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Literatura
Narrativa
junio 2024

La Changa
por Maria Negro

Cuando cierra la cartera, ya sabe donde va a disparar. Cruza la calle sin tránsito y aguarda apoyando el cuerpo sobre el poste. Los colectivos siempre tienen la misma frecuencia, aparecen antes de que lleguemos y se demoran de más cuando estamos apurados. No piensa mucho porque ya lo hizo. La cabeza es como un caudal de agua que corre sin obstáculos. Sacar el arma, un disparo certero, correr por la salida más limpia posible. Pablo debe dormir todavía, el sol es una delicadeza que crece en el cielo. Lo tapó bien antes de salir, revisó dos veces las hornallas, los cuchillos y lo que quedaba de lavandina. Cuando la trae en una botella de agua no puede evitar el terror. No mira el reloj porque no tiene. Le queda esperar hasta que el colectivo doble en la esquina y se aparezca. Como para distraerse, mira los balcones que la rodean. Desde alguno de ellos es compartido el perfume insoportable de unas medialunas. Siente el ruido en el estómago y aprieta la cartera contra su cuerpo, como si el arma pudiera conjurar las tripas. Ayer sintió ese ruido en Pablo al abrazarlo. Tan calladito le salió que ni una queja. Se dejó abrazar el montón de huesitos que es su cuerpo y ella sintió ese sonido, fuerte, como un llamado antiguo que venía desde mucho más lejos que Pablo, desde otro lugar sin tanta pared de cartón ni frío. No pensó mucho porque ya lo hizo aunque no se acuerda cuándo. Si fue esa vez que espantó a los tigres, o cuando llegaron nadando después de la guerra. O tal vez fue aquella vez que quedó agazapada detrás de un paredón, esperando que el ruido de las botas se alejase lo suficiente del animal, para traerlo a la cueva. Poco importa, Raúl había sido claro. Treinta mil, uno arriba del otro. No hay nada que sea poco cuando poco es suficiente.

Pablo se debe haber levantado, que lástima que no dejó agua fresca sobre la mesa. Despierta con sed. Seguro va a intentar en la heladera. El colectivo dobló dos cuadras antes de la parada. Tampoco dejó agua en la heladera. No puede recordar si juntó agua, tampoco. Si es que en algún lugar de lo que llaman casa quedó un poco de agua. Levanta la mano para que el colectivo no se pase de la parada, aprieta contra el cuerpo la cartera, pero esta vez es inconsciente porque Pablo sin agua, Pablo en la casa sin agua, Pablo y la poca lavandina que queda. Cuando el chofer abre la puerta, saca el arma y dispara. Ya no corre por la salida más limpia. Ya Pablo bebe de la única botellita con algo traslúcido que hay en la mesa. Ya no mira el reloj, porque no tiene, porque los tigres la observan correr desesperada y se acercan sin cautela, sin importar la distancia inútil que les lleva de ventaja.

Maria Negro, Argentina.


María Negro narrativa argentina

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