su última  hija, y pensaba que iba a pasar bien lindo. Claro que eso le costaría una buena suma de  dinero, pero bueno, entre todo lo que pagaba por prostitutas y pornografía, era válido esta  vez dejar el dinero en casa, se decía lujurioso, cuando sin notarlo no pudo tomar la curva  de la Av. Simón Bolívar y el carro voló y derrapó por la calzada, partiendo el cuerpo del  vicerrector en varias partes y, claro, muerte súbita. Su esposa, bastante lesionada, se  recupera en la sala de un hospital. 

—Buenas noticias —dicen por lo bajo los médicos—, sacamos los dedos del muerto  incrustados en la vagina con total éxito y no habrá daños futuros, su mamá va a estar bien  en unos pocos días. 

En el colegio capitalino, nuevamente un lazo negro y un anuncio en el periódico: se  solicita vicerrector, excelente salario, maravilloso ambiente laboral, trabajo organizado y  cooperativo. 

El dueño del trabajo gritaba furibundo por todos los pasillos: 

—¡Este maldito hombre que fue a morirse sin dejar el reemplazo! 

Y los profesores lloran desconsolados por su amado líder que los ha abandonado, claro  que en el interior de sus corazones agradecen que Dios se haya compadecido de sus  atribuladas almitas.


Cindy Cristina Jiménez nació en Loja, Ecuador, en 1991. Es una lectora apasionada y docente graduada en Lengua y Literatura por la Universidad Central del Ecuador. Su amor por los libros la ha llevado a explorar diversos géneros literarios, donde expresa su particular visión del eros frente a tanatos. Actualmente reside en Quito. Participa activamente en eventos educativos y literarios, su libro Recortes ha alcanzado distintos rincones del país. Su trabajo se centra en la enseñanza y promoción de la literatura y la creatividad.

 

Cindy Cristina Jiménez

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